Capítulo 65
Se lo dijo al día siguiente, por la tarde, en el porche, sin rodeos ni preámbulos, porque después de tantos años juntos sabía que a Elena los rodeos solo conseguían inquietarla más de lo necesario.
—Voy a aceptar, Elena. Un año, como mucho. Hay un caso que dejé sin cerrar hace diecisiete años, una niña, y ahora hay una pista nueva que solo yo puedo seguir con garantías. No podría vivir en este porche sabiendo que la dejé ahí tirada por segunda vez.
El silencio que siguió fue mucho más largo que cualquiera de los que Paco recordaba de los últimos diez años juntos. Elena no gritó, ni lloró, ni le reprochó nada en el primer instante, lo cual, para quien la conociera de verdad, era mucho peor señal que cualquiera de esas dos cosas.
—Me hiciste la pregunta hipotética hace tres días, Paco. Y yo te contesté de verdad, aunque tú la disfrazaras de broma. ¿Para qué me la hiciste, si ya sabías que ibas a decir que sí de todos modos?
—Me prometiste un mes, Paco. Un mes, y ni un día más, delante de esta misma jarra de limonada, hace apenas unas semanas. Y yo te creí, porque llevaba diez años queriendo creerte.
—No lo sabía, Elena. Te juro que no lo sabía todavía. Quería saber cómo te sentaría, para poder pensarlo con cabeza si algún día tenía que decidir.
—¿Y ya lo has pensado con cabeza? ¿O has vuelto a decidir con lo de siempre, con esa parte tuya que no sabe dejar una puerta entreabierta sin ir a cerrarla, aunque le cueste la casa entera?
—Elena...
—Diez años, Paco. Diez años poniendo mi vida en pausa cada vez que sonaba tu teléfono a deshoras.
Compramos este terreno para dejar de vivir en pausa, no para aprender un nuevo nombre para lo mismo de siempre.
Un año más suena a poco cuando lo dices tú, pero yo ya sé contar los años en meses de espera, y no me sale una cifra tan pequeña.
Se levantó, recogió la jarra de limonada casi sin tocar, y entró en la casa sin dar un portazo, lo cual, otra vez, resultó ser mucho peor que si lo hubiera dado.
Paco se quedó solo en el porche con Frankie, mirando el valle que tanto les había costado ganarse, preguntándose, por primera vez desde que había tomado la decisión, si de verdad la había tomado con la cabeza, o simplemente con la misma tozudez de siempre disfrazada, una vez más, de justicia.