Cruces y sombras Capítulo 27
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Capítulo 27

Día siete. Padre Carlos se presentó sin avisar en comisaría, algo tan impropio de él que el propio agente de recepción dudó un instante antes de dejarlo pasar, con un libro antiguo de tapas gastadas apretado contra el pecho.

—Paco, creo que he encontrado algo. Puede que no sea nada, pero llevo desde anoche sin poder quitármelo de la cabeza.

Era un registro parroquial de San Telmo de mediados del siglo pasado, prestado por un archivo diocesano al que Carlos tenía acceso por su condición de párroco, con anotaciones manuscritas sobre familias que habían financiado, generación tras generación, la restauración de pequeñas ermitas por toda la isla.

—Aquí, mira —dijo, señalando una entrada subrayada con lápiz—.

Una donación anónima para la Ermita del Espíritu Santo, hecha a través de un abogado, sin nombre explícito del donante.

Y otra, idéntica en la forma, para la capilla de Arbejales en Teror, apenas dos años después.

Mismo abogado, mismo tipo de letra en la firma del recibo.

Paco estudió el documento con atención, sintiendo esa misma corazonada que llevaba días sin abandonarlo del todo.

—¿Puedes conseguirme el nombre de ese abogado?

—Ya lo he intentado, Paco. El despacho cerró hace treinta años, y los archivos que quedan están repartidos entre tres notarías distintas. Podría llevarnos más tiempo del que a ti te queda.

*

Ingrid Asland, avisada por teléfono, se presentó en comisaría antes de que Paco terminara de leer el registro completo, con esa energía particular que solo un rastro documental genuino conseguía despertarle.

—Déjenmelo a mí. UHEDO tiene acceso directo a los archivos notariales digitalizados de toda la provincia. Si ese abogado existió de verdad, y firmó esos dos recibos, encontraré su nombre antes de que anochezca.

—Día siete, Ingrid. Cada hora cuenta.

—Lo sé, inspector. Por eso mismo no pienso perder ni un minuto más hablando de ello en lugar de buscarlo.

Salió de comisaría casi corriendo, y Paco se quedó un momento a solas con Padre Carlos, ambos mirando el registro parroquial abierto sobre la mesa, dos ermitas separadas por años y kilómetros, unidas por la misma mano anónima que, quizá, llevaba décadas dejando pistas sin que nadie hubiera sabido leerlas hasta entonces.

—Si esto lleva a algún sitio, Carlos, te debo mucho más que una partida de domó.

—Si esto lleva a algún sitio, Paco, con salvar una vida más ya estaremos en paz los dos.

Se dieron la mano, un gesto formal entre dos amigos que rara vez necesitaban formalidades, y Paco se quedó a solas en la sala, con el registro parroquial todavía abierto sobre la mesa y la sensación, cada vez más firme, de que las respuestas de aquel caso llevaban mucho más tiempo del que nadie imaginaba escondidas a plena vista, esperando simplemente a que alguien se tomara la molestia de mirar dos veces.