Capítulo 36
Lo que Sara Brito tenía que enseñarle a Paco resultó ser un fragmento de hoja metálica, apenas dos centímetros, hallado bajo el cuerpo de Trinidad Ojeda, con un grabado que no correspondía a la estética templaria del resto del ritual.
—Es flamenco, inspector. Siglo dieciséis, por el estilo del grabado. Y hay algo más: esta misma técnica de orfebrería la hemos visto antes, en una iglesia aislada de la Provenza francesa, en un robo que llevamos meses investigando.
—¿Melián roba también en Francia?
—Melián, que sepamos, nunca ha salido de la isla —intervino Ingrid Asland, tecleando en su ordenador con la velocidad nerviosa de quien ha encontrado por fin un hilo del que tirar
—. Pero el ladrón que sospechamos detrás de esas iglesias francesas sí, y tiene nombre: Eric Van Marteens.
El nombre no le decía nada a Paco, pero el modo en que Sara y Ingrid se miraron le bastó para entender que para ellas sí significaba, y mucho.
—Ladrón de obras de arte holandés. Opera en iglesias aisladas de Italia, Francia y España desde hace años. Llevamos su rastro toda la temporada sin conseguir atraparlo —explicó Sara
—. Si esa hoja salió de un robo suyo, cabe la posibilidad de que Melián y Van Marteens se hayan cruzado en algún mercado negro compartido, o que uno le haya vendido piezas al otro sin saber en qué las iba a usar.
Durante dos semanas, la hipótesis de una conexión directa entre Van Marteens y Melián dominó por completo la investigación, desviando recursos hacia consultas a Interpol, hacia el rastreo de movimientos migratorios del ladrón holandés, hacia una posible coincidencia de fechas entre sus últimos golpes documentados y los asesinatos en la isla.
Todo se desmoronó el día que UHEDO confirmó, con un informe de aduanas irrefutable, que Van Marteens había estado detenido preventivamente en Marsella durante las fechas de los dos últimos crímenes, a miles de kilómetros de Gran Canaria.
—Otra pista muerta —resumió Paco, la voz cargada de un cansancio que ya casi no se molestaba en disimular—. El fragmento llegó hasta Melián por algún intermediario del
mercado negro, no directamente de Van Marteens. Seguimos sin saber quién es ese intermediario.
*
La séptima víctima apareció un martes de madrugada, en el mismo barranco de Guiniguada donde días atrás había aparecido Marta Domínguez, como si Melián, agotadas ya las localizaciones nuevas o simplemente presa de una nostalgia macabra por sus propios inicios, hubiera decidido cerrar el círculo donde lo había empezado a abrir.
Adela Rijo, veintisiete años, estudiante de doctorado en Historia del Arte, dirigida precisamente por el propio departamento donde Melián y Bethencourt habían compartido tribunal años atrás. La medalla, esta vez, no dejaba lugar a dudas: Barachiel.
—Siete —dijo Carmela, en voz muy baja, de pie junto al cuerpo, como si pronunciarlo más alto pudiera de algún modo hacerlo todavía más real de lo que ya era—. Si sigue el rito ortodoxo completo, jefe, solo le quedaría uno.
—Jeremiel. El arcángel tangencial. El que ya usó una vez, en Soledad, antes incluso de completar el resto —respondió Paco, la mirada perdida en el fondo del barranco, calculando, con un vértigo que ya no era capaz de disimular del todo, cuánto tiempo les quedaba antes de que aquel hombre decidiera que su obra, por fin, estaba completa.
Fernández, informada por teléfono desde su despacho, guardó un silencio que decía más que cualquier bronca que pudiera haberle echado.
—Betancor va a exigir resultados esta misma semana, Paco. Siete muertas y seguimos sin él.
—Dile a Betancor que venga él a decírmelo a la cara, si tiene el valor.
Y dile también que si de verdad quiere resultados, dedique a Lasanta la mitad del tiempo que dedica a presionarme a mí.
Cada vez estoy más convencido de que ese hombre sabe más de lo que ha contado nunca sobre cómo se financia todo esto.