Cruces y sombras Capítulo 37
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Capítulo 37

El terminal de contenedores del puerto de La Luz, escenario tanto de la agresión sufrida por Paco como del hallazgo de los inmigrantes ocultos en aquel contenedor de la naviera turca, seguía bajo vigilancia reforzada por orden de la Autoridad Portuaria, presionada por la doble controversia generada en apenas semanas de diferencia.

—Nuevas cámaras en la zona de tránsito, inspector —le informó un vigilante de seguridad, acompañándolo entre las filas de contenedores apilados—. Si alguien vuelve a moverse por aquí de noche, esta vez quedará grabado desde tres ángulos distintos.

Paco recorrió el mismo tramo donde lo habían agredido semanas atrás, buscando, sin saber muy bien qué esperaba encontrar, algún detalle que se le hubiera escapado la primera vez.

—¿Ha vuelto alguien a preguntar por los movimientos de aquella noche? —preguntó, deteniéndose junto al contenedor donde todo había empezado a torcerse.

—Nadie, inspector. Aunque hace unos días un hombre estuvo merodeando por esta misma zona, de paisano, preguntando por los turnos de vigilancia de aquella semana concreta. No se identificó como policía, aunque tenía toda la pinta de serlo.

Paco se quedó muy quieto, sintiendo que aquel dato, soltado casi al pasar, pesaba mucho más de lo que el propio vigilante podía sospechar.

—¿Podría describirlo?

—Complexión media, entrado en años, con esa forma de mirar que tienen ustedes los policías cuando llevan mucho tiempo en esto. No dejó nombre.

*

El padre Carlos recibió aquella tarde una llamada inesperada de un antiguo compañero del seminario, hoy bedel del mismo centro donde ambos se habían formado, con una noticia que no quiso confiarle al correo.

—Carlos, hay algo que debes saber. Alguien ha estado preguntando por antiguos alumnos con formación en historia eclesiástica y simbología templaria. Preguntando por ti también, entre otros.

El padre Carlos sintió que se le helaba algo por dentro, aunque procuró que no se le notara en la voz.

—¿Preguntando quién?

—No dieron nombre. Pero me dijeron que era un hombre con acento canario, muy interesado en saber si alguno de nosotros había mantenido correspondencia reciente con un tal Bethencourt.

El padre Carlos anotó aquel dato en un papel que guardó, sin saber todavía muy bien por qué, con el mismo cuidado con el que hubiera guardado una confesión, decidido a llamar a Paco en cuanto encontrara el momento.

*

En la comisaría, aquella misma tarde, Carmela repasaba con Paco el listado completo de personas con acceso autorizado a los expedientes del caso Arcángel, un ejercicio tedioso que ambos habían pospuesto durante semanas por falta de tiempo.

—Aquí hay algo raro, jefe. Verdejo consultó el expediente completo diecisiete veces en los últimos días, la mayoría fuera de su horario y sin ninguna tarea asignada que lo justificara.

Paco se acercó a la pantalla, sintiendo que aquella cifra, fría y burocrática, confirmaba algo que llevaba días sospechando sin atreverse todavía a decirlo en voz alta.

—Diecisiete veces, Carmela. Y cada una de ellas, casualmente, unas horas antes de que Melián o quien sea que estemos persiguiendo pareciera saber exactamente dónde no buscar.

—¿Cree que Verdejo sigue filtrando información, jefe? Pensaba que Asuntos Internos ya lo tenía controlado.

—Controlado no es lo mismo que neutralizado, Carmela. Quiero un informe completo de cada consulta, cruzado con cada movimiento del caso en las horas siguientes. Si hay un patrón, lo vamos a encontrar.