Capítulo 57
El juicio contra Ezequiel Bethencourt se abrió apenas unas semanas después de aquella noche en Valsequillo, en una sala de la Audiencia Provincial que tuvo que habilitar un desdoble por videoconferencia para dar cabida a la expectación mediática.
Emilio Melián, exonerado ya formalmente de cualquier vínculo con los asesinatos, aunque todavía a la espera de sentencia por el expolio de patrimonio histórico que sí había cometido, declaró como testigo de la acusación, aportando el árbol genealógico y las anotaciones que durante meses lo habían convertido, injustamente, en el principal sospechoso de todos.
—Llevaba dos años investigando por mi cuenta la misma teoría templaria que él, letrado, porque me obsesiona la historia de esta isla, no porque tuviera nada que ver con lo que él hizo con ella —declaró Melián, con la voz templada de quien lleva meses ensayando esa misma frase frente al espejo—.
Nunca compartimos ni una sola conversación sobre el tema.
Ni siquiera nos conocíamos en persona antes de que la Policía llamara a mi puerta.
La estrategia de la defensa, tal como se había anticipado, giró en torno a un supuesto trastorno delirante que aliviara la responsabilidad penal de Bethencourt. Se desmoronó, en gran medida, el día que Thais Romero subió al estrado.
—Llevo dos años sirviendo copas a hombres que subestiman constantemente mi inteligencia por el uniforme que visto, letrado —respondió al abogado defensor, que había insinuado que su trabajo en un club de alterne podía haber distorsionado su percepción de los hechos—.
Puedo asegurarle que esa experiencia no ha distorsionado mi percepción de nada.
Comparé letras, fechas y teorías durante semanas antes de estar segura de lo que había encontrado, y no me equivoqué.
El tribunal, semanas después, rechazó la eximente y condenó a Bethencourt como autor de siete asesinatos con agravante de ensañamiento, a la pena máxima prevista por el código penal.
Manuel Lasanta, ya despojado de su acta de concejal por el caso de corrupción paralelo, fue condenado por separado a cuatro años por malversación, sin que la fiscalía llegara nunca a demostrar que hubiera sabido, de forma consciente, que su red de propiedades opacas estaba dando cobijo a un asesino.
Tomás Verdejo sí llegó a pisar un tribunal, algo que la propia Carmela se encargó de que no se archivara sin más como una simple falta administrativa.
La instrucción, ampliada tras el hallazgo de Valsequillo, terminó demostrando que Verdejo había desviado de forma consciente al menos tres pistas que apuntaban hacia Bethencourt durante los primeros meses de la investigación, además de agilizar de forma irregular su libertad bajo fianza tras Guayadeque.
Fue condenado por encubrimiento a dos años, que cumplió en un módulo de respeto separado del resto de la población reclusa, y expulsado del cuerpo con la misma discreción sin honores con la que había pasado buena parte de su carrera, aunque esta vez sin que a nadie, ni siquiera a él mismo, le quedara ya ninguna duda de que la sentencia era la única verdaderamente justa.