Capítulo 16
Bethencourt, procesado por la tentativa de Guayadeque y en libertad provisional bajo fianza a la espera de juicio, seguía dando clases particulares para pagarse un abogado cada vez más caro, consciente de que sería recordado, para siempre, como el hombre que estuvo a punto de matar sin llegar a serlo todavía, según creía la propia comisaría.
Paco, entretanto, seguía sin poder celebrar nada: el verdadero responsable de las muertes continuaba libre, y cada mes que pasaba sin una pista sólida le pesaba como una condena propia, distinta pero no menos real que la que esperaba, tarde o temprano, poder ponerle a quien de verdad la mereciera.
*
La fiesta de despedida de Paco, celebrada en el propio salón de actos de la comisaría dos días antes de que entregara oficialmente la placa, reunió a una concurrencia mucho más numerosa de lo que él mismo había anticipado, pese a su insistencia en que se tratara de un evento discreto, sin grandes discursos ni homenajes que lo incomodaran innecesariamente.
Fernández, incapaz de resistirse a la tentación de un pequeño discurso pese a las protestas previas de Paco, se subió a una tarima improvisada con una copa de cava en la mano, la sala en silencio expectante.
—Llevo seis años como comisaria de esta unidad, y en todo ese tiempo, jamás he tenido que preocuparme por si Paco Figueroa hacía bien su trabajo.
Al contrario: mi mayor preocupación siempre ha sido que se jubilara antes de que yo consiguiera aprender la mitad de lo que él sabe sobre este oficio.
Paco, esta comisaría no va a ser la misma sin ti, aunque todos sepamos que tú tampoco vas a extrañarla demasiado.
Risas generalizadas, algún aplauso disperso.
Paco, incómodo pero conmovido, levantó su propia copa en un brindis silencioso hacia la sala entera, buscando entre los presentes los rostros que más habían marcado aquellos últimos meses: Carmela, radiante junto a la pizarra que ya no necesitarían más; Rodolfo, con una bolsa de patatas fritas que había insistido en traer pese a las normas no escritas sobre comida en actos oficiales; Matías, incómodo con la corbata prestada que Elena lo había convencido de ponerse por una vez en la vida; Elena misma, apoyada contra la pared del fondo, con esa sonrisa que Paco había aprendido, con los años, a distinguir entre todas las demás sonrisas del mundo.
—Solo os voy a decir una cosa —dijo Paco, por fin, cuando el silencio volvió a instalarse en la sala, sorprendiendo a todos los presentes que esperaban que declinara hablar del todo—.
Cuarenta años dan para muchas historias, algunas buenas, otras que preferiría no haber vivido nunca.
Pero de todas ellas, lo único que de verdad me llevo conmigo, lo único que de verdad ha merecido la pena, sois vosotros.
Cuidaos entre todos, y cuidad bien esta ciudad, que buena falta le hace.
El aplauso que siguió a esas palabras se prolongó más de lo que ninguno de los presentes hubiera esperado de un hombre tan poco dado, habitualmente, a las demostraciones públicas de sentimiento.
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Antes de que el caso Arcángel llegara a su conclusión, en los días más oscuros de la investigación, cuando el cuarto cadáver todavía pesaba sobre la conciencia colectiva de la comisaría entera, Paco había decidido volver, una tarde cualquiera, a caminar por Molino de Viento, la zona donde Soledad Pérez había ejercido y donde Carmelo Calderín había perdido su cartera aquella noche fatídica, buscando cualquier detalle que hubiera podido pasarse por alto en las primeras semanas de investigación.
Molino de Viento, un barrio de calles estrechas y edificios envejecidos en el corazón de la ciudad, conservaba todavía trazas de su pasado industrial, cuando los molinos que le daban nombre procesaban el grano que llegaba al puerto desde media Europa, mucho antes de que la zona se convirtiera, con el paso de las décadas, en uno de los enclaves de vida nocturna más discretos y menos recomendables de la capital.
Caminó despacio por sus calles, deteniéndose a hablar con algunos de los vecinos más veteranos, gente que llevaba toda la vida allí y que conocía, mejor que ningún informe policial, los ritmos secretos del barrio: quién trapicheaba con qué, quién protegía a quién, qué locales servían de tapadera para negocios que poco tenían que ver con las copas que anunciaban en sus cartas.
Una anciana que regentaba un pequeño estanco desde hacía más de cuarenta años le contó, sin que él tuviera siquiera que preguntar demasiado, que en las últimas semanas había notado a un hombre desconocido merodeando por la zona a horas intempestivas, un hombre de aspecto respetable, gafas finas, que no encajaba en absoluto con la clientela habitual del barrio.
—Yo pensé que sería periodista, o algún inspector de Hacienda, con esas pintas tan pulcras entre tanto trapicheo —le dijo la mujer, sirviéndole un café que Paco no había pedido pero que aceptó de todos modos por cortesía—.
Pero ahora que lo pienso, inspector, había algo raro en su forma de mirar a las chicas que pasaban.
No como los demás hombres que vienen aquí buscando compañía.
Las miraba como quien mira algo que quiere estudiar, no algo que quiere disfrutar.
Aquella descripción, ligera y casi anecdótica en su momento, terminó sumándose, días después, al perfil que finalmente confirmaría la identidad de Melián, uno más de los muchos hilos sueltos que, con paciencia y con la ayuda de vecinos anónimos dispuestos a colaborar, Paco había ido tejiendo pacientemente hasta formar la red que terminaría por atrapar al asesino.
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Unit Historica Hereditatem Domini, el nombre completo tras el acrónimo UHEDO que tan poco decía a primera vista sobre la magnitud real de su trabajo, había nacido apenas tres años antes de que Paco Figueroa se cruzara con Sara Brito en el puerto de La Luz, fruto de un acuerdo de cooperación entre varios países europeos preocupados por el creciente tráfico de patrimonio histórico que financiaba, según numerosos informes de inteligencia, actividades terroristas en Oriente Medio.
El primer gran éxito de la unidad, todavía comentado con orgullo entre sus miembros fundadores, había sido la recuperación de una lucerna de cerámica romana robada en Palmyra durante la ocupación yihadista de la ciudad siria, una pieza que había terminado, tras un rocambolesco periplo a través de intermediarios en Turquía y Chipre, en la trastienda de un anticuario madrileño que ni siquiera sospechaba, según su propia defensa posterior ante el juez, el verdadero origen de la mercancía que comerciaba.
En aquella misma operación, casi por casualidad, el equipo de Sara Brito había encontrado, en el mismo local, un cuadro que se creía perdido desde hacía más de un siglo, un hallazgo que había multiplicado el prestigio de la unidad dentro de los círculos policiales europeos y que había terminado de convencer a las autoridades españolas de que la sede permanente de UHEDO debía establecerse en Las Palmas, precisamente por la posición estratégica del puerto grancanario como punto de tránsito entre tres continentes.
Desde entonces, la unidad había investigado casos tan dispares como el intento de sustracción de una talla románica del siglo XII destinada a un comprador privado en Qatar, o el desmantelamiento de una banda organizada que robaba monedas antiguas de museos europeos con una metodología tan sofisticada que había tardado años en ser detectada.
Cada caso resuelto añadía una nueva capa de leyenda al pequeño equipo que Sara dirigía con mano firme desde aquella oficina discreta sin cartel en la puerta, un equipo que, hasta el caso Arcángel, jamás había tenido que enfrentarse a una investigación que combinara, de forma tan directa, el expolio patrimonial con el asesinato en serie.
Cuando el trastero de Melián reveló la magnitud real de lo que el profesor había estado sustrayendo de los museos de la isla durante años, Sara comprendió que aquel caso, más allá de su resolución exitosa, marcaría un antes y un después en la propia metodología de la unidad: la constatación dolorosa de que, en ocasiones, el expolio del pasado y la violencia contra el presente no eran fenómenos separados, sino dos caras de la misma obsesión enferma por poseer y controlar aquello que, por definición, pertenece a todos y a nadie a la vez.
*
—¿Sabes que hubo un tiempo en que Verdejo y yo nos llevábamos bien? —le confesó Paco a Carmela, tiempo después de la caída de Tomás, mientras ambos revisaban archivos antiguos del caso—. Casi nadie lo recuerda ya, ni siquiera él, me temo.
—Cuesta creerlo, jefe.
—Compartimos destino sus dos primeros años en la comisaría, en un grupo dedicado a delitos menores. Yo ya llevaba entonces más de dos décadas de servicio, y a mi manera, parca en palabras, intenté hacer de mentor con aquel joven inspector recién llegado.
—¿Y qué le enseñó?
—Trucos que ningún manual de la academia recoge. Cómo interpretar el silencio incómodo de un testigo que oculta algo. Cómo distinguir el nerviosismo de un inocente de la actuación calculada de un culpable. Cómo mantener la cabeza fría en un interrogatorio que se
alarga horas sin resultado. Escuchaba con verdadero interés, tomaba notas, hacía preguntas inteligentes. Llegué a pensar que podía convertirse en un buen investigador.
—¿Qué cambió entonces?
Paco suspiró, con el peso de un recuerdo que llevaba años sin sacar a la luz.
—Un caso de estafa a ancianos que investigamos juntos.
Verdejo, ansioso por demostrar su valía antes de tiempo, precipitó una detención sin pruebas sólidas.
El estafador escapó del país antes de que pudiéramos volver a localizarlo.
Yo intenté explicarle, con paciencia, dónde había fallado el razonamiento, qué pasos se había saltado por las prisas. Nunca pretendí humillarlo.
—Pero él lo vivió así.
—Se lo tomó como una humillación personal, y a partir de ahí empezó a distanciarse.
Cada consejo mío le sonaba a recordatorio de su propia mediocridad.
Lo que podría haber sido una relación de mentor y aprendiz se convirtió, con los años, en la rivalidad amarga y unilateral que todos conocimos durante el caso Arcángel.
Carmela guardó silencio un momento, sopesando aquella confesión.
—A veces me pregunto si las cosas hubieran sido distintas si usted lo hubiera tratado de otra manera, jefe.
—Yo también me lo he preguntado, Carmela. Y todavía no tengo una respuesta que me deje tranquilo del todo.