Capítulo 26
Día ocho. Elena insistió en acompañar a Paco esa tarde a la comisaría, cansada de esperar noticias sentada en el porche, y Fernández, para sorpresa de todos, no puso ninguna objeción a que se quedara en la sala de reuniones mientras el equipo repasaba, por enésima vez, el mapa de locales nocturnos que Carmela había ido marcando durante la semana.
—Ocho días, y todavía no consigo acostumbrarme a verte así, Paco —le dijo Elena, en voz baja, mientras él estudiaba el mapa con los ojos enrojecidos por la falta de sueño.
—¿Así cómo?
—Con esa mezcla de miedo y determinación que no te había visto desde que te conozco. Siempre pensé que la placa te daba esa fuerza. Ahora veo que la fuerza era tuya desde el principio, y la placa solo le daba un lugar donde ponerla.
Paco no respondió enseguida, demasiado concentrado en un detalle del mapa que acababa de llamarle la atención: tres de los locales marcados por Carmela formaban, casi sin que nadie lo hubiera notado hasta entonces, un triángulo casi perfecto alrededor de la Ermita del Espíritu Santo.
—Carmela, ven a ver esto.
*
Carmela se inclinó sobre el mapa, siguiendo con el dedo la línea imaginaria que Paco acababa de trazar entre los tres puntos marcados.
—No había caído en esto, jefe. Los tres a menos de trescientos metros de la ermita.
—Y la ermita, a su vez, a menos de doscientos metros de donde apareció Soledad. Este hombre no elige al azar, Carmela. Elige dentro de un radio que conoce de memoria, como quien vuelve siempre al mismo barrio de la infancia sin poder evitarlo.
—¿Cree que vivió aquí de pequeño?
—Creo que algo, en este barrio concreto, significa para él mucho más de lo que hemos sabido ver hasta ahora. Ocho días, Carmela, y puede que la respuesta llevara todo este tiempo dibujada literalmente sobre nuestro propio mapa.
Fernández, que había escuchado el intercambio desde la puerta, ordenó refuerzo inmediato de vigilancia discreta en los tres locales y en la propia ermita, consciente de que aquel pequeño hallazgo, por incierto que aún pareciera, era lo más prometedor que habían tenido en varios días.
Elena, observando desde la puerta cómo Paco recuperaba, aunque solo fuera por un instante, algo parecido al brillo que ella tanto había echado de menos durante aquella semana, sintió que quizá los ocho días que quedaban no fueran, después de todo, un plazo completamente imposible.
Carmela pasó el resto de la tarde coordinando los turnos de vigilancia con Fernández, mientras Paco se quedó a solas frente al mapa, trazando una y otra vez el mismo triángulo imaginario alrededor de la ermita, como si repetir el gesto pudiera, por pura insistencia, revelarle algo más de lo que ya había visto a la primera.
Elena, sentada un poco más allá, lo observaba en silencio, aprendiendo a reconocer en aquella concentración absoluta la misma versión de Paco que llevaba cuarenta años enamorándola sin que ella se lo hubiera confesado del todo hasta hacía bien poco.