Cruces y sombras Capítulo 50
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Capítulo 50

La casa de las medianías, terminada por fin tras meses de obras que Paco apenas había podido supervisar entre víctima y víctima, llevaba ya semanas habitada sin que ninguno de los dos, ni Paco ni Elena, hubiera encontrado todavía el momento de celebrarlo como merecía.

—Firmaste la jubilación hace unos días, Paco —le dijo Elena una noche, sentada en el porche recién estrenado, con Frankie enroscado a sus pies y una jarra de limonada que llevaba más tiempo del debido sin que nadie la tocara—. Y sigues yendo a comisaría cada día, como si todavía llevaras la placa.

—No llevo la placa, Elena. Llevo algo peor: la certeza de que si dejo de buscarlo un solo día, ese día es precisamente el que él elige para la siguiente.

Ella no respondió enseguida. Se quedó mirando el valle que tanto les había costado ganarse, ese mismo valle que habían imaginado juntos meses atrás sobre unos planos desplegados en una piedra plana, y sintió que la distancia entre aquella promesa y la realidad presente le pesaba de un modo que ya no sabía cómo nombrar sin que sonara a reproche.

—No te estoy pidiendo que dejes de buscarlo. Te estoy pidiendo que me dejes acompañarte en la espera, en vez de esperar sola cada noche a que vuelvas con esa cara que ya empiezo a reconocer de memoria.

—¿Y cómo se hace eso, Elena? ¿Cómo se acompaña a alguien en una búsqueda que no tiene ni fecha ni garantía de final?

—Se hace sentándose aquí, en este porche, cada noche que puedas, y contándome lo que puedas contarme, en vez de guardártelo todo para no cargarme con ello. Diez años viviendo a medias de todo, Paco. No pienso pasar los que me quedan también a medias de esto.

Paco se sentó a su lado, tomándole la mano con un gesto que aún no era capaz de acompañar de las palabras que Elena necesitaba, pero que ella recibió, de todos modos, como el principio honesto de una promesa distinta a todas las anteriores.

*

Matías, que había seguido acompañándolo a faenar cada vez que el caso se lo permitía, aunque cada vez con menos frecuencia de la que ambos hubieran querido, se lo dijo sin rodeos una madrugada en el muelle, mientras recogían los aparejos bajo un cielo todavía oscuro.

—Tu padre murió con un caso a medias sobre la mesa, Paco. Y tú llevas semanas viviendo exactamente esa misma vida que juraste no repetir jamás.

—Este es distinto, Matías. Este no lo voy a dejar a medias.

—Eso mismo pensaba él también, imagino. Nadie planea dejar nada a medias, hijo.

Simplemente, un día, la vida decide por uno.

Paco no respondió, pero aquellas palabras se le quedaron clavadas durante el resto de la travesía de vuelta a puerto, resonando con la misma insistencia que el motor fueraborda, hasta que, ya en tierra, decidió llamar a Elena solo para decirle que llegaba a tiempo para desayunar juntos, un gesto tan pequeño que a él mismo le sorprendió lo mucho que parecía significar para los dos.