Cruces y sombras Capítulo 19
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Capítulo 19

El aviso llegó tres días después de Guayadeque, cuando la ciudad empezaba de verdad a olvidar y Paco, en su porche de las medianías, llevaba ya un par de días sin recibir una sola llamada de comisaría.

Fue Carmela quien condujo hasta allí en persona, sin avisar, con la cara descompuesta de quien ha visto algo que preferiría no haber visto.

—Yolanda Castro. Veintitrés años. Camarera del Rincón de Yeray, un local a cuatro calles del Eros —dijo, sin sentarse siquiera, de pie en medio del porche con las fotografías todavía en la mano—. Misma cruz, misma medalla. Esta vez, Uriel.

Paco cerró despacio el portátil donde llevaba media hora sin escribir una sola línea, y sintió que algo, muy en el fondo, se rompía de nuevo con un chasquido que ya creía superado.

—Dime que Melián no ha vuelto a acercarse al Eros.

—No hace falta que se acerque, jefe. Con que sepa que Thais trabaja ahora en UHEDO y que el Eros sigue vigilado, le basta con moverse cuatro calles más allá.

Sigue el mismo patrón: locales de copas, chicas jóvenes, conversaciones sobre latín y linajes que nadie relaciona con nada hasta que es demasiado tarde.

—Cinco —dijo Paco, más para sí mismo que para ella, mirando el valle que tanto le había costado ganarse—. Y seguimos sin saber si piensa parar en siete o si haya alguno de esos otros nombres ortodoxos esperándonos todavía.

—Selafiel, Barachiel, Jegudiel —recordó Carmela, que se había aprendido la lista de memoria hacía días, casi contra su voluntad, como quien memoriza una oración que preferiría no tener que rezar—.

Y después, si de verdad quiere completar los ocho, todavía le quedaría Jeremiel de nuevo, aunque ya lo haya usado una vez.

Paco se levantó sin decir nada más, entró en la casa a por las llaves del coche, y Elena, que había escuchado la conversación entera desde la cocina sin decir palabra, se lo encontró de frente en el pasillo.

—Vas a volver, ¿verdad? Aunque hayas entregado la placa.

—No puedo escribir novelas sobre un asesino mientras el de verdad sigue ahí fuera, Elena.

Sería la ficción más cobarde que jamás haya firmado.

Ella no discutió. Le ajustó el cuello de la camisa, un gesto casi maternal que llevaba años repitiendo sin que ninguno de los dos le pusiera nombre, y lo dejó ir.

*

En la sede de UHEDO, Sara Brito tenía extendida sobre la mesa una veintena de fotografías de piezas arqueológicas vendidas en subastas privadas europeas durante los últimos días, cada una marcada con un círculo rojo alrededor de la fecha de venta.

—Melián necesita dinero para sobrevivir escondido, inspector, y sigue vendiendo piezas del mismo circuito que ya conocemos —explicó Ingrid Asland, señalando cada fotografía con un lápiz—.

Tres ventas en Bruselas, dos en Marsella, todas gestionadas por el mismo intermediario anónimo.

Si conseguimos identificar a esa persona, tenemos una vía directa hasta él.

—¿Y Lasanta? —preguntó Paco, recordándoles a todos, con esa sola pregunta, que las tramas de aquella ciudad rara vez vivían aisladas unas de otras—. Su nombre sigue apareciendo demasiado cerca de todo esto para ser casualidad.

Sara cruzó una mirada con Ingrid antes de responder, calibrando cuánto podía ya compartir con seguridad.

—El intermediario de Bruselas cobra a través de una sociedad instrumental que, según la auditoría que está tumbando la carrera política de Lasanta, también aparece vinculada a dos de sus contratos municipales.

Puede ser coincidencia. En este trabajo, inspector, las coincidencias existen. Pero cada vez confío menos en ellas.

Paco salió de la sede de UHEDO con una nueva pieza que encajar en el tablero, aunque todavía no supiera dónde, y con la sensación, cada vez más firme, de que el nombre de Lasanta iba a terminar cruzándose con el de Melián de una forma que nadie, ni siquiera él, había anticipado del todo.