Capítulo 59
Carmela se presentó en las medianías sin avisar, casi diez días después, con una botella de vino que no llegó a descorchar y una excusa —devolverle unos libros de criminología que Paco le había prestado meses atrás— que ambos supieron, desde el primer segundo, que no era el verdadero motivo de la visita.
—Podías haber llamado, hija —dijo Paco, sirviéndole un café en el porche, con Frankie olisqueando la bolsa de libros con más interés del que merecía.
—Podía, pero no me habría atrevido a decirte por teléfono lo que he venido a decirte en persona.
Se quedó callada un momento, removiendo el café que no había pedido azúcar para el que ya llevaba dos cucharadas.
—Tengo miedo, Paco. El caso Arcángel salió bien porque tú estabas ahí, aunque llevaras un mes sin placa, aunque técnicamente el mérito fuera todo mío en el papel. Y ahora te vas de verdad, y la próxima vez que algo así se tuerza, no vas a estar para enderezarlo.
—Carmela, mírame. Le ganaste el pulso a un cuchillo en Guayadeque tú sola, sin que yo estuviera a menos de tres kilómetros. Eso no lo hizo mi sombra. Lo hiciste tú.
—Lo sé, y aun así. No es lo mismo saber que puedo hacerlo sola que tener que hacerlo sola de verdad, para siempre, sin la posibilidad de coger el teléfono a las once de la noche.
Paco dejó su taza sobre la mesa, y buscó las palabras con la misma paciencia con la que llevaba días esquivando, sin éxito del todo, la misma conversación con distintos interlocutores.
—El teléfono seguirá funcionando, Carmela, lleve yo placa o no. Eso no te lo voy a quitar nunca. Pero no puedo volver a la calle. No otra vez. Elena lleva diez años esperando la vida que le prometí, y ya le debo demasiadas prórrogas.
Carmela asintió, con los ojos algo brillantes que se apresuró a disimular con un sorbo de café ya frío, y no insistió más aquella tarde, aunque Paco, viéndola marcharse por el camino de tierra hacia su coche, sintió que aquella visita le había calado más hondo de lo que estaba dispuesto a admitir todavía en voz alta.