Cruces y sombras Capítulo 49
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Capítulo 49

Rodolfo lo esperaba en el Instituto Anatómico Forense con los resultados definitivos del análisis de las herramientas del trastero, un informe que había prometido para el día siguiente pero que, sabiendo la cuenta atrás que pesaba sobre su amigo, se había quedado hasta pasada la medianoche terminando.

—Tres días, Paco. Y me traes trabajo para una semana —protestó, aunque sin verdadero reproche en la voz, deslizando la carpeta sobre la mesa metálica—. Aquí tienes el análisis metálico completo. Las herramientas coinciden al cien por cien con las marcas de forja de las siete cruces.

—Te debo una cena como Dios manda cuando esto termine.

—Me debes más de una, pero prefiero cobrármelas todas de una vez, tranquilo, sin que tengas media cabeza puesta en el reloj.

*

Padre Carlos lo recibió esa misma tarde en la sacristía, con dos cafés ya servidos antes de que Paco llegara siquiera a sentarse, una costumbre que se había instalado entre ambos sin necesidad de acordarla en voz alta durante aquellos días de búsqueda.

—Tres días, Carlos. Y aquí sigo, sin nada sólido que llevarme a la boca.

—Ese hombre, Melián, es el ejemplo más claro que he visto nunca de lo que ocurre cuando alguien se aísla por completo de una comunidad genuina —reflexionó el párroco, sirviendo el azúcar sin que se lo pidieran—.

La soledad, cuando se cronifica y se mezcla con una obsesión sin control, es el mejor caldo de cultivo para la peor versión de cualquiera.

Tú no eres él, Paco, precisamente porque nunca dejaste de rodearte de gente que te importa.

No lo olvides estos tres días que quedan, por muy solo que te sientas siguiendo su rastro.

Paco asintió, sin palabras, agradeciendo en silencio esa costumbre de su amigo de decir siempre lo necesario en el momento justo.

*

Matías insistió en que se vieran esa misma noche, aunque fuera solo diez minutos, en el muelle donde tantas conversaciones decisivas habían tenido lugar durante aquellos días.

—Tres días, hijo. Y te veo más flaco que la última vez.

—No tengo tiempo ni para comer bien, Matías.

—Pues haces tiempo, aunque sea robándoselo al sueño. Un hombre que no come no piensa claro, y tú necesitas pensar más claro que nunca estos tres días que te quedan.

Le puso en las manos una bolsa con pescado ya limpio y listo para la plancha, un gesto tan simple que a Paco se le hizo, sin saber muy bien por qué, un nudo repentino en la garganta.

*

Cosme, tras la barra del Bar Noray, le sirvió el café sin que Paco tuviera que pedirlo, observándolo con esa parquedad suya que decía más que cualquier discurso.

—Tres días —fue lo único que dijo, deslizando la taza sobre la barra.

—Tres días —confirmó Paco, sin necesidad de que ninguno de los dos añadiera nada más.