Capítulo 58
La ceremonia de reapertura de la sala del Museo Canario terminó pasadas las siete, y Sara Brito aprovechó que Paco se había quedado rezagado, contemplando una vitrina con las piezas recién restituidas, para acercarse a él a solas, sin la comitiva de periodistas y autoridades que todavía revoloteaba junto a la entrada.
—Bonito broche final, ¿verdad? —dijo, colocándose a su lado, con la vista puesta en el mismo cuenco de cerámica guanche que él llevaba un rato mirando.
—El mejor que he tenido en cuarenta años, Sara. Y ya no me quedan más rodeos para retrasarlo. La semana que viene entrego la placa de verdad, esta vez sin coartada de por medio.
Sara asintió, sin apartar los ojos de la vitrina, escogiendo las palabras con el mismo cuidado con el que llevaba semanas escogiéndolas para las ruedas de prensa.
—Ingrid me ha hablado de un proyecto nuevo. Un acuerdo de colaboración permanente entre la UHEDO y la comisaría, para casos de patrimonio con conexión criminal. Necesitaríamos a alguien que hiciera de enlace los primeros meses, alguien con tu instinto y tus contactos en la isla. Nadie mejor que tú.
—Me halaga que lo pienses, mujer, pero no. Ya tomé la decisión, y esta vez no pienso dejar que ningún caso, por bonito que sea el envoltorio, me la haga cambiar otra vez.
—No te estoy pidiendo que vuelvas a la calle, Paco. Solo que le prestes a esto la mitad de las horas que le prestabas al caso Arcángel, ni una más.
—La mitad de mis horas, hoy en día, es Elena, es el porche, es un manuscrito que llevo media vida queriendo terminar de verdad, no a medias. Te lo agradezco, Sara, en serio que sí, pero no.
Sara no insistió. Se limitó a asentir de nuevo, con la misma media sonrisa cordial de quien ha sembrado una semilla sin ninguna prisa por verla germinar esa misma tarde, y cambió de tema con la elegancia de quien sabe exactamente cuándo retirarse a tiempo.