Cruces y sombras Capítulo 20
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Capítulo 20

Día diez. Paco lo escribió él mismo en la esquina superior de su libreta, un hábito nuevo que había empezado casi sin darse cuenta, como si poner número al día le ayudara a mantener a raya la sensación de estar corriendo en círculos.

La reunión de esa mañana reunía, por primera vez en el mismo despacho, a Carmela, Sara Brito, Ingrid Asland y la inspectora Milagros Peña de Asuntos Internos, cuatro investigaciones distintas convergiendo, sin que nadie lo hubiera planeado así, sobre el mismo nombre.

—Cinco días más, según mis cálculos, antes de que Verdejo se venga abajo del todo — expuso Peña, señalando su propio informe—. Está asustado. Sabe que lo tenemos, y los hombres asustados hablan, tarde o temprano.

—No tengo cinco días de margen, inspectora. Tengo diez, y de esos, cinco ya se han ido.

—Lo sé, Figueroa. Por eso mismo he adelantado la presión. Verdejo tiene una nueva citación para pasado mañana, no para la semana que viene.

Sara Brito, que había escuchado el intercambio en silencio, intervino con la calma que la caracterizaba incluso en los momentos de mayor tensión compartida.

—Ingrid sigue el rastro del dinero por su lado, Verdejo puede tirar del hilo desde el suyo. Si conseguimos que ambas vías converjan antes del día catorce, todavía tenemos margen real, Paco.

—El día catorce es tarde, Sara. El día catorce yo ya no llevo placa.

—Placa o no, seguirás siendo el hombre que más sabe de este caso en toda la isla. Eso no lo derogan ni Betancor ni ningún papel de jubilación.

*

Carmela lo acompañó hasta el coche, ya terminada la reunión, con esa costumbre suya de decir lo importante justo en los últimos segundos, cuando ya casi no quedaba tiempo para responder con calma.

—Día diez, jefe. Ya hemos pasado más de la mitad.

—Más de la mitad del tiempo, Carmela. No de la investigación. Eso todavía está por verse.

—Con usted, nunca sería tan pesimista.

—No es pesimismo. Es la primera vez en cuarenta años que el reloj corre más rápido que yo, y todavía estoy aprendiendo a correr a su ritmo.

Carmela se quedó mirándolo alejarse hacia el coche, con esa mezcla de admiración y preocupación que llevaba días sin saber cómo nombrar del todo, consciente de que ni ella ni nadie en aquella comisaría podría haberle pedido a Paco que corriera más despacio, aunque el propio cuerpo, tarde o temprano, terminara pasándole factura por el ritmo que se había impuesto.