Cruces y sombras Capítulo 32
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Capítulo 32

La relación entre Paco y Rachael Lombard, que había comenzado con recelo mutuo en la puerta de la comisaría, había ido evolucionando hacia algo parecido a una tregua incómoda, sostenida sobre un intercambio que ninguno de los dos reconocía del todo en voz alta: ella le daba tiempo antes de publicar, él le daba, a cambio, algo más que nadie más en la comisaría estaba dispuesto a ofrecerle.

—Tres días, Rachael. Le pido tres días más antes de que esto salga en portada —dijo Paco, encontrándola en la misma esquina de siempre, cerca del aparcamiento de la comisaría, donde solían cruzarse las palabras que ninguno de los dos quería que constaran en ningún informe oficial.

—Llevo semana y media dándole días, inspector. Mi director empieza a preguntarse si me ha comprado usted con algo más que buenas palabras.

—Lo que le estoy pidiendo es que no le regale a Melián la certeza de que seguimos sin nada sólido. Si publica ahora que la sexta víctima tenía relación con el Museo Canario, cualquier otro nombre en esa lista de restauradores se convierte en la séptima antes de que podamos avisarles.

Rachael se quedó un momento en silencio, sopesando aquel argumento con la misma frialdad profesional que la había convertido en una de las periodistas más temidas, y más respetadas, de la isla.

—Tres días, Figueroa. Ni uno más. Y a cambio quiero ser la primera en saberlo cuando por fin tengan un nombre de verdad, no otro sospechoso que se les escapa entre los dedos.

—Trato hecho.

*

El pequeño gánigo con restos de ocre rojo encontrado entre las piezas del trastero de Melián, una de las primeras que Ingrid Asland había identificado como procedente del Museo Canario, resultó tener una historia que la propia institución desconocía por completo: se trataba de una pieza excavada originalmente en los años cincuenta durante unas obras de ampliación urbanística en el barrio de Tafira, catalogada entonces con un rigor mínimo y prácticamente olvidada en los fondos de reserva durante más de sesenta años.

—Aquí hay algo más, inspector —dijo Ingrid, señalando una anotación manuscrita en el reverso de una de las fichas de catalogación que Melián había falsificado—. Una fecha. Y unas iniciales que no corresponden a ningún restaurador con acceso legal a esta pieza.

—¿De quién son esas iniciales, Ingrid?

—Todavía no lo sé con certeza. Pero coinciden, letra por letra, con las que aparecen también en el margen de otra ficha, de otra pieza distinta, que Trinidad Ojeda restauró hace cuatro años.

Si estoy en lo cierto, inspector, hay una tercera persona que ha estado moviendo piezas entre Melián y sus víctimas sin que nadie, hasta ahora, hubiera reparado en ella.

Paco sintió que aquella pregunta, formulada casi al margen de la investigación principal, empezaba a pesar mucho más de lo que Ingrid podía sospechar.

—Consígame el nombre completo de quien gestionaba esas fichas, Ingrid. Cuanto antes.

*

Doña Pilar, la anciana del estanco de Molino de Viento cuyo testimonio sobre el hombre de gafas finas había resultado decisivo semanas atrás, recibió la visita de Paco una tarde, con una fotografía nueva que quería que ella misma confirmara.

—¿Es este el mismo hombre que vio aquella noche, doña Pilar? Tómese su tiempo.

Ella se puso las gafas, estudió la fotografía con el mismo cuidado meticuloso que había demostrado la primera vez, y finalmente negó con la cabeza.

—No, inspector. Este no es. El que yo vi tenía la nariz distinta, más afilada. Y no llevaba gafas tan finas como estas. Lo siento, sé que esperaba otra respuesta.

—No se disculpe, doña Pilar. Que no sea él también es información, y de la buena. Me ahorra seguir por un camino equivocado.

Paco salió del estanco con una vía descartada y, sin embargo, con la sensación extraña de que aquella negativa, lejos de ser un contratiempo, acababa de estrechar el cerco alrededor de alguien mucho más cercano de lo que había querido creer hasta entonces.