Capítulo 53
Betancor convocó una rueda de prensa de urgencia sin consultárselo antes a Fernández, anunciando ante las cámaras que la Policía estaba «muy cerca» de una detención inminente, una afirmación que a Paco, viendo la comparecencia desde el televisor del porche, le revolvió el estómago más que cualquier escena de crimen.
—Dos días, y ese hombre sale ahí a prometer algo que no tenemos —dijo Paco, marcando el número de Fernández antes incluso de que terminara la comparecencia.
—Lo sé, Paco. Lo he llamado en cuanto he visto la escaleta. Dice que necesitamos «buenas noticias para calmar a la ciudad». Como si Melián fuera a entregarse por cortesía hacia la opinión pública.
—Lo único que va a conseguir es que él también vea las noticias y decida esconderse todavía mejor durante los días que me quedan.
*
Rachael Lombard, que había visto la misma comparecencia desde su mesa habitual en la antigua sede del Eros, se presentó esa misma tarde en comisaría sin avisar, la indignación profesional escrita en cada gesto.
—Betancor acaba de regalarle un titular a todos los medios de la isla, inspector. Y usted todavía me pide paciencia a mí.
—Le pido dos días más, Rachael. Los mismos que le quedan a mi placa, aunque ahora me cueste el doble convencérselo.
Ella lo miró largo rato, calibrando cuánto de su propia credibilidad estaba dispuesta a seguir arriesgando por un hombre que, a esas alturas, apenas tenía ya margen de maniobra.
—Dos días, inspector. Pero como Betancor vuelva a salir en televisión prometiendo cosas que ustedes no tienen, publico igualmente, con o sin su bendición.
*
Esa noche, ya en la finca, Elena encontró a Paco sentado frente al portátil, la pantalla en blanco, las manos quietas sobre el teclado.
—¿No consigues escribir?
—No consigo pensar en otra cosa que no sean los días que me quedan, Elena. Y eso, para escribir, es la peor compañía posible.
—Entonces no escribas esta noche. Descansa la cabeza, aunque sea un par de horas.
Mañana quedan todavía algunos días más, y los vas a necesitar enteros.
Paco cerró el portátil sin haber escrito una sola línea nueva, y dejó que Elena lo acompañara hasta la cama, consciente de que aquella noche, como tantas otras recientes, el sueño iba a costarle mucho más que las palabras que se negaban a salir en su manuscrito.