Capítulo 13
—¿Nunca te pregunté cómo era aquello de verdad, las COES? —le preguntó Paco a Matías una tarde de pesca, con las cañas ya calladas y el sol cayendo sobre el mar en calma.
Matías se quedó un momento mirando el horizonte antes de responder, como si necesitara ese silencio para decidir cuánto quería compartir.
—Tres días y tres noches en el macizo de Tejeda, en unas maniobras de supervivencia, sin más recursos que los que la propia isla quisiera darnos.
Aprendimos a distinguir qué plantas se podían comer y cuáles te mataban, a levantar un refugio con ramas de pino canario, a racionar el agua de un manantial para que aguantara hasta el final.
Ahí entendí algo que ningún instructor te puede enseñar del todo: que la verdadera fortaleza no está en imponerte a otros, sino en resistir, con la cabeza fría, lo que la vida te ponga por delante.
—Nunca me habías contado esa parte.
—Hay otras que tampoco te he contado, y esta te la cuento con menos orgullo —siguió Matías, con una media sonrisa cargada de ironía—.
Una operación de vigilancia costera en la que sorprendimos a un grupo de contrabandistas de tabaco en una cala del sur.
Aquello nunca salió en ningún periódico ni en ningún parte oficial más allá de lo estrictamente necesario.
Pero me enseñó, de primera mano, que la línea entre la legalidad y la necesidad de la gente humilde es mucho más delgada de lo que cualquier ley escrita está dispuesta a admitir.
Paco asintió despacio, reconociendo en esas palabras buena parte de la filosofía vital que había admirado en su amigo durante tantos años.
—Cuando terminé el servicio y volví al mar, a la vida que mi padre me dejó sin imponérmela nunca, me traje esa mezcla de dureza y de compasión que tanto sorprende a quien me conoce por primera vez —continuó Matías—.
Capaz de reducir a dos hombres el doble de corpulentos que yo sin despeinarme, y capaz también de repartir mi pesca entre los vecinos que la necesitan sin que nadie tenga que pedírmelo.
—Como aquella noche del puerto, hace treinta años —dijo Paco, en voz baja, la única vez que alguno de los dos se atrevía a mencionarlo directamente.
Matías no respondió con palabras. Se limitó a mirar a su amigo con esa lealtad silenciosa que ya apenas se estilaba en un mundo cada vez más acostumbrado a medir el valor de las relaciones por su utilidad inmediata, y volvió a lanzar el sedal al agua, dando por zanjada, con ese gesto, la conversación.
Se quedaron un rato más en silencio, cada uno con su caña, mientras el sol terminaba de esconderse detrás del perfil de Las Canteras, y Paco pensó, no por primera vez, que había pocas cosas en la vida tan reconfortantes como el silencio compartido con un amigo de verdad.
*
—¿Sabe por qué quise ser policía, jefe? —le preguntó Carmela a Paco una noche, ya tarde, mientras ambos ordenaban expedientes en el santuario, aprovechando un silencio poco habitual entre tanta presión mediática.
Paco levantó la vista de sus papeles, dispuesto a escuchar. Sabía, por experiencia, que ese tipo de preguntas merecían atención completa.
—Crecí en Escaleritas, la mayor de tres hermanas.
Mi madre, viuda, trabajaba en un supermercado del barrio y sacó a las tres adelante sin que nunca nos faltara lo esencial, aunque los caprichos escaseaban en casa.
Yo era la responsable desde niña: la que ordenaba su cuarto sin que nadie se lo pidiera, la que ayudaba con los deberes de mis hermanas antes de terminar los míos.
Si algo se perdía en casa, unas llaves, un mando, siempre terminaba encontrándolo yo.
Creo que tenía una especie de sexto sentido para el orden que el resto de la familia no tenía.
—Eso explica bastante de tu escritorio, la verdad —bromeó Paco, señalando la mesa impecable de Carmela en comparación con el caos habitual de la sala.
Ella sonrió, sin ofenderse, y continuó.
—Tenía dieciséis años cuando vi, desde la ventana de mi cuarto, a unos agentes resolver con paciencia un caso de violencia doméstica que afectaba a una vecina.
Toda la vida el barrio la había visto sufrir sin que nadie hiciera nada de verdad, y aquellos policías consiguieron, con método, poner orden donde el caos llevaba años imponiéndose.
Decidí ese mismo día que quería dedicarme a eso.
—Entraste en la academia con las mejores notas de tu promoción, según me contaron — dijo Paco.
—Sí, aunque más de un compañero, incluso algún instructor, dudó de mí al principio por mi edad y mi aspecto.
Me gané el respeto poco a poco, con la misma disciplina silenciosa de siempre, sin necesidad de levantar la voz.
Vivo sola cerca de la comisaría, sin pareja desde hace más de un año, por decisión propia.
Prefiero dedicar el tiempo libre a formarme, a leer manuales que la mayoría de mis compañeros consideran lectura excesiva fuera de horario.
Preparándome para el día en que ya no necesite la supervisión de nadie.
—Ese día ya ha llegado, Carmela —le dijo Paco, con una seriedad que no dejaba lugar a dudas—. Este caso ha sido tu primera gran prueba de fuego, y la has superado con una entereza que dudo que tú misma supieras que tenías hasta ahora.
Carmela bajó la vista un instante, conmovida por el reconocimiento, antes de volver, con renovado ánimo, a la pila de expedientes que todavía les quedaba por revisar aquella noche.
Paco recogió sus propios papeles, satisfecho, pensando que aquella conversación merecía quedar guardada en algún rincón de su memoria, junto a todas las demás lecciones que aquel caso tan duro le había enseñado sobre la gente que lo rodeaba.
*
—¿Cuánto tiempo llevas ya con Kaiser? —le preguntó Paco a Anke Müller, durante una de sus visitas a la oficina de UHEDO, observando cómo el pastor belga malinois se acomodaba bajo la mesa de la alemana con la familiaridad de quien lleva años compartiendo despacho.
—Seis años él, y seis años yo en esta isla —respondió Anke, sin dejar de revisar unos documentos—.
Vine de Múnich tras una investigación sobre tráfico de piezas expoliadas en Siria que involucraba a coleccionistas bávaros.
Ese caso me abrió las puertas de UHEDO. Sara me reclutó en persona, en un congreso en La Haya, apenas terminó la operación.
—Y desde entonces, su mano derecha —apuntó Paco.
—Alguien tiene que encontrar soluciones prácticas donde los demás solo ven callejones burocráticos sin salida —bromeó ella, con una media sonrisa—.
Kaiser me ayuda más de lo que la gente imagina.
No solo detecta sustancias. Reconoce ciertos tipos de resina y barniz que se usan en la falsificación de obras antiguas. Ha resultado decisivo más de una vez.
—¿Y en lo personal? —se atrevió a preguntar Paco, con la confianza ya ganada tras meses de colaboración.
—Divorciada, sin hijos. Mi relación con el trabajo roza la obsesión sana, según mis propias palabras —rio Anke—.
Mi matrimonio no sobrevivió a la distancia entre dos carreras profesionales incompatibles.
Los perros, en cambio, siempre me han dado la calma que la vida personal no siempre consigue ofrecerme.
Confío más en el instinto de Kaiser que en el de la mayoría de las personas que he conocido en esta profesión, y no lo digo del todo en broma.
Jesús Rojas, que pasaba por el despacho en ese momento con una carpeta bajo el brazo, se sumó a la conversación con su habitual desparpajo madrileño.
—Yo, en cambio, aterricé aquí por una rodilla rota, inspector —dijo, apoyándose en el marco de la puerta—.
Unidades de intervención rápida durante años, hasta que un salto mal calculado en un desalojo me apartó de la primera línea.
Aporto al equipo la experiencia de calle que a veces falta entre tanto archivo histórico y tanta pieza de museo.
Un instinto para el peligro físico que estos académicos, con todo su rigor, no siempre tienen de forma natural.
—Fue precisamente esa minuciosidad de Anke la que dejó el expediente de Guedes tan blindado que ni el mejor abogado pudo desmontarlo —añadió Paco, reconociendo el mérito con genuina admiración—. Un cierre bien distinto al mío, con las costillas de por medio.
Anke sonrió, sin necesidad de más palabras, mientras Kaiser levantaba la cabeza al oír su nombre en la conversación, como si también él quisiera reclamar su parte del mérito.
Kaiser se levantó entonces de debajo de la mesa y apoyó la cabeza sobre la rodilla de Anke, como reclamando también él su parte de la conversación y del reconocimiento recién compartido.
*
Días antes del hallazgo del trastero de Melián, cuando el caso todavía parecía encallado sin remedio en su cuarto cadáver, Paco había decidido revisar personalmente, una vez más, el expediente completo de Rebeca Tejada, convencido de que la respuesta llevaba ocho años esperándolo entre aquellas páginas amarillentas sin que nadie hubiera sabido leerlas del todo bien.
Se instaló una noche entera en el santuario, con Carmela a su lado, ambos rodeados de fotografías antiguas, informes forenses descoloridos, declaraciones de testigos que apenas recordaban ya los detalles de aquella madrugada de hacía casi una década.
Repasaron, uno por uno, los nombres de todas las personas interrogadas en su momento: compañeros de universidad de Rebeca, un antiguo novio que había resultado tener una coartada sólida, un vecino con antecedentes menores por hurto que nunca llegó a encajar del todo en el perfil del asesino.
—Aquí hay algo, jefe —dijo Carmela de madrugada, señalando una anotación casi ilegible al margen de una de las declaraciones—.
Un profesor universitario que dio clases particulares a Rebeca durante su último año de instituto.
Nunca llegaron a interrogarlo formalmente, solo aparece mencionado de pasada por una compañera de clase que decía que Rebeca hablaba mucho de él, que la había impresionado con sus conocimientos de historia.
Paco se inclinó sobre el papel, el corazón acelerándosele de un modo que no sentía desde hacía semanas.
El nombre, escrito con la caligrafía apresurada de algún agente de hacía ocho años, resultaba casi imposible de descifrar del todo, pero las primeras letras, E.
M., encendieron en su cabeza una alarma que todavía no sabía interpretar del todo, aunque el instinto, ese instinto que cuarenta años de oficio habían afinado hasta convertirlo en algo parecido a un sexto sentido, le decía que aquella pista, ignorada durante ocho largos años, podía ser mucho más importante de lo que parecía a simple vista.
Carmela, revisando el resto del sobre de pruebas original, encontró algo más que había pasado inadvertido durante ocho años, catalogado sin más como «bisutería sin valor, hallada a dos metros del cuerpo»: una pequeña medalla oxidada que ninguno de los agentes de entonces supo identificar.
Paco la limpió con cuidado, y bajo la costra de óxido acumulado, apareció un rostro alado que ya había aprendido a reconocer de memoria: Jegudiel.
Rebeca Tejada, la primera, la que Melián llevaba ocho años llamando en secreto su «piedra fundacional», también había tenido su arcángel.
Nadie, en su momento, había sabido leerlo.
Ingrid Asland, a quien Paco pidió ayuda esa misma noche para rastrear el apellido a través de los archivos parroquiales digitalizados que UHEDO mantenía por toda la isla, encontró algo que le heló la sangre incluso a ella, acostumbrada como estaba a exhumar historias de siglos de antigüedad sin inmutarse.
Una familia Melián aparecía documentada en Teror desde al menos 1939, vinculada precisamente a la Congregación del Sagrado Corazón de Jesús de la villa: unas señoritas de apellido Melián habían bordado, según una crónica de la época que Ingrid localizó en la hemeroteca digital, una de las alfombras de flores para la procesión de aquel año, en la calle León y Castillo, a apenas unos metros del templo de Nuestra Señora del Pino.
—No demuestra nada por sí solo, inspector —le advirtió Ingrid, consciente de hacia dónde empezaban a correr los pensamientos de Paco—.
Es un apellido corriente en la isla, y medio Teror ayudó a levantar aquel templo.
Pero el templo del Sagrado Corazón de Arbejales lo construyó un jesuita secularizado, don Juan González, entre 1914 y 1918, con la bendición del mismo obispo Marquina que años después devolvió a los jesuitas su colegio en la capital.
Si Melián creció escuchando la historia de esa familia y de ese templo, no me extrañaría nada que ahí naciera, mucho antes de cualquier manifiesto, la primera semilla de toda esta locura.
Paco anotó el dato en su libreta, junto al resto de piezas sueltas que todavía no encajaban del todo, preguntándose cuántas generaciones de una misma familia hacían falta para que una devoción sincera se pudriera, poco a poco, hasta convertirse en obsesión, y cuántas más para que la obsesión terminara mutando en algo capaz de matar.
—Localiza a esa compañera de clase, Carmela. Y consígueme una lista de todo el profesorado que dio clases particulares de historia en esa zona hace ocho años. Empiezo a pensar que llevamos toda la investigación mirando en la dirección correcta sin habernos dado cuenta del todo.