Cruces y sombras Capítulo 45
72%

Capítulo 45

El local que había sido el club Eros llevaba cerrado desde el traspaso de Thais a UHEDO, con un cartel descolorido de «se alquila» en el escaparate que nadie parecía tener prisa por retirar, y Rachael Lombard lo eligió, medio en broma, como lugar de encuentro para su siguiente entrega de información a Paco, sentados ambos en las escaleras de la entrada como dos adolescentes esperando a que abriera un concierto.

—Tengo algo, inspector, aunque no sé si le va a gustar —dijo, sacando de su bolso una carpeta con recortes de prensa antiguos—.

Un articulillo de hace quince años, de un suplemento cultural que ya ni existe, sobre un ciclo de conferencias en la Casa de Colón.

El ponente estrella hablaba de rutas atlánticas medievales.

Se llamaba Emilio Melián, y ya entonces coqueteaba con teorías que ningún otro historiador de la sala parecía dispuesto a firmar con él.

Paco cogió el recorte con cuidado, estudiando la fotografía granulada de un hombre más joven, sonriente, con el mismo brillo en los ojos que ahora, sabiendo lo que sabía, le resultaba imposible no leer como el primer asomo de algo mucho más oscuro.

—Quince años llevaba con esto en la cabeza, y nadie lo vio venir.

—O lo vieron y prefirieron no mirar dos veces, que a veces viene a ser lo mismo — respondió Rachael, guardándose la carpeta—. Sigo con mis tres días contados, inspector. No lo olvide.

*

En el taller de restauración de UHEDO, Ingrid Asland examinaba con lupa y pinceles finísimos cada una de las piezas recuperadas del trastero de Schamann antes de catalogarlas para su eventual devolución a los museos correspondientes, un trabajo minucioso que avanzaba en paralelo a la búsqueda activa de Melián, sin que nadie en el equipo se permitiera todavía dar el caso por cerrado.

—Cada pieza cuenta una historia que merece ser escuchada con paciencia, inspector —le explicó a Paco, que había empezado a visitar el taller con una frecuencia que ni él mismo sabría

explicar del todo—. Este gánigo, por ejemplo, lleva sesenta años esperando en la oscuridad de un almacén a que alguien se tomara la molestia de escuchar lo que tiene que contar.

Su hombre tiene guardadas piezas así por decenas.

Cuando lo atrapen, vamos a tardar meses solo en devolverlo todo a su sitio.

—Cuándo, no si —repitió Paco, casi para sí mismo, encontrando en la certeza tranquila de Ingrid un consuelo pasajero que agradeció en silencio.

*

Padre Carlos, Matías, Rodolfo y Cosme se turnaban, sin habérselo propuesto formalmente, para acompañar a Paco algunas tardes en la finca de las medianías, conscientes todos ellos de que la soledad, en aquellas semanas de búsqueda infructuosa, era el peor enemigo que su amigo podía enfrentar.

—No tienes que resolverlo tú solo, Paco —le dijo Rodolfo una noche, mientras compartían una botella de vino en el porche—. Para eso está Carmela, para eso estamos nosotros, para eso está toda una comisaría trabajando sin descanso.

—Lo sé, Rodolfo. Pero cada noche que Melián sigue libre es una noche en la que alguien, en alguna parte de esta isla, podría estar a punto de convertirse en el nombre número ocho.

Elena, escuchando desde la cocina, se acercó y le posó una mano en el hombro, sin decir nada, dejándole ese silencio compartido que, en los peores días, valía más que cualquier palabra de consuelo bien intencionada.

Rodolfo se despidió poco después, prometiendo llamar en cuanto tuviera cualquier novedad forense, y Padre Carlos se ofreció a quedarse un rato más, sin necesidad de que nadie se lo pidiera, simplemente sentado junto a Paco mientras este releía, por enésima vez, las siete fichas de las víctimas ordenadas sobre la mesa del porche, buscando en ellas un patrón que hasta entonces se le hubiera escapado.

—A veces la respuesta no está en mirar más fuerte, Paco, sino en mirar distinto —dijo el párroco, señalando las fichas sin tocarlas—. Llevas días buscando qué las une. Quizá deberías preguntarte, por una vez, qué es lo único que las separa entre sí.

Paco se quedó mirando las fichas largo rato después de que Carlos se marchara, dando vueltas a esa pregunta tan simple como incómoda, sin saber todavía que la respuesta, cuando por fin llegara, no nacería de mirar las fichas con más atención, sino de una factura perdida entre cientos de otras, encontrada casi por accidente por alguien que ni siquiera estaba buscando lo que finalmente encontró.