Capítulo 56
Ingrid Asland llevaba desde las ocho de la noche revisando facturas, no por el caso Arcángel, que en aquel momento nadie relacionaba ya de forma activa con el papeleo que tenía delante, sino por la auditoría de corrupción contra Manuel Lasanta, que UHEDO colaboraba en rastrear a petición del juzgado por su vertiente de patrimonio: contratos municipales que habían servido, entre otras cosas, para blanquear el pago de restauraciones de dudosa procedencia.
Era un trabajo mecánico, de los que Ingrid solía reservarse para las noches en que no conseguía dormir, cotejando facturas de una sociedad instrumental llamada Gestión Patrimonial Atlántica con los servicios que decía haber prestado.
La mayoría eran fachada pura, sin actividad real detrás.
Pero una, fechada nueve meses atrás, llamó su atención por un detalle tan pequeño que estuvo a punto de pasarla por alto: un concepto de «autentificación de piezas genealógicas y heráldicas», firmado con un nombre que no le sonaba de nada, José María Betancuria, pero con una rúbrica que le pareció curiosamente familiar.
Abrió, casi por rutina, la carpeta digital donde UHEDO conservaba copia de todo el material recopilado durante el caso, incluido el manuscrito sin firma que Thais había señalado meses atrás como anterior, en apariencia, al propio árbol genealógico de Melián.
Puso ambas firmas, la del recibo y la letra de aquel manuscrito original, una junto a la otra en la pantalla.
El mismo trazo apretado, casi nervioso, en las mayúsculas.
La misma manera, casi obsesiva, de subrayar dos veces cualquier fecha que considerara importante, exactamente como en el manifiesto que Bethencourt llevaba consigo la noche de Guayadeque, y del que ella misma había escaneado cada página para el expediente antes de que la Fiscalía se lo llevara como prueba de la tentativa.
Fue entonces, con la factura todavía entre las manos, cuando Ingrid recordó algo que llevaba días guardado sin saber dónde encajarlo: la propia ficha académica de Bethencourt, colgada todavía en la web de la universidad pese a la suspensión de empleo, mencionaba entre sus líneas de investigación una estancia de seis meses documentando el patrimonio de la Ermita del Espíritu Santo de Vegueta, el mismo rincón de la ciudad donde había aparecido el cuerpo de Soledad Pérez.
—Sara —dijo, sin levantar apenas la voz, aunque el despacho estaba vacío a esas horas y nadie más que ella podía oírla—. Creo que acabo de encontrar a Bethencourt firmando facturas con otro nombre. Y llevaba meses haciéndolo, mucho antes de que lo detuviéramos en la cueva.
*
La dirección que figuraba en el recibo correspondía a una vivienda unifamiliar en Valsequillo, registrada a nombre de una empresa que, tras dos horas de rastreo urgente, resultó pertenecer a un primo segundo de Manuel Lasanta, un hombre sin antecedentes ni relación aparente con el caso, que llevaba años cediendo, a cambio de una renta discreta y sin preguntas, distintas propiedades de su cartera a cualquiera que las necesitara sin dejar rastro documental limpio.
Sara comprobó, con una llamada urgente al juzgado que instruía la causa de Bethencourt, un dato que ninguno de los dos había llegado a verificar del todo hasta entonces: la tentativa de Guayadeque, sin antecedentes previos y con un buen abogado de oficio, se había resuelto con libertad provisional bajo fianza y comparecencia semanal, a la espera de juicio.
Bethencourt llevaba meses libre. Meses enteros en los que todo el mundo, empezando por el propio Paco, había dado por hecho que un hombre procesado no podía seguir siendo, todavía, un peligro activo.
Paco, avisado por Sara a las once de la noche con una llamada que le hizo derramar la copa de vino que compartía con Elena en el porche, no dudó ni un segundo antes de coger las llaves del coche.
—No tienes placa, Paco —le recordó Elena, ya resignada, sosteniéndole la chaqueta mientras él se la ponía con las manos todavía temblando por la adrenalina.
—Tengo algo mejor que una placa, Elena. Tengo cuarenta años de cuentas pendientes con este caso, y no pienso perderme el final por un formalismo.
Carmela, ya al frente de su propia unidad, organizó el operativo en menos de cuarenta minutos, con la agilidad de quien ha aprendido, viendo trabajar a Paco durante años, que la velocidad importa tanto como la prudencia cuando de verdad se tiene algo entre las manos.
Antes de salir hacia Valsequillo, se detuvo un instante frente a Tomás Verdejo, que llevaba meses relegado a tareas administrativas tras la investigación interna que había destapado, sin pruebas suficientes para una condena penal pero sí para el descrédito absoluto, sus filtraciones a Lasanta durante el caso Arcángel.
—Tú conocías esta propiedad, Verdejo. Estaba en los mismos papeles de Lasanta que tú manejabas. Y conoces a Bethencourt desde mucho antes de todo esto, ¿verdad? Desde el colegio.
Verdejo no lo negó. Se limitó a bajar la vista, con la misma vergüenza silenciosa que llevaba meses arrastrando por los pasillos de la comisaría, consciente de que cada favor prestado a un amigo de la infancia, por pequeño que pareciera al principio —una fianza agilizada aquí, un expediente extraviado allá, una pista desviada en el momento justo—, había terminado alimentando, sin que él mismo llegara nunca a asumirlo del todo, la red de protección que había mantenido a un asesino libre durante meses.
—Ezequiel me salvó la vida una vez, Carmela. Literalmente. Un accidente de coche, hace veinte años, cuando todavía éramos unos críos. Yo pensaba que le debía esto. Nunca pensé que le estaba debiendo esto otro.
*
No hubo túnica ceremonial, ni altar, ni cuchillo forjado a mano esperando sobre una piedra volcánica.
Cuando Carmela y su equipo entraron en la vivienda de Valsequillo pasada la una de la madrugada, encontraron a Ezequiel Bethencourt sentado a la mesa de una cocina modesta, con dos maletas ya hechas junto a la puerta y un billete de avión hacia Lisboa impreso sobre la mesa, a nombre de José María Betancuria.
No opuso resistencia. Ni siquiera se levantó de la silla cuando Carmela le leyó sus derechos, la pistola todavía en la mano por precaución, aunque ya resultaba evidente que no iba a necesitarla.
—Tarde o temprano tenía que ser así —dijo él, casi con alivio, la misma calma serena que Paco, entrando en ese momento por la puerta, reconoció enseguida, aunque la última vez que la había visto de cerca fuera entre las velas de una cueva—.
Aunque confieso que esperaba algo más digno que una cocina de alquiler y una maleta a medio hacer.
—La dignidad, Ezequiel, hace mucho que dejó de ser suya para decidir —respondió Paco, con una voz que no dejaba traslucir ni una fracción del alivio inmenso que sentía por dentro, ese peso de ocho años y de siete nombres por fin depositado donde debía estar—.
¿Sabes lo más irónico de todo esto? Que hicimos exactamente lo que tú querías que hiciéramos.
Sospechamos de Melián. Investigamos a Melián.
Dejamos que él cargara con la sombra durante meses, mientras tú seguías libre, comiendo en los mismos restaurantes que nosotros.
Bethencourt lo miró entonces con una curiosidad genuina, casi con orgullo mal disimulado.
—Usted es el inspector jubilado. El que nunca dejó de buscarme, incluso sin placa.
—Nunca hubo un día en que dejara de ser mi caso, Ezequiel. Aunque llevara la firma de otro en la puerta del despacho.
Se lo llevaron esposado, sin túnica, sin discurso ensayado frente a ningún cristal, con la misma cocina modesta como único testigo de un final que, después de siete vidas truncadas, resultaba tan anticlimático como merecido.
Paco se quedó un momento más en el umbral, mirando las dos maletas todavía junto a la puerta, y sintió que aquel objeto tan pequeño, tan doméstico, decía de la verdadera naturaleza del hombre mucho más que cualquier cruz templaria jamás pudo decir.