Capítulo 2
Paco
staba hasta las pelotas de todo aquello. Por un instante pensé en mandarlo a la mierda y cambiar de profesión. Algo sencillo. Algo que no implicara correr detrás de nadie ni tomar decisiones en segundos. Vigilante nocturno, por ejemplo. O vigilante de la playa. Turnos claros, un silbato y poco más.
Pero cada vez que estaba a punto de tirar la toalla se me colaba la voz de mi madre en la cabeza, diciéndome lo orgullosa que estaba de mí, y no me quedaba más remedio que contar hasta mil, respirar hondo y seguir luchando.
Porque, por lo visto, yo había venido a este mundo a eso: a remar siempre a contracorriente.
¿Me sentía bien con aquella situación? Pues sí. No iba a fingir lo contrario. De lo que menos orgulloso me sentía era de que me hubieran pillado. Y de no haberme cargado a ese hijo de puta cuando tuve la oportunidad.
Sabía que algo así podía pasar. Lo supe desde el principio. Y aun así no estuve a la altura.
Se le veía en los ojos. Tenía un sexto sentido para estas cosas, uno que se adelantaba siempre a los acontecimientos, y aquella mirada me dejó claro que no se quedaría ahí. No iba a permitir que su ego cargara con las consecuencias de haber sido denunciado.
A veces me planteaba si mi jefa tenía razón y estaría mejor en una oficina, rodeado de papeles, horarios fijos y cafés recalentados. Lejos de la calle. Lejos de la mierda. Pero luego lo pensaba en frío y recordaba a cuántos cabrones había conseguido sacar de en medio, y se me pasaba.
Cuando el sonido estridente de la alarma me sacó de mis pensamientos, me acordé de todo lo que había bebido la noche anterior y lamenté, con bastante antelación, el mal rato que aún me quedaba por pasar.
Me había quedado dormido en el sofá y no sabía cuántos días llevaba con la misma ropa. La verdad era que me daba exactamente igual.
Mi vida pendía de un hilo demasiado fino, y no era yo quien sostenía las tijeras. Otros decidirían si lo cortaban y, cuando eso ocurriera, no habría red debajo. Y, aunque me costara admitirlo, la idea de empezar de cero me daba miedo. Mucho más del que estaba dispuesto a reconocer.
Porque, por muy gallito que me comportara de cara a la galería, me aterraba decepcionar a la única persona que todavía confiaba en mí. Y esta vez la había cagado. A base de bien.
No obstante —y esto lo tenía claro—, no me arrepentía.
Aparqué en el sitio reservado para vehículos oficiales y me dirigí a la tercera sesión con la loquera.
Mi aspecto no era el más indicado para causar buena impresión, pero afeitarme estaba fuera de mis planes.
Eso sí, cuando levanté el brazo y me llegó el tufillo a humanidad, decidí que sería mejor no gesticular demasiado.
No quería cargarme a la buena señora que tenía que firmarme los papeles de apto o no apto para el servicio.
Me prometí que la próxima vez le llevaría flores y me arreglaría un poco más.
Al entrar para saludar al simpático de Javier, una mujer se me echó encima y casi me tira al suelo. El café solo que llevaba en la mano salió volando y acabó encima de ella. Tuve suerte: a esas alturas ya estaba tan frío como mi alma, o me habría ganado otra denuncia.
Durante un instante no supe qué pasaba por la cabeza de la rubia que se escondía tras unas gafas de sol enormes, un gorro, un chaquetón negro y una mascarilla de las que, seguro, le habían sobrado de la cuarentena.
—Señorita, ¿está bien? —se adelantó el guardia de seguridad, porque yo seguía analizándola sin decir nada.
Ella levantó la cabeza, se quitó las gafas y me miró.
El azul de sus iris chocaba de forma casi obscena con la mala leche de su mirada. Un ojo empezó a moverse solo y, cuando me acerqué para quitarle el palito del café enganchado en el gorro, la vi menear la nariz de una forma rara.
Entonces recordé que no debía levantar mucho los brazos.
¿Me estaba oliendo?
A ver, no hacía falta ser un podenco para notar lo evidente, pero estaba feo. Muy feo. Así que me enfadé y di un paso atrás, dejándola con su nuevo adorno improvisado.
La rara. Sí, la acababa de rebautizar porque me salía de los huevos.
Se colocó de nuevo las gafas, ignoró al pobre Javier, dibujó a mi alrededor un cerco imaginario para mantenerse lo más lejos posible y se marchó sin decir una palabra.
Intentó dar un portazo al salir. Lo que pasaba era que la puerta tenía esas bisagras que se cierran más despacio que el perezoso de Zootrópolis , así que el momento quedó bastante menos dramático de lo que ella había planeado.
Sí, lo confieso: adoraba los dibujos animados. Ir a casa de mi hermano y quedarme tirado en el sofá con mis sobrinas viéndolos era mi placer culpable favorito de la semana.
—Vaya, eso no es lo común en ella. Ha debido de tener una mala sesión —dijo Javier en voz baja, más para sí mismo que para mí.
—Eso aclara muchas cosas. ¿Está zumbada?
—No, la señorita Margarita es un poco excéntrica, pero es buena mujer —la defendió, y lamenté mi lengua afilada—. No siempre se tiene un buen día… y usted la acaba de duchar.
—Cierto, Javi. La próxima vez que la vea te prometo que le pediré disculpas. Saluda a tu mujer de mi parte.
Me despedí entrando en el ascensor antes de seguir metiendo la pata.
Después de mis reuniones con Mercedes me quedaba un rato haciéndole compañía y arreglando el mundo a base de criticar la política.
Sabía lo jodido que era estar de guardia y, total, tampoco es que tuviera nada mejor que hacer con mi vida.
Con el tiempo habíamos entablado una amistad curiosa. Además, me ponía al día de los cotilleos de todos los que pasaban por allí. De todos… menos de la rara. Y eso, por alguna razón que aún no sabía explicar, me dejó pensando más de la cuenta en ella.
La puerta del despacho estaba abierta y dentro encontré a una doctora más nerviosa de lo habitual.
Siempre llevaba su traje de chaqueta oscuro bajo la impecable bata blanca, y el moño recogido y peinado a la perfección.
Normalmente se sentaba detrás de la protección de su mesa de caoba y me acribillaba a preguntas que casi nunca sabía contestar.
Yo quería hacer aquello bien y volver a la normalidad, así que, cada vez que se bajaba las gafas por la nariz para mirarme y apuntaba algo en su cuaderno mientras fruncía el ceño, sentía que esa meta se alejaba un poco más.
Pero aquella mañana no era así.
Estaba dando vueltas de un lado a otro, con una carpeta apretada contra el pecho y algunos mechones rebeldes escapándose de su estricto recogido.
—Buenos días, doctora. ¿Se encuentra bien? —pregunté, preocupado.
Porque una cosa era ser un gilipollas en potencia y alegrarme de haberle dado una ducha de café a la rara, y otra muy distinta, ser un capullo integral sin un mínimo de empatía. Si no la tuviera, no estaría metido en este lío.
—Paco, sí, perdona. Estoy intentando ordenar las ideas. Siéntate, tengo una buena noticia que darte.
Casi me pongo a saltar de alegría. Igual por fin había demostrado no ser un peligro público y podía seguir con mi rutina.
—Usted dirá —respondí, intentando no adelantarme, porque la vida nunca me lo había puesto fácil.
—He estado hablando con tus superiores y hemos llegado a un acuerdo que creo que te beneficiará bastante —comenzó.
Ahí ya me incliné hacia delante en la cómoda silla, con los ojos bien abiertos.
—Les he propuesto darte el alta.
—¡Bien, joder, bien! —solté sin poder evitarlo.
—Pero…
Mierda. Siempre había un jodido pero.
—No me voy a quedar encerrado en una oficina, doctora. Ya lo hemos hablado. Esa no es una opción para mí. Soy un hombre de acción, necesito adrenalina.
—Y una ducha —añadió—. Y centrarte. Y adecentarte un poco.
Se levantó, rodeó la mesa y se colocó frente a mí.
Si no hubiera estado tan cochino, te prometo que le habría tirado los trastos. Aquella mujer tenía su morbillo. Me sacaba unos diez años, pero ya se sabe: más sabe el diablo por viejo que por diablo.
—¿Estás de acuerdo? —me preguntó, sacándome de mis pensamientos poco profesionales.
—Perdón, ¿con qué?
—Paco —suspiró—, te he apuntado a una terapia de quince días. Si superas las pruebas, vuelves al cuerpo.
—Me someteré a lo que haga falta siempre que regrese a mi mismo puesto.
—Esa es la idea.
—¿Dónde está el truco? ¿Y de qué pruebas hablamos?
—Vas a tener que pasar quince días encerrado con otros pacientes en una especie de intercambio de roles.
Debes demostrar que tienes controlados los ataques de ira.
Considero que es un sacrificio mínimo para recuperar tu normalidad.
Y creo que un hombretón como tú será capaz de salir de su zona de confort durante un tiempo, ¿no?
—Por supuesto, pero…
—Perfecto. Firma estos papeles y te veo el jueves en el muelle.
Aquella mujer era capaz de venderle hielo a un pingüino.
Un momento.
—¿En el muelle?
—Sí. La terapia tendrá lugar en un entorno aislado, para que todo esté controlado. Tendréis cámaras de seguimiento en todo momento. Si haces trampas o incumples el contrato que acabas de firmar, lo sabré. Y estarás fuera del experimento. Y de tu trabajo.
Levanté la vista para mirarla.
Ya había estampado mi rúbrica en todos los documentos sin leer una sola línea.
—¿Cómo?
—Tus superiores lo han dejado claro —sentenció—. Si no pasas la prueba, estás en la calle. No hace falta que lleves equipaje; se te proporcionará todo lo necesario.
La miré sin saber muy bien qué decir.
—Podrás fumar cuando estés al aire libre. No es una tortura —añadió—. Y sé que no es el mejor momento para dejarlo. Pero necesito que te duches, te afeites y te cortes el pelo. Eso no es negociable.
Suspiré, aliviado a medias. Al menos me dejaban matarme tranquilo.
—Paco —me llamó antes de que me diera tiempo de salir corriendo—. Nada de liarte con el resto de miembros del grupo.
No pregunté ni prometí nada. Me limité a devolverle una sonrisa pícara, y ella no pudo evitar responderme con otra igual. La tenía en el bote. Nadie había dicho nada de hacerlo con el personal, ¿no?
Salí de allí convencido de que acababa de vender mi alma al diablo.
Y con la incómoda certeza de que mi instinto no solía fallar.