Capítulo 30
El barrio de Molino de Viento, todavía sacudido por el escándalo reciente de la detención de Bethencourt y por la operación policial que había empezado a desmantelar la red de prostitución que Charlie Maka gestionaba en la zona, vivía días extraños, suspendido entre la curiosidad morbosa de los vecinos y el miedo silencioso de quienes sabían, mejor que nadie, que el peligro real seguía sin nombre y sin rostro.
Ingrid Asland, avanzando poco a poco en su rastreo genealógico, se presentó una tarde en el santuario de las medianías con una carpeta que llevaba días preparando sin saber todavía si le sería útil.
Paco tomó la fotografía entre las manos, sintiendo que aquel hilo, tan tenue durante semanas, empezaba por fin a tensarse de un modo que ya no admitía casualidad.
—¿Sabemos quién restauró esa pieza originalmente?
—Todavía no, inspector. El museo está revisando sus archivos. Pero si Melián tuvo acceso directo a esa talla, alguien más tuvo que trabajar con él en algún momento, y ese alguien podría ser la próxima persona a la que debamos proteger, no solo interrogar.
Carmela, que escuchaba apoyada en el marco de la puerta, no pudo evitar expresar en voz alta la pregunta que empezaba a rondarle a todo el equipo desde hacía días.
—¿Y si esta vez sí es él, jefe? ¿Y si todo lo demás, lo de Bethencourt, la cueva, fue solo una casualidad que nos hizo perder semanas enteras?
Paco no respondió enseguida, la vista todavía fija en la fotografía de la talla, calculando cuántas otras piezas, cuántos otros nombres, seguían todavía ocultos en aquel museo sin que nadie hubiera sabido, hasta ahora, dónde buscarlos.
—No lo sé, Carmela. Pero cada vez tengo menos ganas de seguir creyendo en las casualidades.
*
Aquella misma tarde, en la sede de UHEDO, Sara Brito recibió una llamada que no esperaba: el director del Museo Canario, visiblemente nervioso, pedía hablar con urgencia sobre un asunto que, según sus propias palabras, "no podía esperar ni un día más".
—Hemos encontrado un hueco en el inventario de piezas cedidas en préstamo temporal, doctora Brito. Y me temo que no es la única.
Sara colgó el teléfono con la certeza, cada vez más firme, de que aquel hombre, allá donde estuviera escondido, seguía moviendo piezas de un tablero mucho más amplio de lo que ninguno de ellos había llegado todavía a calibrar del todo, y con la inquietud, todavía sin nombre, de que aquel museo guardaba más de una restauradora cuyo nombre convenía averiguar antes de que fuera demasiado tarde.