Capítulo 62
Inés Fernández lo citó al día siguiente en su despacho, a primera hora, con la formalidad de quien ya sabe que la conversación que va a mantener merece algo más solemne que un pasillo o una cafetera compartida.
Sobre la mesa, cerrada, esperaba una carpeta que Paco reconoció de inmediato, aunque llevara diecisiete años sin verla en persona.
—Caso Alba Cabrera —dijo Fernández, sin rodeos, empujando la carpeta hacia él—.
Nueve años, desaparecida de la verbena de las fiestas de Santa Brígida un dieciséis de agosto, encontrada cuatro días después en un barranco cercano.
Tú llevaste la investigación. Se cerró sin resolver hace quince años, por agotamiento de líneas de trabajo, aunque nunca oficialmente como caso frío del todo.
—Lo recuerdo cada agosto, Fernández. No hace falta que me lo cuentes como si lo hubiera olvidado.
—Ya me imagino que sí. Por eso mismo te lo traigo a ti, y no a otra persona.
—Hizo una pausa, y continuó con un tono algo más bajo, casi de disculpa por lo que estaba a punto de pedirle—.
La Policía Científica ha reprocesado, dentro del programa nacional de casos sin resolver, una muestra biológica que en su momento no dio ningún perfil útil.
Con las técnicas actuales, sí lo ha dado.
Hay una coincidencia parcial con un familiar de segundo grado, localizable, residente todavía en la isla.
Paco abrió la carpeta, muy despacio, y se encontró de frente con una fotografía que llevaba diecisiete años viendo en sueños con más frecuencia de la que jamás había admitido ante nadie, ni siquiera ante Elena.
—¿Por qué yo, Fernández? Dale el caso a Carmela. Está lista. Tiene más energía que yo, y la mitad de mis manías.
—Porque Carmela no estuvo en aquella barranquera hace diecisiete años, cavando con sus propias manos junto al resto del equipo cuando el perro dio con el rastro.
Porque Carmela no conoce a la familia, ni el terreno, ni los tres sospechosos que se descartaron entonces y que tú todavía recuerdas de memoria, sin necesidad de abrir ningún expediente.
Este caso no empieza de cero, Paco. Empieza donde tú lo dejaste, y solo tú tienes el mapa completo de dónde es exactamente ese punto.
Paco cerró la carpeta, con las manos algo menos firmes de lo que le hubiera gustado reconocer.
—Dame unos días, Fernández. No te prometo nada.
—No te pido que me prometas nada, Paco. Solo te pido que lo pienses de verdad, y no solo con la cabeza que ya tiene la maleta hecha para las medianías.