Crucigramista busca amigos con fobias Capítulo 1
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Crucigramista busca amigos con fobias

Crucigramista busca amigos con fobias

Por Gema Tacon

© inepub.com

Capítulo 1

​​ Rita

lexa me avisó con cinco horas de antelación. Cinco. No había tiempo suficiente para prepararme para esa cita que tanto detestaba. Y no, no estoy hablando de la regla; esa suele aparecer justo después, puntual y vengativa, para terminar de joderme la vida con profesionalidad.

Porque, seamos sinceras: eso que dicen de que los dolores de ovarios solo ocurren durante la adolescencia es una patraña monumental.

Una mentira gorda, redonda y bien empaquetada, probablemente inventada por el departamento de marketing de las compresas.

Fin de la discusión. No pienso debatirlo con nadie ni aceptar réplicas.

No me quedaba más remedio que acudir. Mis padres habían sido muy claros: no mandarían a mi hermana a vivir conmigo siempre que me viesen como una persona normal.

Normal. Esa palabra elástica que sirve para todo y no define absolutamente nada.

¿Quién decide qué es normal? ¿Hay un comité?

¿Un formulario? ¿Un señor con bata blanca y cara de «normal»?

Porque, si me preguntaban a mí, la sociedad estaba cada día más perturbada y el mejor lugar del mundo seguía siendo mi sofá. Sentada con un bolígrafo de tinta azul en la mano, una hoja en blanco y una regla bien recta. El resto estaba sobrevalorado.

Amaba mi trabajo. Amaba mi vida. Y no necesitaba nada más para ser la mujer de treinta años más feliz sobre la faz de la tierra.

El problema era que el resto de las personas que compartían ADN conmigo no opinaban lo mismo.

Me despedí de Bartolo no sin antes dejarle un poco de música celta, que sabía que le alegraba. Así, al menos uno de los dos tendría un buen día. Con eso me di por satisfecha.

Una vez que me hube puesto el chaquetón, los guantes, las gafas de sol, el gorro, la bufanda y la mascarilla —porque nunca se sabe qué enfermedades pueden tener los que te respiran demasiado cerca—, y tras cerciorarme de que llevaba todo perfectamente dispuesto en el bolso, suspiré.

Conté hasta siete. Siempre siete. Y abrí la puerta.

Antes de salir, miré a ambos lados del rellano.

Vacío. Bien. Bajé las escaleras a toda prisa, sin plantearme siquiera el ascensor.

No confiaba en la tecnología. ¿Sabías que en 2024 se notificaron cuatrocientos sesenta y nueve accidentes relacionados con ascensores y escaleras mecánicas en España? Yo sí. Y con eso me bastaba.

—Margarita, creía que te habías mudado.

La voz repelente de mi vecina del bajo salió disparada por la ventana justo cuando crucé el umbral del bloque. Aquella mujer tenía un radar para personas o vivía sentada allí, esperando su momento, como un ave carroñera con permanente y olor a naftalina.

Levanté la mano sin detenerme, a modo de saludo, y me sentí orgullosa de mí misma por no haberla ignorado del todo, como era mi intención inicial. Al final iba a resultar que estos años de martirio estaban empezando a dar su fruto.

El resto del camino hasta llegar lo hice algo más feliz, procurando que nadie invadiera mi espacio vital.

Había visto en internet una especie de círculo que se colocaba como un cinturón y mantenía a la gente a distancia.

Me estaba planteando muy en serio pedir uno para esas pocas ocasiones en las que salía al mundo. Por salud mental, más que nada.

Cuando alguien intentaba acercarse demasiado, me entraba un tic en el ojo.

Mientras solo fuera ese, bien. Lo preocupante era cuando se le sumaba también el de la nariz.

Mi madre decía que entonces parecía un conejito de Pascua encantador.

Lo que nunca llegó a comprender era que esa era la señal roja.

La alarma. El aviso oficial de que estaba a punto de sufrir un ataque de pánico.

Ataques que, por cierto, tenía cada vez más controlados. De verdad. Desde que solo me relacionaba con Bartolo en persona, y por correo electrónico con mis jefes del Diario , todo funcionaba a la perfección.

Una hora después llegué al alto edificio de oficinas en el que se encontraba mi destino. Llevaba la botella de agua, el inhalador para el asma, dos barritas de proteínas, una bolsita de azúcar y poquísimas ganas de subir las nueve plantas que me separaban de mi calvario personal.

En la recepción estaba don Javier, el hombre de seguridad. Regordete, amable y con una vocación heroica muy superior a sus posibilidades reales en caso de emergencia. Aun así, ya nos conocíamos desde hacía tiempo y, contra todo pronóstico, había conseguido ablandarme el corazón.

—Señorita, ¿está segura de que no quiere coger el ascensor? Hoy está haciendo calor —me advirtió. Había que reconocer que en insistencia no le ganaba nadie—. Si quiere, subimos juntos.

—No, gracias —respondí, como siempre.

Y comencé mi ardua tarea de subir los ciento sesenta y dos escalones que me aguardaban.

Para que te hagas una idea de la magnitud de mi hazaña: la Giralda de Sevilla tiene el equivalente a unos trescientos treinta escalones, aunque allí son rampas.

El récord mundial de más escalones en un edificio lo ostenta el Empire State, con mil quinientos setenta y seis escalones.

Así que, si te paras a pensarlo, lo mío tampoco era para tanto.

Eso sí, nadie hablaba de hacerlo con asma y una crisis existencial latente. Después de diez minutos parándome en cada rellano, llegué a la puerta de madera en la que rezaba el nombre de mi torturadora personal.

La puerta estaba entreabierta y ya sabía, de forma mecánica, qué tenía que hacer.

Dejé el chaquetón en el armario, junto con el resto de prendas que Mercedes consideraba innecesarias en una estancia con calefacción.

Mantuve mi botella de agua conmigo y me dirigí a su despacho, no sin antes echar un vistazo al reloj de la entrada y confirmar que había llegado tres minutos antes.

Sonreí, conforme por seguir manteniendo mi racha, y entré sin llamar.

—Buenos días, Rita. Tan puntual como siempre —me alabó, y no pude evitar que la sonrisa se me quedara pegada a la cara un segundo más de lo habitual—. Siéntate, tenemos que hablar.

Eso era nuevo.

Normalmente me decía que me pusiera cómoda y le contara qué tal había ido el mes, si había cumplido las promesas de la sesión anterior, y acto seguido me reñía como a una niña que no ha hecho los deberes. Así que, por primera vez en mucho tiempo, mi interés se activó.

—Usted dirá —respondí.

Mercedes frunció el ceño, visiblemente molesta por el trato formal que llevaba años pidiéndome que evitara.

—Ya llevamos dos años viéndonos —comenzó.

—Dos años, tres meses y catorce días —la corregí.

Suspiró hondo y continuó como si no la hubiera interrumpido.

—En todo este tiempo no he visto un avance por tu parte.

Abrí la boca para protestar, pero me silenció con un gesto de la mano.

—No, Rita. Tener a Bartolo no puede considerarse un avance. Eres una mujer inteligente y no quiero que sigas echando tu vida a perder. Así que no me queda más remedio que tomar una decisión drástica. Considero que será lo mejor para ti. Ya he hablado con tus padres y están de acuerdo.

Estuve a punto de llorar de alegría.

¿Decisión drástica? ¿Hablar con mis padres? Eso solo podía significar una cosa. Por fin. Se había acabado. Me levanté de un salto, eufórica ante la idea de que me dieran el alta médica de una vez,, y le tendí la mano para estrechársela.

Mercedes me miró como si acabara de brotarme una segunda cabeza.

—No comprendo bien qué está sucediendo —admitió.

Yo sonreí. Creo que como nunca. Pero mi felicidad duró exactamente lo que tardó en continuar hablando.

—Hay una terapia nueva en la que te hemos apuntado.

—¿Cómo?

—Verás, tus padres y yo pensamos que…

—Tengo treinta años —la interrumpí—. Soy autosuficiente, vivo sola y me considero bastante capaz de decidir por mí misma de una vez. No pienso acceder a probar ningún fármaco nuevo, por mucho dinero que les haya ofrecido a mis padres para convertirme en su conejillo de indias.

Su silencio me indicó que, en ese preciso instante, mi calvario acababa de subir de nivel.

—No me gustaría tener que recordarte —añadió con voz neutra— que estás en libertad condicional siempre que vengas a las consultas y yo no informe de que deberías volver a prisión.

No se podía considerar un recordatorio, más bien era una amenaza en toda regla, con intención, premeditación y alevosía.

Ella sabía que preferiría morir antes que regresar allí.

Estuve pocos días, pero fueron los peores de mi vida.

No soy una asesina, por si es eso lo que estás pensando. Tan solo tuve la mala suerte de estar en el lugar menos indicado, en el momento menos oportuno y con la persona más perjudicial posible para mí.

Me volví a sentar, abatida y con todavía más ganas de llorar que hacía unos minutos, aunque por motivos bastante distintos.

—No te enfades antes de que te explique qué te estoy proponiendo. Sabes que nunca haría nada que te perjudicase.

Lo dijo la mujer que acababa de chantajearme.

—Usted dirá, doctora Rodrigo —acepté, utilizando su apellido con toda la intención del mundo.

—Vamos a hacer una prueba de choque terapéutica. Tómatelo como unas vacaciones pagadas. En dos días te recogerán y te llevarán a un lugar donde tendrás que pasar quince días conviviendo con otras personas.

—¿Me va a encerrar en un manicomio? —pregunté.

No podía creer que mis padres hubieran aceptado algo así.

Era consciente de que no se me podía considerar la hija del año, pero tampoco era una molestia activa, así que no entendía esa necesidad repentina de querer deshacerse de mí.

Sentí un dolor en el pecho que bien podría haber sido un principio de infarto, pero en mi caso eran más bien las esquirlas que iba soltando mi corazón al romperse un poco más con cada palabra de Mercedes Rodríguez Bellido.

—Mira, Rita, tienes algo que podríamos llamar, de forma coloquial, el síndrome de la torre de marfil.

—No estoy loca —susurré con apenas un hilo de voz, sin dejar de mirar la punta de mis zapatos.

—Vas a ir a una isla para hacer una prueba. Nada más. Te lo prometo. Y, si la superas, te daré el alta.

Aquellas últimas palabras hicieron que levantara la cabeza y me concentrara en sus ojos.

—¿Lo promete?

—Estoy tan segura de que podrás hacerlo que dejaré todo firmado para que recojas el alta en cuanto regreses. ¿Te parece?

Eso empezó a sonar como música para mis oídos. Demasiado bonita. Sin embargo, siempre había un pero.

—¿Dónde está la trampa?

—Vas a tener que poner de tu parte.

—¿Cuántas personas seremos? ¿Qué tengo que hacer? ¿Me pondrán una camisa de fuerza? No me llevo bien con las descargas eléctricas… ¿podríamos dejar fuera todo el tema de los electrochoques?

En el año 2022 fallecieron cuarenta y dos personas por exposición a la corriente eléctrica, así que no tenía ninguna intención de engordar esa cifra. Gracias.

—No es nada de eso —se rio.

A ella le hizo gracia. A mí no.

—Vais a interpretar un papel con el que no os sintáis cómodos.

Solo eso —continuó, como si me estuviera proponiendo probar un yogur nuevo—.

Seréis un grupo de personas fuera de vuestra zona de confort, haciendo cosas que no soléis hacer en el día a día, para que veáis que sois capaces de integraros en la sociedad.

Cada vez me gustaba menos la idea.

—Además, yo estaré contigo en todo momento —añadió.

Entonces abrió una carpeta, sacó varios papeles y los fue colocando delante de mí, uno tras otro, como si estuviera montando una pequeña barricada de folios.

—Vamos a grabar todo el proceso para que nos sirva como aprendizaje y mejora para futuros pacientes. Tienes que firmar el acuerdo de confidencialidad, los derechos de imagen y el consentimiento de permanencia durante los quince días.

—Esto no será para retransmitirlo después, ¿no? —pregunté.

—Para nada —me aseguró—. Lo visualizaremos quienes formamos parte del proyecto y exclusivamente con fines médicos. En una de esas páginas lo tienes por escrito, para que no te quepa la menor duda de que será confidencial.

Empecé a leer los documentos con detenimiento… hasta que, la tercera vez que la doctora carraspeó, me empezó a temblar el ojo izquierdo.

Mala señal.

Si tenía una crisis allí, quizá me sacaría del grupo extraño que había montado y dejaría de serle útil. Y si dejaba de serle útil, lo mismo decidía que lo mejor era mandarme de vuelta a prisión. Noté cómo la respiración se me aceleraba y cómo la nariz empezaba a querer moverse por su cuenta.

Territorio peligroso.

Así que firmé todo sin seguir leyendo.

Me levanté, recogí mis cosas, me despedí y salí casi huyendo mientras ella me perseguía por el pasillo recordándome que el jueves, a las ocho de la mañana, pasaría por la puerta de mi casa para recogerme. Que no hacía falta que llevara nada. Que allí me darían todo lo necesario.

No especificó para qué.

Y no me planteé si acababa de cometer el peor error de mi vida.