Capítulo 46
Rachael Lombard lo esperaba, esta vez sin necesidad de tenderle una emboscada en ninguna puerta lateral, sentada con toda tranquilidad en una mesa del café de Agapito, con Padre Carlos jugando su partida de dominó dos mesas más allá y fingiendo, con poco éxito, no estar pendiente de la conversación.
—Tengo el nombre completo, inspector. Emilio Melián, profesor de Historia, y tengo también el dato de que hay una segunda identidad falsa circulando, aunque todavía no consigo el nombre exacto —dijo, sin rodeos, dejando sobre la mesa una carpeta que Paco no tuvo ninguna prisa por abrir—. Mi director quiere publicarlo mañana.
—Si publica eso mañana, Rachael, Melián desaparece del todo esta misma noche, cambia de identidad otra vez, y las próximas víctimas dejan de tener nombre porque nunca llegaremos a tiempo de proteger a nadie.
—Y si no lo publico, y muere una octava mujer la semana que viene, ¿quién carga con esa responsabilidad, inspector? ¿Usted, que me pide silencio, o yo, que lo concedo?
Paco guardó silencio un largo instante, consciente de que la periodista no le estaba haciendo una pregunta retórica, sino planteándole, con toda la crudeza del oficio de cada uno, el mismo dilema que a él lo mantenía despierto la mayoría de las noches.
—Le voy a proponer un trato, y le pido que confíe en mí una última vez, aunque ya sé que no le sobran motivos para hacerlo después de tantos días de silencios míos.
Déme tres días. Si en tres días no tenemos nada sólido, publique lo que quiera, con mi bendición y mi nombre citado si hace falta para darle credibilidad.
—¿Y si en tres días hay otra víctima?
—Entonces la culpa será mía, no suya. Y me la llevaré a la tumba sin quejarme, se lo prometo.
Rachael lo miró largo rato, calibrando, con el mismo instinto profesional que la había traído hasta Canarias persiguiendo contenedores sospechosos años atrás, si aquel hombre cansado que tenía delante merecía todavía ese margen de confianza.
—Tres días, inspector. Ni uno más. Y quiero la exclusiva completa el día que lo detengan, antes que ningún otro medio de esta isla.
—Trato hecho.
Se dieron la mano, un gesto formal entre dos personas que se respetaban precisamente porque nunca habían fingido ser amigas, y Paco salió del café de Agapito con la sensación incómoda de haber comprado tiempo a costa de una moneda que no sabía si podría seguir pagando indefinidamente.
*
Padre Carlos, cuando Rachael por fin se marchó, se acercó a la mesa de Paco con las fichas de domó todavía en la mano, la partida abandonada a medias por primera vez en años.
—¿Tres días, Paco? Eso es mucho prometer para un hombre que lleva semanas sin una sola pista sólida.
—Lo sé mejor que nadie, Carlos. Pero prefiero deberle una promesa imposible a esa periodista que deberle una vida a la próxima mujer que Melián decida que le toca.
El párroco se sentó frente a él, sin decir nada durante un rato, dejándole el silencio que Paco necesitaba antes de continuar.
—¿Sabes lo que más me inquieta de todo esto, Paco? Que llevo semanas recordándote que ni tú ni yo somos dueños del tiempo de nadie, y aquí estás, prometiéndole tres días al destino como si fueras tú quien decide cuándo cae la próxima ficha.
—A veces hace falta fingir que uno controla algo, Carlos, aunque sea mentira, para conseguir la fuerza de seguir buscando un día más.
El párroco asintió, sirviéndole a Paco el último trago de su vaso de agua con el mismo gesto pausado de siempre, y ambos se quedaron un rato más en el café, sin volver a tocar las fichas de domó, dejándose acompañar simplemente por el ruido cotidiano de un barrio que seguía viviendo, ajeno del todo a la cuenta atrás que Paco acababa de ponerse a sí mismo.