Capítulo 51
Ingrid Asland llamó a Paco a las seis de la mañana, la voz cargada de una urgencia que no se molestó en disimular con ningún saludo previo.
—Inspector, tengo algo. La empresa fantasma que pagaba a través de Altuza, Gestión Patrimonial Atlántica, comparte administrador con una sociedad que gestiona el alquiler de una vivienda en Valsequillo. El contrato lo firmó hace nueve meses alguien que se identificó como José María Betancuria.
—¿Betancuria? Ese nombre no me suena de nada, Ingrid.
—A mí tampoco, inspector. Pero el número de teléfono de contacto que aparece en el contrato es el mismo, con una sola cifra de diferencia, que uno de los tres números de prepago que Asuntos Internos relacionó con las filtraciones de Verdejo.
Paco sintió que algo, todavía informe, empezaba a tomar la forma de un patrón que no se atrevía todavía a nombrar del todo.
—Una cifra de diferencia puede ser casualidad, Ingrid.
—Puede serlo, inspector. Pero llevo toda la noche revisando registros, y hay algo más: esa vivienda de Valsequillo pertenece, a través de dos sociedades intermedias, al mismo entramado que gestiona Manuel Lasanta.
El mismo circuito por el que Melián movía piezas, sí.
Pero también el mismo circuito por el que se movió el dinero que pagó la fianza de Bethencourt tras Guayadeque.
Paco se quedó en silencio un largo instante, con el teléfono todavía pegado a la oreja, sintiendo que tres días no eran, de pronto, un plazo tan corto como había temido.
—Necesito esa dirección exacta, Ingrid. Y necesito que nadie más, ni siquiera Fernández, lo sepa todavía. Si me equivoco con esto, prefiero equivocarme yo solo.
—¿No confía en su propia comisaria, inspector?
—Confío en Fernández con mi vida, Ingrid. En quien no confío es en quien esté escuchando cuando ella dé la orden de movilizar un operativo. Llevamos semanas viendo cómo cada movimiento importante llega, de algún modo, a oídos equivocados antes de tiempo.
*
Carmela, avisada apenas media hora después con la promesa de discreción absoluta, encontró a Paco ya vestido, la chaqueta puesta pese a lo temprano de la hora, estudiando un plano impreso de Valsequillo extendido sobre la mesa del porche.
—Jefe, si esto es lo que creo que es, deberíamos avisar a todo el equipo, no ir los dos solos.
—Y si me equivoco, Carmela, habré movilizado a media comisaría detrás de un contrato de alquiler que puede no significar nada. Necesito verificarlo primero. Con discreción. Tú y yo, nada más, y solo para confirmar si hay movimiento en esa casa antes de decidir el siguiente paso.
Carmela dudó un instante, sopesando la orden con la misma cautela profesional que Paco le había enseñado a cultivar desde sus primeros días en el caso.
—¿Y si Betancuria es solo un nombre más, jefe? ¿Otro callejón sin salida como tantos otros?
—Entonces habremos perdido una mañana, Carmela. Pero si no lo es, habremos ganado tres días que no teníamos.
Salieron hacia Valsequillo antes de que el sol terminara de despuntar sobre el valle, sin saber todavía que aquella dirección, apuntada de prisa en un papel arrugado, terminaría siendo mucho más importante de lo que ninguno de los dos, en ese preciso instante, se atrevía todavía a esperar.