Capítulo 17
Sara Brito convocó a Paco con una urgencia que no era habitual en ella, siempre tan mesurada, y lo recibió en la sede de UHEDO con Ingrid Asland ya esperando junto a una pantalla donde habían proyectado el mapa de rutas de venta que llevaban semanas reconstruyendo.
—Hemos identificado siete ventas más atribuibles al mismo intermediario anónimo — explicó Ingrid, señalando cada punto marcado en rojo sobre el mapa—.
Bruselas, Marsella, Lisboa, Ámsterdam. Todas piezas menores, fáciles de mover sin llamar la atención, pero todas catalogadas originalmente en museos de esta isla.
—Melián necesita liquidez constante para mantener su tapadera —añadió Sara—. Un hombre escondido bajo una identidad falsa no puede permitirse un solo ingreso regular sin levantar sospechas. Vive, literalmente, de lo que roba y vende.
—¿Y el intermediario? —preguntó Paco, sabiendo de antemano, por la expresión de ambas mujeres, que aquella pregunta era precisamente el motivo de la convocatoria urgente.
—Hemos conseguido una fotografía de las cámaras de seguridad de la casa de subastas de Marsella —dijo Ingrid, mostrándosela en la pantalla—.
Un hombre de mediana edad, gafas de sol, gorra.
No es identificable con certeza, pero el porte, la forma de caminar, algo en la postura general nos resulta… familiar.
Paco estudió la imagen granulada durante un largo rato, sintiendo esa misma corazonada incómoda que llevaba días acompañándolo cada vez que un caso empezaba, por fin, a moverse en la dirección correcta.
—No puedo jurarlo con esta calidad de imagen, pero tampoco puedo descartarlo.
Necesitamos algo más sólido que una silueta borrosa.
Ingrid, mientras guardaba el material, mencionó de pasada algo que llevaba días rondándole la cabeza sin encontrar el momento de compartirlo.
—Hay una teoría marginal, inspector, de esas que circulan en foros de genealogía aficionada y que ningún historiador serio se atreve a firmar con su nombre: que tras la disolución de la Orden del Temple en 1312, algunos caballeros huyeron de Europa y usaron estas islas como escala hacia tierras que todavía nadie había cartografiado, mucho antes de
Colón. Nunca le di importancia, la había visto citada un par de veces sin ninguna fuente seria detrás. Pero si Melián lleva años obsesionado con su propio linaje, no me extrañaría que hubiera encontrado en esa teoría exactamente lo que necesitaba para sentirse elegido.
Sara la escuchó con una ceja levantada, sin descartarlo del todo pero sin darle tampoco más crédito que a cualquiera de las docenas de leyendas que la isla acumulaba desde hacía siglos.
—Leyenda o no, quiero que sigas tirando de ese hilo, Ingrid. Nos quedan pocos días, y en este caso ya hemos aprendido que hasta la pista más pequeña puede terminar siendo la única que de verdad importa.
*
La reunión con Interpol, gestionada a través de los contactos europeos de UHEDO, confirmó días después que el intermediario de Marsella operaba bajo, al menos, tres identidades documentadas distintas, ninguna de ellas coincidente con Emilio Melián, aunque todas compartían un patrón de comportamiento tan similar que Sara empezó a sospechar que se trataba, en realidad, de la misma persona reinventándose cada vez que las autoridades se acercaban demasiado.
—Es bueno —reconoció Sara, con una mezcla de frustración profesional y respeto involuntario que a Paco le resultó extrañamente familiar—.
Lleva años construyendo identidades de repuesto, probablemente desde mucho antes de que empezara a matar.
Un hombre así no improvisa un escondite de un día para otro.
Lo lleva preparando toda la vida, esperando el momento en que lo necesitara de verdad.
—Entonces nuestra única ventaja es que, tarde o temprano, hasta el escondite mejor preparado necesita dinero fresco, y el dinero fresco deja rastro —concluyó Paco, con la paciencia obstinada que lo había sostenido durante cuarenta años de casos que se resistían a cerrarse a la primera, ni a la segunda, ni a veces a la décima corazonada fallida.
Aquella misma tarde, Ingrid Asland empezó, sin decírselo todavía a nadie, a ampliar el rastreo más allá de las casas de subastas internacionales, hacia el terreno mucho más local y mucho más aburrido de las sociedades instrumentales vinculadas a contratos municipales de la propia isla, convencida de que, si Melián necesitaba blanquear dinero cerca de casa, alguna de esas empresas fantasma tendría que aparecer tarde o temprano cruzada con su nombre, aunque todavía faltaran meses para que aquella intuición, sembrada casi sin querer, terminara dando sus frutos.