Cruces y sombras Capítulo 38
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Capítulo 38

Fernández convocó a todo el equipo a las siete de la mañana, con un mapa de la ciudad extendido sobre la mesa de reuniones y un rotulador rojo marcando cada día que quedaba en el calendario, un gesto que a nadie se le escapaba lo que representaba de verdad.

—Seis días, para quien todavía no haya hecho la cuenta —dijo, sin rodeos, dirigiéndose a los quince agentes reunidos en la sala—.

Seis días para encontrar a un hombre que lleva toda una vida aprendiendo a no dejarse encontrar.

Quiero turnos dobles en el puerto, quiero vigilancia discreta en cada universidad y cada instituto donde haya dado clase alguna vez, y quiero que alguien revise, otra vez, cada cámara de tráfico en un radio de diez kilómetros alrededor del trastero de Schamann.

—¿Y si los seis días no bastan? —preguntó un agente joven, desde el fondo de la sala, con la inocencia de quien todavía no ha aprendido a callarse esa pregunta.

Fernández no respondió enseguida. Miró a Paco, sentado en primera fila con la misma corbata que llevaba puesta desde hacía tres días sin cambiar, y dejó que fuera él quien contestara.

—Si los seis días no bastan, joven, seguimos al día diez, y al once, y a todos los que hagan falta —dijo Paco, levantándose despacio—. La placa me la pueden quitar. Las ganas de encontrar a este hombre, no.

*

Carmela lo alcanzó en el pasillo, nada más terminar la reunión, con una carpeta apretada contra el pecho y esa expresión suya de quien lleva horas sin dormir pero no está dispuesta a admitirlo.

—Seis días, jefe. Y todavía no le he visto flaquear ni una sola vez.

—Por dentro flaqueo cada hora, Carmela. Por fuera no me lo puedo permitir. Tú tampoco deberías.

—Aprendí de quién había que aprender.

Paco le puso una mano en el hombro, un gesto breve pero suficiente, y ambos siguieron caminando hacia la sala de operaciones, donde seis días más de búsqueda los esperaban, uno detrás de otro, sin ninguna garantía de que fueran a bastar.

Dentro, sobre la pizarra blanca que ya empezaba a quedarse pequeña para tantas fotografías, tantas flechas y tantas fechas subrayadas, alguien había añadido esa misma mañana, con una letra que nadie reconoció del todo, un pequeño recordatorio en la esquina inferior derecha: seis días, escrito dos veces, subrayado con fuerza suficiente como para romper el rotulador.

Nadie preguntó quién lo había puesto. Nadie necesitaba preguntarlo.