Capítulo 42
Elena redujo su jornada en la consulta odontológica esa misma semana, una decisión que llevaba días madurando y que anunció sin dramatismo, casi de pasada, mientras desayunaban.
—Solo unos días, hasta que esto termine. Necesito poder estar disponible si me necesitas, y necesito también, si te soy sincera, no pasarme ocho horas fingiendo que no pienso en si has comido algo decente.
—No tienes que hacer eso por mí, Elena.
—No lo hago solo por ti. También lo hago porque, después de la conversación de la otra noche, necesito ocuparme de nosotros con algo más que buenas intenciones.
Una de sus compañeras de consulta, al enterarse del cambio de horario, no pudo evitar comentarlo durante un descanso entre pacientes.
—Te veo distinta, Elena, más decidida. ¿Es por el caso de Paco?
—Es por Paco, y es por mí, supongo —respondió Elena, con una sonrisa que no necesitaba mayor explicación—. A veces hace falta que el mundo se ponga muy difícil para que uno se decida, por fin, a pelear por lo que de verdad le importa.
*
El pequeño local de domó de la calle Triana donde Padre Carlos jugaba sus partidas habituales antes de cada misa de la una, escenario de la primera pista real que Paco había obtenido sobre los templarios al principio de la investigación, seguía recibiendo cada mañana a los mismos parroquianos de siempre, ajeno a que aquellas visitas de Paco al párroco escondían, en realidad, piezas decisivas de un caso contrarreloj.
—No sé muy bien a qué viene tanto agradecimiento, inspector, pero acepto encantado cualquier reconocimiento a mi café —respondió Agapito, entre risas, sirviéndole a Paco un cortado por cuenta de la casa que este aceptó con gusto, sin necesidad de explicarle del todo la conexión invisible que unía aquel humilde local con la investigación más importante de su carrera.
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Thais, cada vez más integrada en el día a día de UHEDO, empezaba a asumir responsabilidades que superaban con creces su tarea inicial de traducción puntual, algo que Sara Brito no había tardado en advertir con genuina satisfacción profesional.
—A veces pienso en lo distinta que sería mi vida si no hubiera aceptado aquel trabajo en el Eros —le confesó Thais a Paco, durante una pausa breve en la sede de UHEDO—.
Hace apenas tres años, cuando perdí mi última traducción jurada, jamás hubiera imaginado que terminaría ayudando a resolver algo así, gracias precisamente a haber servido copas en un club nocturno.
—La vida rara vez sigue el camino que planeamos, Thais —respondió Paco—. Lo importante no es el camino que imaginábamos, sino saber aprovechar el que de verdad se nos presenta, por inesperado que resulte, y más en los días que a mí me quedan.
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Paco aprovechó una tarde libre de apenas una hora, robada entre dos reuniones, para acercarse al cementerio de Vegueta, a la tumba de su padre, algo que llevaba queriendo hacer desde el reinicio del caso Rebeca sin encontrar hasta entonces el momento.
—Todavía no lo he atrapado, papá, pero esta vez sé que voy por el buen camino —dijo, en voz baja, mientras dejaba unas flores frescas junto a la lápida—. Ojalá me quede tiempo suficiente para conseguirlo antes de que se me acabe el plazo que yo mismo me puse.
Elena, que lo había acompañado esa tarde sin decir gran cosa, le tomó la mano al salir del cementerio, entendiendo sin necesidad de palabras que aquella visita representaba, para él, mucho más que un simple gesto de piedad filial en mitad de una semana imposible.