Cruces y sombras Capítulo 18
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Capítulo 18

—¿Cuánto tiempo llevabas ya en San Telmo cuando llegué yo a la isla, Carlos? —le preguntó Paco, durante una de sus últimas visitas antes de que el propio párroco se trasladara a su nuevo destino en Tenerife.

—Casi veinte años ya entonces, aunque no siempre fue San Telmo —respondió Carlos, sirviendo dos vasos de agua fresca en la sacristía—.

Empecé en una parroquia rural del norte de Tenerife.

Después vino el accidente de coche que me dejó esta cojera, y una convalecencia tan larga que más de un superior temió que fuera el final de mi vocación.

—Nunca me lo habías contado con tantos detalles.

—La fragilidad enseña cosas que la salud no enseña, Paco.

Depender de otros para las tareas más básicas me dio una comprensión de la vulnerabilidad humana que mis feligreses siempre han valorado.

Esa capacidad de acompañar sin juzgar. Quizás me convirtió, con los años, en algo más que un simple párroco de barrio.

Paco sonrió, reconociendo en esas palabras la esencia misma de la amistad que los unía desde hacía tantos años.

—Tú y yo somos dos hombres de vocaciones opuestas, Carlos, y sin embargo nunca dejamos de entendernos.

—Porque en el fondo no son tan opuestas —replicó el párroco—.

Los dos intentamos poner algo de orden y de sentido en medio del caos y el sufrimiento humano, cada uno desde su lado.

Yo desde la fe, tú desde la ley. Y los dos, si somos honestos, desconfiamos de las certezas absolutas y de las soluciones fáciles.

—Has sido testigo de más crisis mías de las que me gustaría admitir —confesó Paco.

—Y nunca he intentado convertirte, aunque tú siempre bromees con eso.

Solo he estado disponible, cada vez que necesitabas un espacio de conversación sin jerga policial ni presiones de comisaría.

Eso sí, el caso Arcángel me removió algo distinto.

Saber que mi propia erudición, sin que yo lo supiera, ayudó a perfilar el retrato del asesino.

Que el mal anidó durante años a unos metros de mi propia parroquia, en las mismas calles que recorro cada mañana camino del café de Agapito.

—Sin ti no hubiéramos llegado hasta Melián tan rápido, Carlos. De eso no tengas ninguna duda.

El párroco asintió, agradecido, y ambos brindaron con sus vasos de agua, un pequeño ritual entre dos amigos que sabían que aquellas conversaciones, tan sencillas en apariencia, habían sido siempre mucho más importantes de lo que ninguno de los dos se atrevía a admitir en voz alta.

Aquella última visita a la sacristía de San Telmo, con el olor familiar a cera de vela y madera vieja, quedó grabada en la memoria de Paco como una de las despedidas más difíciles de todo su retiro, aunque ambos sabían, sin necesidad de decirlo, que la distancia geográfica jamás conseguiría debilitar una amistad forjada durante tantas décadas de confidencias compartidas.

*

—¿Cómo llegó usted a este puerto, Ibrahima, si no le importa que se lo pregunte? —le preguntó Paco, días después del operativo de aquella noche, encontrándolo de nuevo entre los contenedores durante una de sus últimas visitas al muelle antes de la jubilación.

Ibrahima dejó un momento su tarea, limpiándose las manos en el mono de trabajo antes de responder, sin ninguna prisa.

—De la misma manera que aquellos que rescatamos aquella noche, inspector.

Hace veinte años, con apenas veinticuatro, tras una travesía de casi cinco días en un cayuco que salió de Senegal con más de sesenta personas hacinadas.

Solo cincuenta y tres llegamos con vida a Maspalomas, una madrugada de octubre que todavía recuerdo con una precisión que ni los años han conseguido borrar.

—¿Y después?

—Meses en un centro de acogida, aprendiendo español con la determinación de quien sabe que el idioma es la primera llave de cualquier puerta.

Trabajos esporádicos, tomates en los invernaderos del sur, construcción, lo que fuera, siempre con la vista puesta en regularizar mi situación.

El trabajo en el puerto llegó cinco años después, gracias a un compañero del centro de acogida.

Me presenté sin apenas experiencia, pero con ganas de trabajar, y con el tiempo me gané un contrato fijo.

Paco asintió, escuchando con el mismo respeto silencioso que ya le había mostrado aquella noche del operativo.

—Me casé con una maestra canaria que conocí en las clases de español, a las que sigo yendo los fines de semana, ya solo por gusto de seguir aprendiendo —continuó Ibrahima, con una sonrisa que se le iluminaba al hablar de su familia—.

Tenemos un hijo, Malick, que estudia Enfermería con las mismas ganas de servir a los demás que yo he intentado demostrar cada día de estos veinte años.

—Aquella noche del contenedor, no dudó ni un segundo en arrodillarse a repartir agua — recordó Paco.

—No hacía falta pensarlo, inspector. Reconocí en sus ojos el mismo miedo que yo sentí en mi propia travesía. Un miedo que no se olvida del todo, por muchos años de vida estable que uno consiga construir después. Era lo único que un ser humano decente podía hacer.

Paco le estrechó la mano con fuerza, sintiendo, no por primera vez desde que lo conocía, que aquel hombre modesto encarnaba mejor que nadie una lección que a él mismo le había costado toda una vida terminar de aprender del todo.

*

Rachael Lombard consiguió, contra todo pronóstico, la única entrevista que Manuel Lasanta concedería jamás tras su caída, en la casa familiar del norte de la isla donde vivía ya recluido, lejos de las cámaras que antes tanto había buscado.

—No esperaba que aceptara verme —le dijo Rachael, sentándose frente a él en un porche mucho más modesto que cualquier despacho que hubiera ocupado en su vida política.

—Ya no tengo nada que perder, señorita Lombard. Y quizás, después de tantos años, tengo algo que decir que valga la pena escuchar —respondió Lasanta, con una voz que ya no buscaba impresionar a nadie.

—Cuénteme cómo empezó todo.

—De joven militaba con fervor en asociaciones estudiantiles, defendiendo causas que hoy apenas recuerdo con claridad. Estaba convencido de que la política era el instrumento legítimo para transformar una sociedad que consideraba profundamente injusta. Cueste creerlo o no.

—¿Y qué pasó con ese idealismo?

—Se fue erosionando, año tras año, cargo tras cargo.

La maquinaria del partido premia la lealtad ciega por encima de cualquier convicción, y castiga la honestidad incómoda mucho más que el silencio cómplice.

El joven que hubiera denunciado sin dudarlo la corrupción que yo mismo terminé practicando fue cediendo, concesión tras concesión, hasta que no quedó nada de aquellas convicciones originales.

Rachael tomaba notas, sorprendida por la franqueza inesperada de un hombre que siempre había preferido el discurso vacío a la introspección sincera.

—¿Y el proceso que Paco Figueroa instruyó contra usted?

—Confirmó, ante mis propios ojos, la distancia abismal entre el hombre que fui y aquel en que me había convertido.

Preferí culpar de mi caída al sistema, a mis enemigos políticos, al propio Figueroa.

Cualquier cosa antes que asumir que yo era el autor de un delito real que perjudicó a esta ciudad entera.

—¿Y ahora, aquí, en este retiro?

Lasanta miró hacia el valle que se extendía frente a la casa, con una expresión que Rachael no supo si interpretar como arrepentimiento genuino o simple resignación.

—Ahora tengo, por primera vez en décadas, la oportunidad de confrontar con honestidad el camino que recorrí. Si la aprovecharé, si alguna vez recuperaré algo de aquel idealismo perdido, no se lo puedo decir todavía ni a usted ni a mí mismo.

Rachael cerró su libreta despacio, sin la satisfacción habitual de quien acaba de conseguir una exclusiva. Por primera vez en su carrera, sintió que la mejor entrevista era, también, la más triste de escribir.

*

—¿Nunca te he contado cómo llegó Frankie a mi vida? —le preguntó Paco a Elena una noche, mientras el perro dormía enroscado a los pies de ambos, ya con las primeras canas propias de la edad.

—Alguna vez, por encima, pero nunca con detalle —respondió ella, acariciándole el lomo con el pie, sin despertarlo.

—Apenas ocho meses antes de empezar el caso Arcángel. Un vecino de Triana, un hombre solitario que vivía prácticamente recluido, murió en extrañas circunstancias. Lo archivaron

como accidente, una caída, pero yo siempre sospeché que fue un suicidio silencioso que nadie quiso investigar con el rigor debido.

—Qué historia tan triste.

—El perro, un pastor garafiano de apenas un año, se quedó solo en el piso casi dos días, hasta que un vecino alertó a la Policía por los ladridos.

Cuando abrí la puerta me encontré con un animal famélico, aterrorizado.

Pero en cuanto me agaché para calmarlo, se acurrucó contra mis piernas con una confianza que me desarmó por completo.

—¿Y decidiste quedártelo ahí mismo?

—No, al principio no. El protocolo dice que hay que entregarlo a una protectora mientras se busca a algún familiar.

Pero ningún familiar apareció en las semanas siguientes, y yo, que en cuarenta años de carrera me había curtido ante todo tipo de escenas, no conseguía sacarme de la cabeza la imagen de ese perro solo en un piso vacío, esperando el regreso de un dueño que ya no volvería.

—Así que lo adoptaste.

—Casi sin darme cuenta de en qué momento exacto tomé la decisión. Y desde entonces es la única compañía fija que he tenido en casa, el único que me esperaba cada noche, sin importar la hora ni el humor con el que volviera.

Elena sonrió, mirando al perro dormido con una ternura que ya no intentaba disimular.

—Al principio me parecía una responsabilidad añadida que ninguno de los dos necesitaba,

¿te acuerdas? Y ahora no me imagino esta casa sin él.

—Por eso el jardín tiene el espacio que tiene, Elena. Para que corra a sus anchas —dijo Paco, con una sonrisa—. Un perro rescatado de una tragedia ajena, convertido, sin que ninguno de los dos lo dijera nunca en voz alta, en el símbolo de la vida nueva que estábamos construyendo juntos.

Frankie, ajeno por completo a toda esa conversación sobre su propio pasado, se despertó justo en ese momento, bostezó largamente, y apoyó la cabeza sobre el pie de Paco, como reclamando su ración de cariño antes de que la charla continuara sin él.

*

—¿Y usted cómo terminó en esta isla, Lombard? —le preguntó Sara Brito, durante uno de sus almuerzos mensuales en Vegueta, ya con la confianza suficiente para preguntas más personales.

Rachael dejó su copa de vino sobre la mesa, sonriendo con la ironía de quien ha aprendido a reírse de su propio pasado.

—Huyendo, más que buscando nada en concreto —confesó—.

Mi matrimonio en París se desmoronó cuando descubrí una infidelidad que jamás sospeché, de un hombre que hasta entonces había considerado el pilar más sólido de mi vida adulta.

Periodista de investigación, especializada en temas culturales para un digital francés modesto pero con cierto prestigio.

Elegí Canarias casi al azar, por el clima y por una oferta freelance de cobertura de sucesos.

—¿Y aquel refugio temporal se convirtió en hogar?

—Mes a mes, sin que yo lo planeara —admitió Rachael—.

Aunque mi verdadera obsesión, la que de verdad me trajo hasta el puerto de Las Palmas, nació antes, en un reportaje que hice en Francia sobre el expolio de yacimientos en el norte de África.

Ahí descubrí la magnitud real de un negocio que la mayoría de la gente desconoce por completo, escondido tras la fachada respetable de anticuarios y coleccionistas.

—Por eso llevaba meses detrás de mí antes de que finalmente aceptara hablar con usted —recordó Sara, con una sonrisa cómplice.

—Meses de correos sin respuesta, sí. Pero mereció la pena la espera.

No solo por el acceso a una fuente de primer nivel, Sara.

También por esto —dijo Rachael, señalando con un gesto la mesa que compartían, la amistad genuina que se había ido forjando entre ambas—.

Dos mujeres que, desde ángulos completamente distintos, comparten la misma obsesión por desenmascarar lo que otros prefieren mantener oculto.

—Y que ahora comparten también confianza mutua —añadió Sara—. Le prometo que seguirá siendo de las pocas periodistas a las que filtramos información, cuando el caso lo permita.

Rachael levantó su copa en un pequeño brindis silencioso, agradecida de que aquel encuentro desesperado a la salida de la comisaría, meses atrás, hubiera terminado convirtiéndose en mucho más que una simple fuente periodística.

Sara sonrió, dejando que el sol de media tarde terminara de calentar la mesa que compartían, pensando que aquella amistad, nacida de la pura necesidad profesional, se había convertido, sin que ninguna de las dos lo planeara, en una de las cosas más valiosas que aquel puerto tan complicado le había regalado.