Capítulo 25
Thais empezó a notarlo en su tercera semana en UHEDO: la diferencia entre traducir por necesidad y traducir por vocación era, sencillamente, la diferencia entre sobrevivir y sentirse viva.
Ingrid Asland le había asignado un pequeño escritorio junto al suyo, rodeado de fichas y catálogos, y las dos mujeres, tan distintas en apariencia, habían descubierto con sorpresa cuánto tenían en común bajo esa fachada.
—¿Echas de menos el Eros? —le preguntó Ingrid una tarde, sin levantar la vista de un fragmento de cerámica que llevaba horas fotografiando desde todos los ángulos posibles.
—Echo de menos el dinero fácil de las propinas, si te soy sincera. Lo demás, no. Aquí al menos nadie me pregunta cosas raras sobre latín y linajes solo para poder mirarme el escote mientras finge interés intelectual.
Ambas rieron, aunque la broma escondía, bajo la superficie, una herida que Thais todavía no había terminado de procesar del todo: la certeza de haber sido, durante meses, observada, estudiada y finalmente descartada por un hombre capaz de matar a otras cinco mujeres sin que ella lo notara nunca.
—A veces pienso que debería estar muerta, Ingrid. Que solo me salvé por alguna razón que ni siquiera él mismo terminó de entender.
—O quizás te salvaste porque nunca dejaste de ser exactamente quién eres, y eso, aunque él no lo llamara así, es lo más parecido a un acto de resistencia que existe.
*
Sara Brito, que había seguido de cerca la incorporación de Thais al equipo, le propuso días después una tarea concreta: traducir un lote de correspondencia incautada en el trastero de Schamann, cartas antiguas que Melián había comprado a lo largo de los años a distintos anticuarios de dudosa procedencia, convencido de que en ellas se escondían pruebas de su supuesto linaje templario.
Thais trabajó durante días en aquellas cartas, casi todas del siglo dieciocho, la mayoría correspondencia comercial sin ningún valor genéalogico real, hasta que encontró, en el revers de una de ellas, una anotación manuscrita mucho más reciente, con la misma letra apretada y nerviosa que ya había aprendido a reconocer del propio manifiesto.
—Sara, tienes que ver esto —llamó, con la voz alterada por el hallazgo—. Es una dirección.
Y una fecha, de hace apenas cuatro meses.
La dirección resultó corresponder a un apartado de correos en Telde, ya cancelado, que Melián había utilizado brevemente antes de idear el sistema de sociedades instrumentales que después lo conectaría, sin que nadie lo supiera todavía, con el entramado de Lasanta.
No condujo a una detención inmediata, pero sí a una pieza más del mosaico que, paso a paso, sin que ninguno de los implicados fuera consciente de la magnitud completa de lo que estaban construyendo entre todos, terminaría cerrando el cerco sobre él.
—Cada carta cuenta una historia que su dueño original nunca pretendió contar —le dijo Sara, con genuina admiración, mientras archivaba el hallazgo—. Eres mejor en esto de lo que tú misma imaginas, Thais.
—Llevo dos años sirviendo copas a hombres que jamás imaginaron que yo entendía cada palabra que decían. Supongo que se me da bien escuchar lo que la gente cree que nadie más puede entender.