Cruces y sombras Capítulo 41
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Capítulo 41

Asuntos Internos abrió el expediente sobre Tomás Verdejo casi por casualidad, revisando registros de acceso al sistema tras la fuga de información que había permitido a la prensa publicar, con veinticuatro horas de antelación, el operativo de Guayadeque.

La inspectora Milagros Peña, una mujer menuda de mirada incisiva que llevaba quince años destapando corrupción dentro del propio cuerpo, citó a Paco en un despacho sin ventanas que no le devolvió ningún buen recuerdo.

—Verdejo consultó el expediente del caso Arcángel diecisiete veces en los últimos días, inspector, la mayoría fuera de su horario y de sus funciones asignadas —le explicó, mostrándole un listado impreso con fechas y horas subrayadas en amarillo—. ¿Le extraña a usted ese patrón?

—Nada de lo que haga ese hombre me extraña ya, inspectora. Pero necesitaría algo más que curiosidad malsana para relacionarlo con una filtración.

—Tenemos algo más. Tres llamadas, todas realizadas desde teléfonos de prepago distintos, coincidiendo casi al minuto con tres momentos críticos de la investigación: la orden de registro del trastero de Schamann, la fecha exacta del operativo de Guayadeque, y la identificación preliminar de la sexta víctima antes de que se hiciera pública.

Las tres llamadas terminaron en el mismo número, registrado a nombre de una asesoría fantasma vinculada, indirectamente, al entorno del concejal Lasanta.

Paco sintió que algo, largamente sospechado pero nunca confirmado, encajaba por fin en su sitio con la fuerza sorda de una losa cayendo.

—¿Por qué no lo han detenido ya, si tienen todo esto?

—Porque lo que tenemos apunta a una filtración de datos internos a un político bajo investigación por corrupción, inspector, no a un asesinato.

Y porque, si actuamos ahora, Verdejo se cierra en banda y perdemos la única vía que tenemos hasta saber a dónde iba realmente esa información después de Lasanta.

Necesito que usted, con la relación que tiene con Fernández, me consiga tiempo. Un par de meses, no más.

*

Fernández, cuando Paco le trasladó la petición, golpeó la mesa con más fuerza de la que pretendía, la paciencia acumulada durante meses de presión política agotándose de golpe.

—Llevo años con ese hombre en mi comisaría, Paco. Años aguantándolo, años cubriendo sus torpezas delante de Betancor porque pensaba que, en el fondo, era solo un mediocre envidioso, no un traidor de verdad.

—A veces la mediocridad y la traición nacen de la misma herida, Inés. Un hombre que lleva años sintiéndose invisible termina aceptando cualquier oferta que le prometa, aunque sea desde la sombra, sentirse importante por una vez.

—Eso no lo disculpa.

—No pretendo disculparlo. Solo pretendo entenderlo lo suficiente para saber cómo usarlo antes de que sea demasiado tarde para la séptima, la octava, o la que Melián decida que le toca después.

Fernández le concedió el plazo, a regañadientes, con la condición expresa de que Verdejo no volviera a acercarse a un solo papel relacionado con el caso Arcángel bajo ningún concepto, ni siquiera por accidente.

Lo que ninguno de los dos podía saber aún era que aquella misma cadena de teléfonos de prepago, pocos días después, terminaría siendo el hilo exacto que Ingrid Asland tiraría desde una dirección completamente distinta, sin que nadie hubiera planeado que ambos caminos, el de Asuntos Internos y el de UHEDO, terminaran encontrándose en la misma casa de Valsequillo.