Capítulo 24
Los días transcurrían en la finca de las medianías con una lentitud que Paco, para su sorpresa, encontró reconfortante en lugar de angustiosa, incluso en mitad de la peor tensión del caso.
Las mañanas empezaban temprano, no por obligación sino por costumbre imposible de desprogramar tras cuatro décadas de horarios irregulares, con un café en el porche mientras Frankie exploraba cada rincón del jardín todavía en obras, antes de que el teléfono, tarde o temprano, volviera a sonar con alguna novedad del caso.
Elena, que había reducido su jornada en la consulta odontológica a tres días semanales para poder acompañarlo mejor durante aquellas semanas tan duras, se instalaba en la casa cada vez con más frecuencia, y poco a poco, sin necesidad de grandes decisiones formales que ninguno de los dos hubiera sabido verbalizar del todo, aquella cercanía fue consolidándose de manera natural, casi imperceptible.
—¿Sabes qué es lo más raro de todo esto?
—le dijo ella una tarde, mientras ambos plantaban los primeros árboles frutales en el terreno que rodeaba la casa—.
Que llevo diez años pidiéndote que estuvieras más presente, y ahora que casi lo estás, sigues teniendo la cabeza puesta en otro sitio la mitad del tiempo.
—Dame unas semanas más, Elena. En cuanto cierre esto, te prometo que aprenderé a estar aquí de verdad, sin un caso urgente esperándome —respondió Paco, con esa sinceridad que la proximidad del final del caso le había permitido finalmente cultivar sin las corazas habituales de su antiguo oficio.
*
La llamada llegó a las tres de la madrugada, y esta vez no fue a Paco. Fue Anke Müller quien descolgó, todavía medio dormida, la voz de un compañero del turno de noche cortándole el sueño de golpe.
—Anke, alguien ha forzado la puerta trasera del almacén de pruebas. La alarma saltó hace ocho minutos.
Llegó en menos de quince, con Kaiser tirando de la correa antes incluso de que ella abriera del todo la puerta del coche.
El almacén, un edificio discreto cerca del puerto donde UHEDO guardaba las piezas todavía pendientes de catalogación definitiva, tenía la cerradura reventada y una de las estanterías volcada.
—Falta algo —dijo Sara, llegando pocos minutos después, recorriendo con la linterna cada estante—. La piedra fenicia no está. Y tampoco la carpeta con la documentación de Melián.
—Kaiser ha marcado un rastro hasta el muelle norte —informó Anke, siguiendo al perro que tiraba con fuerza hacia la salida—. Sea quien sea, salió por aquí hace menos de veinte minutos.
Sara llamó a Paco esa misma madrugada, aunque sabía que lo estaba sacando de la cama por segunda vez en pocas semanas.
—Se han llevado la piedra, Paco. Y los documentos que la relacionaban con Morales.
Al otro lado de la línea, un silencio breve, y luego la voz de Paco, ya completamente despierto, con ese filo que Sara recordaba de los peores días del caso Arcángel.
—Entonces ya sabemos que tenemos razón. Nadie roba pruebas de algo que no le compromete. Aunque ahora mismo, Sara, no puedo dedicarle a esto más que un par de llamadas. Bethencourt sigue libre y cada hora que le resto a ese caso me pesa como una losa.
—Lo sé, Paco. No te pido que vengas. Solo necesitaba que alguien más supiera lo grave que es esto.
*
Ingrid, coordinando el seguimiento del robo entre gestiones del caso principal, les puso al día un par de días después sobre lo que habían conseguido reconstruir: Morales había cerrado la tienda de Malasaña sin previo aviso, cancelando incluso una subasta programada para esa misma semana, un movimiento que solo tenía sentido si alguien lo había avisado de que la Policía se acercaba.
—¿Alguien de dentro? —preguntó Sara, con la misma desconfianza forjada en años de trabajar rodeada de piezas que despertaban demasiada codicia ajena.
—No lo sabemos todavía —admitió Ingrid—. Pero si es así, no sería la primera vez que a esta unidad le sale una fuga por donde menos lo espera.
Encontraron a Morales no en la tienda cerrada de Malasaña, sino en un guardamuebles de la periferia madrileña, alertados por un chivatazo que Rachael Lombard, desde Canarias, había conseguido sonsacarle a un antiguo empleado despechado del anticuario.
—Está cargando una furgoneta ahora mismo —les avisó Rachael por teléfono, la voz apresurada—. Mi contacto dice que se marcha esta misma noche hacia Portugal.
Sara y dos agentes de la Policía Nacional llegaron justo cuando Morales cerraba las puertas traseras de una furgoneta blanca sin distintivos. Al ver el coche frenar en seco, dejó caer la última caja que llevaba en los brazos.
—Esto es un malentendido —empezó a decir, levantando las manos con una sonrisa que no llegaba a los ojos—. Yo solo hago mudanzas de mercancía legal.
—Entonces no le importará que echemos un vistazo dentro —dijo Sara, mostrando la orden judicial que había conseguido apenas dos horas antes.
Dentro de la furgoneta, entre mantas y cajas de embalaje, encontraron no solo la piedra fenicia y la carpeta robada, sino una veintena de piezas más, catalogadas con el mismo sistema de códigos sin registro oficial que Ingrid ya conocía de memoria del trastero de Melián.
—Parece que su cliente de Canarias no fue el único con mal gusto para las amistades, señor Morales —comentó Ingrid, examinando una talla que llevaba años en la lista de piezas desaparecidas del norte de África.
*
—¿Sabes qué es lo más extraño de todo esto?
—le comentó Sara a Paco por teléfono, informándolo del desenlace desde el propio juzgado madrileño—.
Que tu caso empezó con un asesino obsesionado con un pasado imaginario, templarios que nunca pisaron esta isla.
Y el mío termina con una red de tráfico bien real, moviendo patrimonio auténtico de todo el Mediterráneo.
Dos mentiras y una verdad, mezcladas hasta que ya no se sabe bien dónde empieza una y termina la otra.
—Bienvenida al oficio de verdad, Sara. El mío también fue así siempre. Aquí la mentira y la verdad casi siempre viajan juntas, en la misma caja.
Con Morales ya en prisión preventiva y la red de intermediarios en proceso de desmantelamiento en otros dos países, Ingrid quedó encargada de seguir tirando de aquel hilo en paralelo, sin que nadie le pidiera todavía adelantar mucho más, conscientes todos de que el caso Arcángel seguía reclamando, con toda razón, el grueso de la atención de la isla entera.
—¿Hasta dónde crees que llega esto, Brito? —preguntó Paco, la última vez que se pasó por la oficina de UHEDO antes de volcarse por completo, otra vez, en la búsqueda del verdadero responsable de las siete muertes.
—No lo sabemos todavía del todo. Pero le prometo una cosa: si alguna vez necesitamos otra vez su lupa, sabrá de nosotros.