Capítulo 68
Carmela, todavía en la misma unidad, todavía inspectora en prácticas aunque cada vez con menos de prácticas y más de inspectora a secas, heredó de Paco algo más que unos cuantos consejos de despedida: esa misma tozudez tranquila que no se rinde a mitad de camino.
Seguía soltera, sin prisa por dejar de estarlo, y bromeaba con que ya tendría tiempo de sobra para el amor cuando su carrera estuviera un poco más asentada.
—Jefe… gracias —le dijo aquella última tarde en comisaría, la voz todavía algo rota, como la noche de Guayadeque.
—Gracias a ti, Carmela. Le ganaste el pulso a un cuchillo y a un caso que ninguno de los dos vamos a olvidar jamás. Vas a ser, algún día, una inspectora de las buenas. Ya casi lo eres.
Rodolfo, jubilado también, publicó un segundo libro de divulgación forense dedicado íntegramente a Paco, «el hombre que me demostró que la mejor herramienta forense sigue siendo, después de todo, la cabeza bien amueblada», según la dedicatoria que leyó en voz alta, entre risas, el día que se lo llevó personalmente al porche para que fuera el primero en tenerlo entre las manos.
Padre Carlos, con quien Paco seguía jugando al dominó cada semana en el café de Agapito, se convirtió en algo parecido a un director espiritual informal para todos los que habían quedado tocados por el caso.
Visitaba a Bethencourt en prisión una vez al mes, no porque creyera que aquella obsesión oscura mereciera disculpa alguna, sino porque estaba convencido de que ni siquiera el hombre que más daño había hecho en toda su parroquia debía enfrentarse solo, sin un mínimo de compañía humana, a lo que le quedaba de vida.
El terreno de las medianías, testigo de tantas conversaciones y de tanto crecimiento compartido, se convirtió, sin que nadie lo planeara, en el verdadero corazón de toda esta historia: el lugar donde Sara Brito y su equipo se dejaban caer los domingos, donde Thais llevaba sus propias traducciones para que Paco les diera una segunda lectura, donde Carmela aparcaba el coche patrulla los días que necesitaba, sencillamente, un rato de silencio compartido.