Capítulo 29
Ingrid le preguntó a Thais, durante un descanso breve en el taller de restauración, cómo había terminado trabajando en el club Eros, más por curiosidad genuina que por necesidad de la investigación.
—Traducía literatura alemana contemporánea para varias editoriales peninsulares. Iba bien, hasta que la Inteligencia Artificial se comió el ochenta por ciento de mi cartera de clientes en apenas dieciocho meses.
—¿Así, de golpe?
—Editoriales que antes me encargaban dos o tres novelas al año recortaron a la mitad.
Con los ahorros menguando, acepté la oferta de un antiguo compañero de universidad reconvertido en gerente de locales nocturnos.
Nunca imaginé que terminaría siendo, en cierto modo, el camino que me trajo hasta aquí.
Ingrid le apretó el brazo, con la complicidad de quien ha aprendido a valorar, en apenas unos días de trabajo compartido, el don poco común de Thais para leer entre líneas documentos que a cualquier otro se le resistirían.
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Matías, que seguía saliendo cada mañana con su barca pese al caso, insistió en llevarle a Paco pescado fresco directamente a comisaría, alegando que un hombre que no comía bien no podía pensar con la claridad que aquellos días exigían.
—¿Sabes qué es lo mejor de todo esto, Paco, incluso en medio del caos? —le dijo, dejándole la bolsa sobre la mesa—. Que sigues teniendo gente que te trae pescado sin que se lo pidas.
—No sé si es lo mejor, viejo pirata, pero desde luego ayuda a aguantar el día.
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El Casino de La Laguna, mencionado de pasada en algunos de los primeros interrogatorios del caso como uno de los locales que Manuel Lasanta frecuentaba antes de su caída en desgracia, se convirtió esa misma semana en el escenario de un encuentro que Rachael
Lombard no había buscado deliberadamente: investigando un reportaje complementario sobre las conexiones sociales de Lasanta, se topó allí con Andrea, una antigua conocida del político que trabajaba en el local como relaciones públicas.
—Manuel siempre fue así, desde que lo conocí —le confesó Andrea a Rachael—.
Encantador en público, calculador en privado.
—¿Y nunca dijo nada nadie?
—Nunca me sorprendió que terminara así. Lo que sí me sorprendió fue que tardara tanto en pasarle factura. Algunos hombres, en esta ciudad, parecen tener licencia ilimitada para salirse siempre con la suya, hasta que un día, sin previo aviso, deja de ser así.
Rachael anotó cada palabra, consciente de que aquella declaración, sumada a lo que ya tenía sobre Verdejo y las sociedades instrumentales, empezaba a dibujar un mapa de corrupción mucho más amplio de lo que nadie, ni siquiera ella, había sospechado al principio.