Capítulo 44
Luis Altuza aceptó reunirse con Sara Brito y Paco en terreno neutral, una cafetería discreta de la Playa de las Canteras, con la condición expresa de que nada de lo hablado tuviera consecuencias para su propio negocio habitual.
—No trabajo con asesinos, inspector. Eso tiene que quedar claro desde el principio — dijo, revolviendo su café con una parsimonia calculada para disimular el nerviosismo real que Paco reconoció enseguida bajo la superficie.
—Nadie ha dicho que trabaje con él a sabiendas, señor Altuza. Pero alguien ha estado usando sus rutas del puerto para mover piezas que no tienen nada que ver con tabaco ni con alcohol, y ese alguien tiene nombre y apellido.
Sara deslizó sobre la mesa una fotografía del fragmento de orfebrería hallado junto al cuerpo de Trinidad Ojeda, y Altuza, a su pesar, no pudo disimular un breve gesto de reconocimiento.
—Esa pieza pasó por mi gente, sí. Cobramos por moverla sin preguntar qué era, como hacemos siempre. El contacto se identificaba solo con iniciales, nunca con nombre completo, y pagaba siempre puntual, en efectivo, sin regatear jamás.
—¿Qué iniciales, señor Altuza?
Altuza dudó un largo instante, calculando, con la misma frialdad de siempre, cuánto le costaría aquella información y cuánto le ahorraría a cambio.
—E. M. Nada más. Y un teléfono que dejó de responder hace tres semanas, justo después de que ustedes empezaran a hacer demasiado ruido con este caso.
Paco cruzó una mirada con Sara, ambos conscientes de que aquellas dos iniciales, por escasas que parecieran, confirmaban al fin, desde una fuente completamente ajena a la investigación oficial, buena parte de lo que llevaban semanas sospechando sin poder demostrarlo del todo.