Capítulo 48
Quedaban cuatro días. Paco lo sabía sin necesidad de mirar el calendario que Elena había colgado, medio en broma, junto a la puerta de la cocina, con una cruz roja marcando la fecha en que su jubilación se volvería irreversible, con o sin Melián entre rejas.
—Cuatro días, Fernández —dijo por teléfono, sin necesidad de añadir nada más, mientras Carmela conducía hacia la sede de UHEDO con la sirena apagada pero la urgencia intacta.
—Lo sé, Paco. Y sé también que si en cuatro días no lo tenemos, vas a intentar seguir de todas formas, con placa o sin ella, y que no hay reglamento capaz de impedírtelo.
—Me conoces bien.
—Demasiado bien. Por eso te aviso: como te pase algo después de entregar la placa, Elena me arranca la cabeza a mí primero.
*
Sara Brito tenía ya sobre la mesa el informe pericial de la joyería de la calle Mayor de Triana, robada semanas atrás por una banda que nada tenía que ver con Melián, pero cuyo modus operandi había merecido, por pura rutina, una consulta cruzada con UHEDO.
El caso, resuelto en apenas dos días gracias a una cámara de tráfico mal orientada, le dejó a Paco un pequeño consuelo agridulce: la prueba de que, cuando el tiempo jugaba a favor, su instinto seguía tan afilado como siempre.
—Ojalá todos los casos se resolvieran así de rápido —comentó Sara, mientras le entregaba una copia del informe por cortesía—. ¿Cómo llevas la cuenta atrás, inspector?
—Mal. Pero sigo de pie.
*
Frankie esperaba cada noche junto a la puerta, con esa paciencia animal que no entendía de plazos administrativos ni de asesinos en fuga, y Paco, al llegar, se permitía diez minutos exactos de caricias distraídas antes de volver a extender sobre la mesa del porche las fotografías de las siete víctimas, ordenadas ya no por fecha sino por una intuición que todavía no sabía nombrar del todo.
—¿Vas a dormir algo esta noche? —le preguntó Elena, apoyada en el marco de la puerta, sin reproche real en la voz, solo cansancio compartido.
—En cuatro días duermo todo lo que haga falta, Elena. Ahora mismo no puedo permitérmelo.
Ella no insistió. Se sentó a su lado, sirviéndole un café que él apenas tocaría, y se quedó mirándolo trabajar en silencio, consciente de que aquellos cuatro días que quedaban pesaban sobre él mucho más que los cuarenta años enteros que llevaba dedicados al oficio.