Capítulo 69
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Paco, revisando una última vez el manuscrito completo de todo lo vivido antes de darlo por definitivamente terminado, se detuvo largamente en la fotografía que Elena le había tomado aquella primera tarde de escritura en el porche, portátil abierto, jarra de limonada al lado, Frankie dormido a sus pies.
La conservaba como salvapantallas de su propio ordenador, un recordatorio constante y silencioso de que aquel momento sencillo, aparentemente insignificante, había marcado el verdadero comienzo de la etapa más plena de toda su vida.
—¿Sabes qué es lo que más agradezco de todo lo que vivimos, Elena?
—le preguntó, una última vez, en una de esas tardes tranquilas que ya se habían convertido en la textura habitual de su existencia compartida—.
Que un caso tan oscuro terminara enseñándome, después de sesenta años de vida, la lección más simple y más importante de todas: que nunca es demasiado tarde para empezar a vivir de verdad, siempre que uno tenga el valor de intentarlo y la suerte de encontrar a la gente adecuada para acompañarlo en el camino.
Elena le tomó la mano, sin necesidad de responder con palabras, y ambos se quedaron así, en silencio compartido, mientras el sol terminaba de ponerse sobre el valle que tanto habían aprendido a amar juntos.
Aquella imagen —Elena y Paco cogidos de la mano frente al valle, Frankie dormido a sus pies, la pantalla del portátil todavía encendida con la última página del manuscrito recién terminada— era, sin que ninguno de los dos lo supiera todavía, el cierre visual perfecto para una historia que, pese a haber comenzado con la crudeza de siete asesinatos brutales, terminaba demostrando, capítulo tras capítulo, que ni la peor de las oscuridades consigue apagar del todo la capacidad humana de encontrar, contra todo pronóstico, su propio camino de vuelta hacia la luz, hacia la comunidad, y hacia esa felicidad sencilla y merecida que Paco Figueroa, después de tantos años de entrega incondicional a los demás, había aprendido por fin a permitirse sin reservas.
Como decía siempre Matías, entre partida y partida de ajedrez frente al mar: la paciencia, tarde o temprano, siempre encuentra su recompensa.
Esta larga historia, nacida de un caso oscuro y sostenida, capítulo a capítulo, por la vida cotidiana de tantos personajes que la fueron habitando, es la prueba de ello.
Quedan, por supuesto, muchas más historias posibles en aquella isla de cruces y sombras: nuevos casos que Carmela resolverá con su propio talento ya consolidado, nuevas piezas que Sara Brito y su equipo de UHEDO rescatarán del olvido, nuevas páginas que Paco seguirá escribiendo cada mañana en su porche de las medianías.
Pero esas son ya, como bien sabe cualquier buen narrador, materia de otra ocasión, de otro amanecer.
Por ahora, con el corazón lleno y la conciencia tranquila, la historia concreta que comenzó con la firma temblorosa de un documento de jubilación encuentra aquí su verdadero punto final: no un final cerrado y estático, sino la certeza reconfortante de que la vida, con toda su complejidad de luces y sombras entrelazadas, siempre encuentra la manera de continuar, de crecer y de florecer, incluso después de las tormentas más devastadoras que uno pueda imaginar.
Y, ¿quién sabe? Quizá en un futuro próximo nos encontremos un nuevo comienzo.
Las Palmas de Gran Canaria, Agosto de 2026
FIN.