Capítulo 31
El hombre llevaba tres días llamando a la comisaría, insistiendo en hablar personalmente con el inspector Figueroa, hasta que un agente de guardia, harto de sus llamadas, decidió por fin tomarle nota en serio.
Se llamaba Casimiro Bautista, cuarenta y ocho años, ingresado voluntariamente en la unidad de salud mental del hospital desde hacía siete, con antecedentes de delirios religiosos bien documentados en su historial.
—Dice que es él, jefe. Que él es el asesino de las medallas —le explicó Carmela, con el informe clínico abierto sobre la mesa—. Conoce detalles que no ha publicado la prensa: el número exacto de arcángeles, el material de las cruces, hasta el nombre de la calle donde apareció Rebeca Tejada.
—¿Cómo puede saber eso alguien ingresado desde antes del primer asesinato?
—Ese es el problema, jefe. Que no puede. Y aun así lo sabe.
En la sala de visitas del hospital, con las paredes pintadas de un verde institucional que a Paco siempre le había parecido diseñado expresamente para deprimir a cualquiera, Casimiro Bautista esperaba sentado, las manos entrelazadas sobre el regazo, con una calma que a Paco le recordó, incomodándolo, la misma serenidad que había visto en Bethencourt antes de que se le desmoronara del todo la máscara.
—Sabía que vendría, inspector. Los arcángeles me lo susurraron anoche.
—¿Y le susurraron también cómo salió usted de este hospital para matar a cinco mujeres sin que ninguna cámara ni ningún enfermero lo echara en falta ni una sola noche?
Casimiro parpadeó, la seguridad resquebrajándose apenas, un gesto que ya empezaba a resultarle demasiado familiar a Paco en aquel caso: la certeza impostada de alguien que necesita, más que nada en el mundo, ser el centro de una historia que de otro modo no le pertenece.
—Yo no salgo. Yo actúo a través de otros. Soy el que susurra el ritual, no el que sostiene el cuchillo.
—Entonces no es usted el asesino, Casimiro. Es solo un hombre enfermo que ha leído demasiada prensa y necesita creer que su vida importa algo más de lo que le importa a este hospital.
El psiquiatra responsable, que asistía a la entrevista desde una silla apartada, confirmó después a Paco lo que ya sospechaba: Casimiro llevaba semanas obsesionado con los recortes de prensa sobre el caso Arcángel, pegados con celo en la pared de su habitación, y había memorizado cada detalle publicado con la misma minuciosidad enferma con la que otros pacientes memorizaban salmos enteros.
*
—Falsa confesión número tres desde que empezó todo esto —dijo Fernández, tachándolo de una lista que ya empezaba a resultarle más larga que la de sospechosos reales—. Cada vez que sale algo en portada, tenemos otro que quiere ponerle cara a su propia miseria.
—Y cada vez que lo descartamos, perdemos dos o tres días que no teníamos —respondió Paco, frotándose los ojos, el cansancio acumulado de aquellas semanas empezándole a pasar factura de un modo que ya no podía seguir ignorando—.
Es lo que Melián necesita, Inés. Ruido. Cuanto más tiempo perdamos con impostores, más tiempo tiene él para elegir a la sexta.
La sexta llegó once días después, en el barrio de Vegueta, a apenas trescientos metros de donde había aparecido la primera víctima del caso presente.
Trinidad Ojeda, cuarenta y un años, restauradora de arte que trabajaba de forma esporádica para el propio Museo Canario.
La medalla, esta vez, correspondía a Selafiel.
—Restauradora de arte —repitió Paco, mirándolo todo desde la distancia con una fatiga que ya no tenía nada que ver con el sueño perdido—. Otra vez el patrimonio, Carmela. Este hombre no puede evitar cazar donde también roba.
—Sara Brito quiere hablar contigo en cuanto termines aquí. Dice que han identificado algo en el altar que no encaja con nada de lo anterior.