Cruces y sombras Capítulo 40
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Capítulo 40

Luis Altuza, cuya implicación directa en el caso Arcángel había sido siempre tangencial, apenas rozada por la conexión casual de Carmelo Calderín y por la agresión de Charlie Maka contra Paco, contemplaba desde su despacho, con una inquietud que ya no conseguía disimular ante sus propios hombres, cómo la creciente atención policial derivada de aquellos episodios empezaba a destapar, poco a poco, el resto de su entramado ilícito.

—La mera proximidad de ese inspector es un peligro que ningún soborno consigue neutralizar del todo —masculló, observando las cuatro figuras de piedra de la Plaza de España desde su ventana, como si aquel monumento pudiera ofrecerle alguna respuesta que sus propios hombres no sabían darle—.

Cuanto antes cerremos aquí, mejor para todos.

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El local del Eros seguía cerrado desde el traspaso de Thais a UHEDO, con el cartel de «se alquila» todavía en el escaparate, y ella, cuando pasaba ocasionalmente por la zona camino de alguna reunión de trabajo, lo contemplaba siempre con una mezcla curiosa de satisfacción y nostalgia agridulce, reconociendo en aquel local vacío un símbolo bastante certero de su propia transformación personal en tan pocos días: de la penumbra nocturna de la barra a la luz diurna de una profesión que, por fin, volvía a hacer justicia a los años de formación que tanto esfuerzo le habían costado.

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La familia de Marta Domínguez, la cuarta víctima del caso, cuya identidad había tardado más tiempo en hacerse pública que la del resto de víctimas debido a una petición expresa de privacidad de sus padres durante las primeras semanas de investigación, vivía en el municipio de Telde, una familia de clase trabajadora que había depositado todas sus esperanzas en aquella hija que estudiaba Biología con una beca de excelencia académica.

Su padre, un electricista jubilado por invalidez tras un accidente laboral años atrás, había desarrollado con Paco, a lo largo de aquellas semanas de investigación, una relación de respeto mutuo poco habitual entre un inspector y la familia de una víctima, compartiendo esa comprensión tácita de quienes cargan, cada uno a su manera, con pérdidas que ninguna sentencia futura conseguiría reparar del todo.

—Mi hija quería estudiar los ecosistemas marinos de esta isla, inspector.

Tenía toda una vida planeada, un futuro que ese hombre le arrebató sin ningún derecho —le confesó, en una de las pocas conversaciones extensas que mantuvieron desde el entierro—.

Lo único que me consuela, si es que existe algún consuelo posible en todo esto, es saber que usted no ha descansado ni un solo día buscando respuestas, y que no va a parar hasta encontrarlo, tarde o temprano.

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El despacho de Asuntos Internos, donde Verdejo llevaba ya tres citaciones respondiendo por sus filtraciones a Lasanta, se había convertido en el único rincón de la comisaría que él procuraba evitar, aunque la investigación, centrada por completo en el episodio de corrupción política, no parecía interesada en indagar mucho más allá de aquel asunto concreto.

Verdejo, todavía en activo aunque relegado a tareas menores mientras avanzaba el expediente, se cruzó con Paco una tarde en el pasillo, justo a la salida de una de esas citaciones.

—Espero que le vaya bien con Melián, Figueroa. De verdad se lo digo, aunque no me crea.

—Ya nos irá bien cuando dé con el que de verdad busco, Verdejo. Aunque cada vez tengo menos claro que ese hombre sea a quien todos ustedes llaman Melián.

Verdejo no respondió, pero algo en la forma en que apartó la mirada, una fracción de segundo más larga de lo estrictamente necesario, se quedó grabado en Paco durante el resto del día, sin que él mismo supiera todavía nombrar exactamente qué era lo que aquel gesto le inquietaba tanto.

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El pequeño cuaderno de campo donde Rebeca Tejada había anotado, ocho años atrás, sus impresiones sobre aquel profesor particular de historia que tanto la fascinaba antes de que su actitud empezara a incomodarla, fue encontrado por sus padres al revisar, con el nuevo impulso que había traído la reapertura del caso, cajas que llevaban ocho años cerradas en un trastero, un hallazgo tardío que aportó una capa adicional de dolor a una familia que ya había sufrido demasiado.

En sus páginas, con la caligrafía redonda y optimista de una adolescente de diecinueve años que todavía no sospechaba el peligro que corría, Rebeca describía con entusiasmo genuino las clases sobre templarios y linajes antiguos que Melián le impartía, sin poder saber jamás que aquella fascinación intelectual compartida sería, en última instancia, la semilla de su propia tragedia.

Consuelo, tras leer aquel cuaderno por primera vez en presencia de su abogado, decidió donarlo íntegramente como prueba judicial, pero también insistió en conservar una copia digitalizada para sí misma, un recuerdo doloroso pero preciado de la última etapa intelectual de la vida de su hija, antes de que todo se torciera de manera tan irreversible.