Capítulo 43
Paco encontró el desayuno preparado a la mañana siguiente, un gesto ambiguo que interpretó, con la prudencia de quien no quiere forzar una tregua todavía frágil, como una pequeña puerta entreabierta.
—Gracias por esto.
—No lo hice por ti, Paco. Lo hice porque necesitaba hacer algo con las manos antes de que se me llenara la cabeza de las mismas dudas de anoche.
Él asintió, sin insistir, y sacó tiempo, por primera vez en días, para desayunar despacio, sin el móvil sobre la mesa, sin la carpeta del caso a la vista, solo los dos, en un silencio que ya no era tan tenso como el de la noche anterior.
—No he dejado de quererte ni un solo día de estos, Elena. Aunque no lo pareciera desde fuera.
—Lo sé, Paco. Ese nunca ha sido el problema. El problema es que quererme desde dentro y demostrarlo desde fuera son, a veces, dos cosas completamente distintas, y llevo mucho tiempo conformándome con la primera.
Ella no se marchó a casa de su hermana aquella semana, ni la siguiente, pero ambos sabían que la conversación había dejado una marca que todavía tardaría en cicatrizar del todo.