Capítulo 47
Los tres días prometidos a Rachael Lombard se cumplieron un jueves, y la periodista, puntual como siempre, volvió a aparecer en el café de Agapito con la misma carpeta bajo el brazo, aunque esta vez con una expresión que a Paco le costó descifrar del todo: no era impaciencia, sino algo más parecido a la curiosidad genuina.
—Tres días, inspector. Y sigo sin ver su nombre en ningún atestado.
—Tenemos su alias, tenemos su circuito de venta, tenemos una fecha aproximada de cuándo cambió de identidad. Lo que no tenemos todavía es dónde duerme esta noche, y eso, Rachael, es lo único que de verdad importa.
Ella lo estudió un largo instante, con esa mirada de reportera que llevaba años aprendiendo a distinguir entre la mentira cómoda y la verdad incompleta.
—Le voy a dar dos días más. No por usted, inspector, sino porque empiezo a pensar que si publico ahora, lo único que consigo es que se esconda todavía mejor, y no quiero esa responsabilidad sobre mi conciencia. Pero quiero algo a cambio.
—La escucho.
—Acceso completo a Sara Brito y a UHEDO para un reportaje sobre el tráfico de patrimonio en el puerto, independientemente de cómo termine todo esto. Llevo años detrás de esa historia, y este caso me ha enseñado que hay mucho más debajo de los contenedores de lo que esta ciudad quiere reconocer.
—Eso no depende de mí, pero le prometo interceder.
—Con que interceda me basta, inspector. Ya sé que su palabra, al menos, vale algo.
*
Aquella misma noche, Paco encontró a Verdejo esperándolo junto a su coche en el aparcamiento de la comisaría, algo que no ocurría desde antes de que Asuntos Internos abriera su expediente.
—Sé que la inspectora Peña me tiene en el punto de mira, Figueroa. No soy tan estúpido como todos parecéis pensar.
—Nunca he pensado que fueras estúpido, Verdejo. Solo que elegiste mal a quién querías impresionar.
Verdejo bajó la vista, algo parecido a la vergüenza cruzándole el rostro por primera vez en años de rencor acumulado.
—Si te digo lo que sé, ¿puedes conseguir que Peña se conforme con la expulsión y no busque nada penal?
—No puedo prometerte nada, Verdejo. Pero puedo prometerte que si te callas, esto va a terminar mucho peor para ti de lo que jamás imaginaste.
El inspector se quedó mirándolo un largo rato bajo la luz amarillenta de las farolas del aparcamiento, calculando, por última vez en aquel caso, si su lealtad mal invertida en Lasanta valía todavía la pena de proteger.
—Déjame pensarlo unos días —dijo por fin, alejándose hacia su propio coche sin mirar atrás, dejando a Paco con la certeza incómoda de que aquel hombre, tarde o temprano, terminaría hablando, aunque todavía no supiera si a tiempo de salvar una octava vida.
Condujo de vuelta a las medianías despacio, sin prisa, dejando que el aire fresco de la noche le despejara la cabeza antes de llegar a casa, donde Elena lo esperaba con la cena todavía caliente y esa paciencia recién estrenada que ambos cultivaban, día a día, como quien cuida un jardín que se niega a florecer antes de tiempo por mucho que uno lo riegue con ansiedad.
—¿Sospechas de alguien de dentro? —le preguntó Elena, mientras le servía el plato, notando en su silencio algo distinto a la fatiga habitual de esos días.
—Sospecho de alguien que ya no está muy lejos de confesarlo él mismo, Elena. Y eso, en este momento del caso, vale más que cualquier prueba que pudiéramos encontrar por nuestra cuenta.
Elena se sentó frente a él, sin insistir en saber más, aprendiendo también ella, día a día, a distinguir entre las preguntas que Paco podía responder y las que todavía necesitaba guardarse un poco más de tiempo, hasta que la propia investigación decidiera, por su cuenta, el momento de soltarlas.