Cruces y sombras Capítulo 28
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Capítulo 28

—Otra noche sin dormir, jefe, pero esta vez con algo que enseñarle —le contó Carmela a Paco por teléfono, con una satisfacción que no intentaba disimular—. Un testigo de Vegueta que por fin se ha decidido a hablar sobre la noche de Soledad.

—Sabía que algo bueno saldría de tanto insistir, Carmela. Nunca lo dudé —respondió Paco, genuinamente orgulloso.

—¿Cuántos días le quedan ya, jefe?

—Los que queden, Carmela. No pienso en eso hasta que esté delante de mí el último.

*

Paco se quedó un momento a solas con Carmela en el pasillo de la comisaría esa misma noche, un instante breve que ninguno de los dos volvería a mencionar después, pero que ambos recordarían como uno de los más significativos de toda su relación profesional.

—Pase lo que pase estos días, Carmela, quiero que sepas que has sido la mejor compañera que he tenido en cuarenta años de carrera —le dijo, con una solemnidad poco habitual en él, mirándola directamente a los ojos—.

No lo digo para asustarte. Lo digo porque quiero que lo sepas, y porque llevo días queriendo decírtelo sin encontrar el momento adecuado.

Carmela, sorprendida por la vulnerabilidad repentina de un hombre que rara vez se permitía ese tipo de confesiones, sintió que se le formaba un nudo en la garganta que le costó deshacer antes de poder responder.

—No va a hacer falta despedirse de nada, jefe. Y aunque llegue el último día sin haberlo atrapado, usted ya me ha enseñado más en estas semanas de lo que hubiera aprendido en años sin usted. Eso ya no me lo puede quitar nadie.

Se abrazaron, un gesto poco habitual entre ambos, breve pero sincero, antes de que cada uno volviera a sus respectivas tareas, cargando con aquella conversación como un pequeño talismán silencioso durante las horas de tensión que todavía les esperaban.

El equipo de la Policía Científica que procesó la escena del crimen en Guayadeque tras la detención frustrada de Bethencourt trabajó durante casi tres días completos catalogando cada objeto encontrado en la cueva, desde las piedras volcánicas del altar hasta los fragmentos de cerámica dispersos durante el forcejeo final, en un proceso meticuloso que resultaría decisivo para sostener la acusación contra Bethencourt.

Entre los hallazgos más significativos, además del propio manifiesto que Thais había ayudado a traducir, apareció un pequeño cuaderno personal, distinto de los cuadernos de campo académicos encontrados posteriormente en su despacho, donde Melián había registrado, con una caligrafía cada vez más errática a medida que avanzaban las páginas, sus reflexiones más íntimas sobre cada uno de los crímenes cometidos, una suerte de diario de guerra personal que los peritos forenses en psiquiatría estudiarían extensamente durante la instrucción del caso para determinar el grado de conciencia y premeditación con que había actuado.

Buena parte de esas páginas, según Ingrid pudo reconstruir días después con ayuda de un historiador especializado en órdenes religiosas, desarrollaban una segunda mitad de la teoría que Thais ya había avanzado por teléfono aquella noche en Guayadeque: que los descendientes templarios asentados en la isla, privados de su antigua estructura tras siglos de silencio, habrían encontrado en la llegada de los jesuitas, ya en el siglo dieciséis, un molde nuevo donde verter la misma vocación de disciplina y secreto que la Orden original había perdido para siempre en la hoguera de Jacques de Molay.

Ninguna de las dos cosas, la fuga templaria ni el injerto jesuita posterior, contaba con el más mínimo respaldo documental serio, según coincidieron todos los historiadores consultados durante la instrucción, pero la coherencia interna con la que Melián había hilado ambas fantasías, citando crónicas reales junto a citas inventadas con una naturalidad perturbadora, explicaba, mejor que cualquier informe psiquiátrico, hasta qué punto aquel hombre había llegado a habitar por completo la historia que se había construido para sí mismo.

La última entrada del cuaderno, fechada apenas unos días atrás, resultaba especialmente inquietante: unas pocas líneas donde Melián, con una lucidez que contradecía cualquier idea de locura pura, expresaba su temor a ser descubierto antes de completar su obra, una preocupación que a Paco le confirmó, mejor que cualquier informe pericial, que se enfrentaban a un hombre plenamente consciente de la ilicitud de sus actos, no a un iluminado incapaz de distinguir el bien del mal.