Capítulo 55
Chano, el operario de limpieza que había encontrado el primer cuerpo semanas atrás, se acercó espontáneamente a Paco una mañana, mientras este supervisaba un nuevo rastreo en la zona de Vegueta, con una información que, a su juicio, podía no significar nada, pero que prefería no callarse.
—Inspector, llevo días viendo a un hombre rondar la Ermita del Espíritu Santo por las noches, después de mi turno. No hace nada raro, solo se queda mirándola un buen rato, como quien reza sin arrodillarse.
—¿Podría reconocerlo si lo viera de nuevo, Chano?
—De lejos, quizá. Nunca se acerca lo suficiente para verle bien la cara.
Paco anotó el dato, consciente de que en los pocos días que le quedaban ya no podía permitirse descartar ninguna pista, por pequeña o vaga que pareciera.
*
Matías, avisado del nuevo turno de vigilancia que Paco pensaba montar esa misma noche en la ermita, insistió en acompañarlo, aunque solo fuera para hacerle compañía en la espera.
—Un día, hijo. Y todavía sigues sin parar ni un minuto.
—No puedo parar, Matías. Mañana entrego la placa, y con ella se me acaba también el tiempo que me quedaba para encontrarlo.
—Entonces déjame acompañarte esta noche, aunque solo sea para que alguien te obligue a comer algo entre guardia y guardia.
La vigilancia de esa noche no dio ningún fruto: nadie se acercó a la ermita antes del amanecer, y Paco volvió a casa con las manos vacías y la certeza, cada vez más pesada, de que el tiempo se le agotaba de verdad.
Matías lo dejó en la puerta de la finca ya de madrugada, sin decir gran cosa más, y se quedó un momento parado junto al coche, viendo cómo Paco entraba en casa arrastrando los pies, antes de encender de nuevo el motor y volver, también él, a intentar dormir las pocas horas que le quedaban antes de que el sol saliera sobre un nuevo día de cuenta atrás.