Capítulo 11
Lo que sigue no es ya, en sentido estricto, la crónica de una persecución.
El caso Arcángel, con la detención frustrada de Ezequiel Bethencourt en las cuevas de Guayadeque y un nombre, Emilio Melián, que la Policía llevaba días repitiendo sin lograr ponerle una cara delante, seguía tan abierto como el primer día, aunque nadie en la comisaría, ni el propio Paco, se atrevía todavía a decirlo así de claro en voz alta.
Lo que sigue es, más bien, el reverso de esa historia: el relato de todo lo que un caso así va dejando a su paso mientras sigue vivo, sin cerrar, sin un solo titular que pueda todavía anunciar el final.
Las vidas que quedaron tocadas, para bien y para mal, por haber cruzado su camino con el de un asesino que continuaba, en algún lugar de la isla, obsesionado con un pasado que solo existía en su propia imaginación.
Los oficios que cambiaron de rumbo, las amistades que se consolidaron, las heridas que tardaron años en cicatrizar y las que, mientras Melián siguiera libre, no podrían siquiera empezar a hacerlo.
Mientras tanto, la investigación seguía devorando cada hora del día de todos los implicados, y las pocas pausas que el caso permitía servían, casi siempre, para que las personas que lo rodeaban se conocieran un poco mejor entre ellas, aunque solo fuera para sobrellevar juntas la tensión acumulada.
*
—¿Sabes que nunca me has contado cómo era tu vida antes de conocernos? —le preguntó Carmela a Elena una tarde, mientras ambas tomaban un café en la terraza de siempre, esperando a que Paco terminara una llamada.
Elena removió el azúcar de su taza, sonriendo con esa media sonrisa que Carmela ya reconocía como preludio de una confidencia sincera.
—Nací aquí, en Las Palmas, hace cincuenta años, hija de un funcionario de correos y de una maestra de primaria.
En mi casa la educación era el único capital que mis padres podían dejarnos, así que estudié Odontología, pero lejos, en Santiago de Compostela.
Fue la primera vez que viví sola, fuera de la isla.
Todavía recuerdo esa mezcla de libertad y de alivio cuando por fin volví: libertad por haber vivido algo distinto, alivio por escapar de aquella lluvia constante antes de que terminara de convencerme de quedarme allí para siempre.
—¿Y Paco no fue tu primer marido? —preguntó Carmela, con la confianza que ya se había ganado tras tantos meses de amistad.
—Qué va. Me casé joven, a los veintiséis, con un ingeniero de telecomunicaciones que conocí en la boda de unos amigos comunes.
Duró casi quince años, sin grandes dramas.
Simplemente fuimos creciendo en direcciones distintas hasta que un día ya no coincidíamos en nada.
Sin hijos, decisión de los dos, aunque te confieso que en las noches más solitarias todavía me lo pregunto.
—¿Y cómo conociste a Paco?
—En la consulta, sin buscarlo. Vino un sábado por una urgencia dental, mientras yo cubría guardia.
Me llamó la atención esa calma suya tan desconcertante: llevaba la placa en la cartera y hablaba de su trabajo con el mismo desapego con el que otros hablan del tiempo.
Empezamos a salir semanas después, sin prisa.
Y aquí seguimos, diez años más tarde, en ese equilibrio raro entre la cercanía y la distancia que a veces ni yo misma sé explicar del todo, pero que en el fondo era justo lo que ambos necesitábamos.
—¿Y por qué nunca quisisteis vivir juntos, hasta hace poco?
Elena se quedó un momento callada, mirando el fondo de su taza antes de responder con una honestidad que rara vez se permitía ante nadie que no fuera Paco.
—Siempre lo achaqué a mi carácter fuerte, que ya sabes que lo tengo.
Pero la verdad es que tenía miedo. Miedo de repetir con Paco el mismo desgaste lento que acabó con mi primer matrimonio, esa erosión silenciosa de la costumbre que convierte el amor en mera coexistencia sin que uno se dé cuenta a tiempo.
Prefería mantener siempre un pequeño margen de distancia, para poder seguir echándolo de menos cada vez que cruzaba la puerta, en vez de arriesgarme a que se volviera invisible, como les pasa a tantas parejas que llevan demasiados años compartiendo el mismo sofá sin apenas mirarse ya.
Carmela le apretó la mano, sin necesidad de decir nada más.
Aquella confidencia, compartida entre dos tazas de café ya frías, le hizo entender, mejor que cualquier otra conversación anterior, por qué Paco y Elena habían tardado tanto en encontrar su propio equilibrio, y por qué, precisamente por eso, aquel equilibrio parecía ahora tan sólido.
Aquella tarde, mientras recogían las tazas ya frías, Carmela pensó que ojalá ella misma encontrara algún día ese mismo tipo de equilibrio: alguien con quien compartir la vida sin necesidad de fundirse del todo en ella, alguien a quien seguir echando de menos incluso después de diez años juntos.
*
—¿Sabes que la gente todavía me pregunta si Rodolfo y yo somos familia? —le comentó Cosme a Matías una tarde tranquila en el Bar Noray, secando vasos detrás de la barra mientras Paco terminaba su caña—. Con lo distintos que somos, y con que ni siquiera compartimos apellido del todo.
—Será por lo de servir de comer y de beber a media isla, cada uno a su manera —bromeó Matías, dándole un golpecito en el brazo a Paco para que le siguiera la broma.
—Treinta y dos años ya detrás de esta barra —siguió Cosme, apoyándose en el mostrador
—. Y antes de eso, pescador, como tú, Matías.
Patroneaba un barco de bajura en estas mismas aguas hasta que un cabo mal recogido me atrapó la pierna contra el cabrestante, una mañana de mar picada.
Me quedó esta cojera, nada grave, pero suficiente para que el mar, después de tantos años dándome de comer, empezara a cobrarme intereses demasiado altos por seguir insistiendo.
—¿Y así llegaste al bar? —preguntó Paco, con genuina curiosidad, pese a llevar más de tres décadas conociendo a Cosme de vista, siempre a través de Matías, siempre como el amigo policía del pescador, sin que ambos hubieran llegado nunca a intercambiar más que la cortesía habitual entre tabernero y cliente ocasional.
—Con la indemnización y unos ahorros, le compré el traspaso a un matrimonio mayor que ya no tenía quien continuara el negocio.
Y me apliqué a esto con la misma disciplina de patrón de barco: madrugar, aunque ya no para faenar, sino para tener el local listo antes de la primera clientela.
Con los años uno aprende a llevar en la memoria las bebidas de cada parroquiano sin necesidad de anotar nada.
Y una norma que nunca he negociado, aunque me haya costado más de una discusión: al que ya lleva encima más de la cuenta, ni una copa más, se ponga como se ponga.
Matías asintió, orgulloso de su viejo amigo, mientras Paco levantaba su caña en un pequeño brindis silencioso hacia el tabernero.
—Este bar es una institución del barrio, Cosme, y tú lo sabes —dijo Paco.
—Aquí se han cerrado tratos de pesca, se han llorado difuntos y se han celebrado nacimientos, inspector.
Y hablando de cosas que no se olvidan —añadió Cosme, bajando un poco la voz, mirando de reojo hacia la mesa donde días atrás Matías le había mostrado a Paco aquellas fotografías en el móvil—, todavía sueño de vez en cuando con esa imagen que vi de refilón aquella tarde, cuando les traía las cañas.
No dije nada entonces, pero se me quedó grabada más de lo que hubiera querido.
Entendí, mejor que en ningún periódico, la magnitud real de lo que perseguíais.
Paco asintió despacio, sin decir nada más. Sabía mejor que nadie que ese tipo de testigos silenciosos, gente que veía pasar la vida del barrio desde detrás de una barra, resultaban a veces más valiosos para una investigación que el más sofisticado de los informes periciales.
*
La ciudad de Las Palmas de Gran Canaria se despliega entre dos mares, el que baña la playa de Las Canteras al oeste y el que ruge, mucho más industrial y menos amable, contra los diques del puerto de La Luz al este, dos orillas que en apenas un par de kilómetros de distancia concentran realidades tan distintas que a veces cuesta creer que pertenezcan a la misma ciudad.
Entre ambas, un istmo urbano donde conviven, superpuestos como capas geológicas de la propia historia isleña, los barrios coloniales de Vegueta y Triana, el trazado más moderno del Puerto y La Isleta, y esa franja turística de Santa Catalina donde el mundo entero parece darse cita cada temporada, hoteles y cruceros descargando visitantes que rara vez llegan a conocer nada más allá de las cuatro calles que les marca su guía.
Paco había recorrido cada rincón de esa geografía durante sus cuarenta años de servicio, con el conocimiento íntimo de quien ha visto la ciudad crecer, transformarse, a veces empeorar y a veces mejorar, siempre con esa capacidad tan canaria de reinventarse sin perder del todo su esencia.
Conocía los atajos entre Triana y Vegueta que ningún turista sospechaba, las horas exactas en que el tráfico de la Avenida Marítima se volvía intransitable, los bares donde un policía podía sentarse a tomar algo sin que nadie lo mirara con recelo, y los otros, muchos más, donde su sola presencia bastaba para que las conversaciones bajaran de volumen hasta hacerse inaudibles.
Guayadeque, tan lejos en apariencia de aquel bullicio urbano, formaba parte de la misma isla y de la misma historia con la que Paco llevaba media vida conviviendo sin plantearse demasiado sus raíces más profundas.
El contraste entre la ciudad moderna, con sus rascacielos de la Avenida Marítima y sus terrazas de hormigón, y aquel barranco silencioso donde los aborígenes habían enterrado a sus muertos siglos antes de que ningún barco europeo avistara la isla, le resultaba, ahora que lo pensaba con la perspectiva de la jubilación inminente, una de las paradojas más hermosas y más inquietantes de vivir en un lugar como aquel: la sensación de que el pasado, por muy enterrado que estuviera bajo capas de asfalto y de progreso, nunca terminaba de estar del todo lejos, siempre dispuesto a asomar la cabeza cuando menos se lo esperaba uno, a veces en forma de yacimiento arqueológico, y a veces, como aquel caso terrible acababa de demostrarle, en forma de obsesión capaz de segar vidas humanas en su nombre.
*
Tres días después de la detención fallida de Guayadeque, con Bethencourt procesado por tentativa de asesinato y Melián todavía en paradero desconocido, la ciudad ya había empezado a pasar página, con esa capacidad tan humana de digerir hasta las tragedias más truculentas y devolverlas, poco a poco, al terreno de la anécdota contada en las sobremesas.
El caso Arcángel, como lo había bautizado la prensa desde el primer día, ocupaba ya menos titulares, sustituido por otras noticias, otros escándalos, otras urgencias que la actualidad se encargaba de proveer sin descanso, aunque Paco sabía, mejor que nadie, que ese silencio mediático no significaba en absoluto que el peligro hubiera pasado.
El juicio contra Bethencourt, adelantaron los abogados de la acusación, no comenzaría antes de un año, dado el volumen de pruebas periciales que había que procesar y la previsible estrategia de la defensa, que ya apuntaba maneras de alegar algún tipo de trastorno mental que aliviara la responsabilidad penal de su cliente.
Paco, con la fecha de su jubilación cada vez más cerca pero todavía sin firmar la entrega definitiva de la placa, seguía el caso de Melián con la misma obsesión de siempre, sin conseguir quitarse de encima la sensación incómoda de que algo en el desenlace de Guayadeque no terminaba de encajar del todo, aunque no supiera todavía poner nombre exacto a esa inquietud.
Thais Romero empezó su nuevo trabajo en UHEDO dos días después de la detención, y en esos pocos días allí ya había ayudado a resolver, gracias a su dominio del latín eclesiástico y de tres idiomas más, un caso pendiente sobre un manuscrito robado de un monasterio benedictino que llevaba tiempo estancado por falta de un traductor con la suficiente pericia técnica.
Charlie Maka, tras el escarmiento recibido de Altuza, desapareció durante unos días de la vida nocturna del club Eros, y se rumoreaba en el barrio de El Polvorín que había buscado refugio temporal en Tenerife, aunque nadie llegó nunca a confirmarlo del todo con certeza.
La vida, en definitiva, seguía su curso, con esa mezcla de crueldad y misericordia tan propia del paso del tiempo, que cicatriza heridas sin llegar jamás a borrarlas del todo, dejando siempre, bajo la piel nueva, el recuerdo exacto de dónde había estado la herida original.