Cruces y sombras Capítulo 66
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Capítulo 66

Pasaron tres días en los que la casa de las medianías se llenó de un silencio educado, cortés, mucho más agotador que cualquier discusión a gritos.

Paco, recordando lo que Elena le había reprochado sobre la pregunta hipotética y la falta de tacto, decidió no volver a plantear el tema en caliente, y en su lugar empleó esos tres días en preparar algo que llevaba tiempo sin hacer de verdad: escuchar antes de hablar.

Al cuarto día la buscó en la cocina, y en vez de argumentos sobre Alba Cabrera, sobre expedientes o sobre justicia pendiente, empezó por otro sitio.

—Tenías razón con lo de la pregunta hipotética, Elena. La usé para prepararme a mí mismo, no para escucharte de verdad a ti. Eso estuvo mal, y lo siento.

Elena, que llevaba tres días esperando cualquier cosa menos eso, dejó a medias lo que estaba preparando y se apoyó en la encimera, con los brazos cruzados, pero sin la dureza de los primeros días.

—¿Y ahora sí me vas a escuchar, o solo has venido a que te absuelva más rápido?

—Ahora sí. Cuéntame otra vez lo de los diez años en pausa. Pero esta vez te prometo que no voy a estar pensando en cómo defenderme mientras hablas.

Elena se lo contó otra vez, con las mismas palabras casi, aunque esta vez Paco no las escuchó como una acusación que había que rebatir, sino como lo que de verdad eran: el resumen de una década de espera silenciosa, de teléfonos que sonaban a las tantas, de cenas que se enfriaban, de una mujer que había aprendido a querer a un hombre a fondo perdido, sin pedirle nunca la factura completa hasta ese mismo porche, ese mismo verano.

—No te pido que esperes a fondo perdido otra vez, Elena.

Te pido un año, con condiciones que pongo yo, no la comisaría: cenamos juntos cada noche que pueda, y las que no pueda, te llamo antes de que tengas que preguntarte si voy a llegar.

Nada de guardármelo todo para no cargarte con ello, como hacía antes.

Esta vez no es media vida contigo y media con el caso.

Es tu vida conmigo, con un año más largo del que planeamos, pero contigo dentro de cada día de ese año, no fuera de él.

Elena se quedó mirándolo largamente, y algo en su expresión, tan distinta ya del silencio de los primeros días, le dijo a Paco que la respuesta, aunque todavía no llegara en palabras, ya no era la misma que tres días atrás.

—Un año, Paco. Ni un mes más, aunque aparezca otro caso, otra niña, otra pista de última hora. Y las condiciones las cumples, o el año que viene firmo yo la jubilación por ti, aunque tenga que falsificar tu firma.

—Trato hecho —dijo él, y por primera vez en tres días, Elena sonrió de verdad, una sonrisa cansada pero sincera, la misma con la que le había tomado la mano tantas otras veces en aquel mismo porche, a lo largo de una historia que, a regañadientes, había aprendido, una vez más, que la vida de Paco Figueroa nunca terminaría de encajar del todo en ningún plano dibujado sobre una piedra, y que quererlo bien significaba, también, aprender a esperar un poco más, con la certeza de que, esta vez, la espera vendría acompañada, y no en silencio.