Cruces y sombras Capítulo 39
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Capítulo 39

El pequeño despacho que Carmela compartía ahora con dos agentes más, asignados de refuerzo al caso Arcángel tras la presión creciente de Betancor, conservaba todavía ciertos detalles que ella misma había decidido no cambiar desde que Paco le cedió su escritorio: la disposición exacta de la pizarra, cierto cariño particular por mantener el orden meticuloso que la había caracterizado desde sus primeros días en la academia.

Los dos agentes de refuerzo, jóvenes que apenas conocían de oídas los primeros años del caso Arcángel, la trataban con un respeto que a ella misma, en sus momentos de mayor honestidad interior, todavía le costaba reconocerse merecedora del todo, acostumbrada como estaba a considerarse, en el fondo, la aprendiz aplicada de un maestro que todavía seguía, aunque fuera de forma extraoficial, guiándola paso a paso.

—¿Alguna vez se le quita a uno esa sensación de estar improvisando todo el tiempo? —le preguntó una tarde a Fernández, durante una de sus reuniones semanales de coordinación, con una sinceridad que solo se permitía ante su comisaria, nunca ante sus propios subordinados.

—Nunca del todo, Carmela —respondió Fernández, con una sonrisa comprensiva que revelaba años de experiencia acumulada enfrentando la misma inseguridad—.

Pero con el tiempo aprendes a improvisar con la suficiente confianza como para que nadie más lo note.

Eso es, básicamente, todo lo que significa hacerse mayor en este oficio.

*

El pequeño kiosco de dominó del Parque de Santa Catalina, donde Matías había pasado tantas tardes de su vida antes de que el caso Arcángel irrumpiera en la rutina apacible de sus partidas, seguía funcionando exactamente igual, ajeno por completo a haber sido, sin saberlo sus habituales jugadores, el escenario donde se había gestado buena parte de la información que Paco todavía perseguía, pieza a pieza, sin saber cuándo ni cómo terminaría de encajar del todo.

Matías seguía con sus partidas de ajedrez con la misma pasión de siempre, y dedicaba también algunas tardes a enseñar los rudimentos del juego a los nietos de algunos de sus compañeros habituales del parque, transmitiendo con paciencia infinita esa sabiduría estratégica que había perfeccionado durante décadas de práctica.

—El ajedrez, como la vida, va de saber cuándo sacrificar algo pequeño para ganar algo grande —le explicaba a un niño de apenas ocho años que lo escuchaba con los ojos muy abiertos—.

Y de saber, también, cuándo pedir ayuda a un amigo cuando la partida se pone fea, que eso, aunque no lo enseñen los libros de ajedrez, es la lección más importante de todas.

*

El pequeño restaurante de Vegueta donde Fernández y Sara Brito se reunían mensualmente para sus almuerzos de amistad profesional, un local familiar regentado por tres generaciones de la misma familia canaria, se había convertido, sin que sus dueños llegaran jamás a saberlo,

en el escenario discreto donde se fraguaban buena parte de las decisiones de colaboración entre ambas unidades policiales durante aquellos meses tan intensos del caso Arcángel.

La dueña del local, una mujer de mediana edad que atendía personalmente casi todas las mesas, había desarrollado con el tiempo un cariño particular por aquellas dos clientas habituales, sin saber exactamente a qué se dedicaban más allá de que ambas parecían cargar, en sus conversaciones susurradas, con responsabilidades que excedían con mucho la charla trivial de sobremesa que caracterizaba al resto de su clientela.

—Siempre les guardo la mesa del rincón, la más discreta —les confesó un día, sirviéndoles el café que cerraba tradicionalmente cada uno de sus almuerzos—.

No sé de qué hablan exactamente, pero se nota que es importante, y en esta casa hemos aprendido, con los años, a respetar el silencio de la gente que de verdad trabaja duro por esta ciudad.

*

Un pequeño taller de joyería casero, con herramientas de forja antiguas y un yunque artesanal de más de setenta años de antigüedad según determinaron los peritos, fue descubierto por los técnicos de la Policía Científica en un rincón apartado del propio trastero de Schamann, oculto tras una estantería que en un primer registro superficial había pasado desapercibida.

El análisis metalúrgico confirmó que aquellas herramientas guardaban un patrón de desgaste compatible con la forja de las cruces patadas encontradas junto a los cuerpos, engrasadas y afiladas con una disciplina casi obsesiva.

Lo que no consiguieron determinar con la misma certeza, para frustración de todo el equipo, fue quién exactamente había sido la última mano en usarlas: las huellas dactilares recuperadas, parciales y superpuestas, resultaron insuficientes para una identificación concluyente.

—Es la herramienta de alguien que planifica cada detalle de su obsesión con la paciencia fría de quien sabe exactamente lo que hace —le dijo Paco a Carmela, sosteniendo la bolsa de pruebas con el yunque artesanal entre las manos—.

El problema, Carmela, es que ese trastero lleva semanas accesible para más gente de la que nos gustaría admitir.

Cualquiera con la llave adecuada pudo entrar y dejar aquí exactamente lo que quería que encontráramos.

—¿Cree que alguien pudo colocar esto para incriminar a Melián, jefe?

—No lo sé todavía, Carmela. Pero llevo demasiados años en este oficio para dar por buena una pista que encaja con tanta perfección, tan oportunamente, justo cuando más la necesitábamos.