Capítulo 15
La compañera de clase que Carmela localizó, una mujer que ahora rondaba los cuarenta años y trabajaba como administrativa en un colegio privado del sur de la isla, recordaba, con una nitidez que sorprendió a los propios investigadores, los detalles de aquellas clases particulares que Rebeca Tejada había recibido durante su último curso de instituto.
—Se llamaba Emilio, de eso estoy segura, aunque el apellido no lo recuerdo con certeza —les dijo, sentada en la sala de espera de la comisaría, retorciendo un pañuelo de papel entre las manos con el nerviosismo propio de quien no está acostumbrada a hablar con la policía—.
Rebeca hablaba mucho de él, decía que sabía cosas increíbles sobre la historia de la isla, sobre templarios y no sé qué de los aborígenes.
Al principio yo pensaba que le gustaba, en plan de flechazo adolescente, ¿sabe?
Pero luego, unas semanas antes de que la mataran, me dijo que ya no quería seguir yendo a esas clases, que el profesor se había puesto raro con ella, que le hacía preguntas que la incomodaban.
—¿Qué tipo de preguntas? —preguntó Paco, inclinándose hacia adelante, cada músculo de su cuerpo tenso por la expectación.
—No me lo llegó a contar del todo. Solo me dijo que un día dejaría de ir, que se sentía observada de una manera que no le gustaba.
Y luego, a las pocas semanas, pasó lo que pasó, y con el shock de todo aquello, con el duelo, ni yo ni nadie de la clase pensamos en mencionarle esto a la policía.
Perdónenme si con esto podría haber cambiado algo.
Paco le apretó la mano un instante, con una calidez que no solía prodigar en interrogatorios formales.
—No tiene nada que perdonarse. Tenía usted diecisiete años y acababa de perder a una amiga de una forma horrible. Nadie espera que un adolescente ate cabos que ni la propia Policía supo atar en su momento.
Aquella declaración, ocho años tardía pero providencial, terminó de confirmar lo que Paco ya empezaba a sospechar con una certeza casi física: Emilio Melián no solo había sido el primer asesino del caso Arcángel sin que nadie lo supiera, sino que su vínculo con Rebeca Tejada había sido mucho más directo, mucho más premeditado, de lo que ninguno de los investigadores originales había llegado siquiera a imaginar en su momento.
*
La comisaría de Las Palmas, la Supercomisaría que se alzaba imponente sobre la Avenida Marítima, había sido construida a finales de los años noventa como parte de un ambicioso plan de modernización de las infraestructuras policiales en Canarias, un edificio de líneas rectas y cristales ahumados que contrastaba, según opinión de Paco que había tenido ocasión de comentar más de una vez con Carlos Aguiar, con el trazado sinuoso y orgánico del resto de la ciudad histórica.
Sus pasillos, recorridos a diario por cientos de agentes de las más diversas unidades, guardaban la memoria silenciosa de décadas de casos resueltos y sin resolver, de ascensos y de caídas en desgracia, de historias humanas que rara vez trascendían más allá de los expedientes que las documentaban con la frialdad burocrática habitual.
Paco había pasado allí más horas de su vida que en cualquier otro lugar, incluidas las distintas casas que había habitado a lo largo de los años, un hecho que, ahora que se acercaba su último día de servicio, le resultaba a la vez reconfortante y ligeramente inquietante.
La sala de investigación donde Carmela tenía su escritorio ordenado entre el caos habitual de sus compañeros albergaba, en aquellas semanas de investigación intensa, una energía particular que Paco reconocía de otros casos importantes de su carrera: esa mezcla de tensión y camaradería que solo los momentos de verdadera crisis colectiva conseguían generar entre un grupo de profesionales acostumbrados, la mayor parte del tiempo, a la rutina más gris.
El santuario, aquel cuarto improvisado que habían reclamado como espacio propio para el caso, se había convertido, con el paso de los días, en una suerte de segundo hogar tanto para Paco como para Carmela, sus paredes cubiertas de fotografías, mapas y anotaciones que trazaban, poco a poco, el mapa mental de una investigación que había terminado devorando buena parte de sus vidas personales durante aquellos días decisivos.
Paco sabía que, en cuanto entregara la placa, aquel espacio pasaría formalmente a manos de Carmela, y la idea, lejos de tranquilizarlo, le añadía una presión más a la ya de por sí abrumadora cuenta atrás que llevaba encima.
*
—¿Alguna vez te arrepentiste de estudiar Medicina Forense, Rodolfo? —le preguntó Domingo, su ayudante, una tarde tranquila entre autopsia y autopsia, mientras ambos revisaban una partida de ajedrez a medio terminar.
—Nunca de verdad, aunque llegué aquí más por descarte que por vocación, y eso que me ha costado veinte años confesarlo en voz alta —respondió Rodolfo, sin dejar de estudiar el tablero—.
Nací en Ciudad Jardín, hijo de un notario y de una profesora de piano.
Un ambiente bastante acomodado para terminar examinando cadáveres cada mañana, ¿verdad?
Estudié Medicina sin demasiada convicción, atraído más por la estabilidad futura que por ninguna llamada vocacional genuina.
—¿Y por qué forense, entonces, y no cualquier otra especialidad?
—Por eliminación, Domingo. Descarté la cirugía porque me resultaba excesivamente estresante, y la pediatría porque me parecía emocionalmente demasiado exigente para mi temperamento, que ya sabes que es más bien plácido.
Con los años, sin embargo, desarrollé un orgullo genuino por este trabajo.
Nunca doy nada por sentado. Reviso cada detalle dos y tres veces antes de emitir un informe definitivo.
Esa cautela, que a veces desespera a los investigadores más impacientes, me ha salvado de más de una conclusión errónea.
—¿Y en lo personal? —se atrevió a preguntar Domingo, aprovechando la sinceridad del momento.
—Ahí sí que soy bastante menos meticuloso —rio Rodolfo, con ese humor autocrítico tan suyo—.
Divorciado dos veces, sin hijos, viviendo solo en un piso que apenas decoro más allá de mis estanterías de libros de historia y mi colección de tableros de ajedrez.
Cada uno con su propia historia, que puedo contarte con pelos y señales si tienes la paciencia de escucharme un rato.
Domingo sonrió, sabiendo que aquella invitación era, en el fondo, una manera cariñosa de seguir enseñándole el oficio más allá de lo estrictamente técnico.
—El caso Arcángel fue duro para todos, ¿verdad? —preguntó, ya con más seriedad.
—Cuatro autopsias que se sumaron a las decenas que ya llevaba examinadas en mi carrera, pero ninguna con la carga simbólica de aquellas cuatro mujeres jóvenes, truncadas por la
obsesión de un hombre que, irónicamente, compartía conmigo la misma pasión por la historia antigua, aunque él la canalizó hacia derroteros completamente opuestos a los míos.
Domingo asintió, guardando aquella confidencia junto a todas las demás que su mentor le había ido regalando desde que había llegado al departamento, agradecido por la paciencia con la que Rodolfo lo trataba incluso en medio de los días más duros de todo el caso.
*
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—Doce años ya en esta oficina, Laura —le dijo un día Altuza, casi como advertencia velada, mientras ella archivaba facturas cuyo contenido real ambas sabían que no siempre correspondía con la mercancía verdadera—. Deberías estar agradecida.
—Lo estoy, señor Altuza —respondió ella, sin levantar la vista, con la discreción que llevaba una década cultivando a cambio de un sueldo muy por encima de lo que cualquier otro puesto administrativo de la ciudad le hubiera ofrecido.
Divorciada, con una hija adolescente que estudiaba gracias, en buena parte, a ese sueldo, Laura había aprendido a compartimentar su vida en dos esferas que nunca se tocaban: la oficina, donde archivaba lo que fuera necesario sin preguntar; y su casa, donde se esforzaba por ofrecerle a su hija una normalidad que, en el fondo, sabía que se sostenía sobre cimientos poco sólidos.
La detención de Guedes y la presión creciente sobre el entorno de Altuza la mantuvieron durante semanas en un estado de alerta constante, revisando cada documento, preguntándose en sus noches de mayor insomnio si algún día le tocaría a ella también sentarse frente a una mesa de interrogatorios.
Cuando la Policía Nacional, apenas unos días después, obtuvo pruebas suficientes para intervenir de lleno en las cuentas de Importaciones Altuza, Laura fue de las primeras en colaborar a cambio de inmunidad parcial, entregando una copia de seguridad que llevaba años guardando en secreto, sin mencionársela jamás a nadie, ni siquiera a su propia hija, por si algún día la necesitaba para protegerse a sí misma.
—Se lo he estado guardando por miedo, no por lealtad a Altuza, que quede claro —le dijo a Paco, entregándole la copia con manos temblorosas—. Solo espero que mi hija nunca tenga que enterarse de nada de esto.
Paco guardó la copia de seguridad en una bolsa de pruebas, consciente de que aquel pequeño gesto de valentía tardía por parte de una mujer asustada podía terminar valiendo, para el conjunto del caso Lasanta, mucho más de lo que la propia Laura llegaba a imaginar.