Cruces y sombras Capítulo 12
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Capítulo 12

Betancor citó a Fernández y a Paco en su despacho de la Jefatura Superior, un espacio impersonal decorado únicamente con diplomas enmarcados y una bandera que nadie parecía haber limpiado en meses, para lo que él mismo describió, con una sonrisa que no llegaba a los ojos, como «una puesta al día amistosa».

—Un profesor detenido que resultó no ser el correcto, y ahora cuatro víctimas confirmadas —enumeró, golpeando cada punto con el dedo índice sobre la mesa—.

Necesito algo que enseñarle a la prensa esta semana, Fernández, o el próximo titular será sobre incompetencia policial, no sobre un asesino en serie.

—Lo que necesita, comisario, es dejarnos trabajar sin que cada filtración desde algún despacho le llegue a Melián antes que a nosotros mismos —respondió Paco, sin alzar la voz, aunque cada palabra llevaba el peso acumulado de meses de frustración contenida.

Betancor palideció apenas, un gesto tan breve que solo alguien que llevara toda una vida leyendo caras culpables, como Paco, podría haberlo captado con certeza.

—¿Insinúa usted que la filtración viene de mi despacho, Figueroa?

—No insinúo nada todavía, comisario. Solo constato que cada vez que este caso avanza, alguien con acceso a información privilegiada decide que el concejal Lasanta merece saberlo antes que el juez de instrucción.

Fernández intervino antes de que la conversación se precipitara hacia un terreno del que ninguno de los tres podría dar marcha atrás con facilidad.

—Lo que el inspector Figueroa quiere decir, comisario, es que Asuntos Internos ya tiene abierta una línea de investigación interna, y que agradeceríamos discreción institucional mientras se desarrolla. Nada más.

Betancor los observó a ambos con una desconfianza que no se molestó en disimular del todo, calculando cuánto de aquella acusación velada podía ir dirigida, en realidad, contra su propia gestión del caso ante sus superiores políticos.

—Tienen un mes, no dos. Y como esa línea interna termine salpicando al ayuntamiento sin pruebas sólidas, seré yo quien exija responsabilidades, empezando por la suya, Fernández.

*

Al salir del despacho, ya en el pasillo, Fernández se detuvo un momento, la tensión acumulada durante la reunión descargándose en un suspiro largo que pareció llevarse consigo buena parte de su entereza habitual.

—Un mes, Paco. Y encima teniendo que cuidarme las espaldas con mi propio superior.

—Betancor tiene más miedo del que aparenta, Inés. Los hombres que gritan tan fuerte casi siempre están intentando taparse a sí mismos algún ruido interior que no soportan escuchar.

—¿Y si ese ruido interior resulta ser algo más que simple miedo político?

Paco no respondió enseguida, dejándose acompañar por esa misma pregunta durante el resto del trayecto de vuelta a comisaría, consciente de que en aquel caso, cada vez con más frecuencia, las respuestas más incómodas terminaban siendo, también, las más ciertas.