Cruces y sombras Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

Última jornada. Paco vació su escritorio en una caja de cartón que había rescatado del almacén de suministros, colocando con cuidado cada objeto como quien empaqueta no solo pertenencias sino fragmentos enteros de una vida: fotos descoloridas de casos antiguos, un bolígrafo gastado que ya apenas escribía pero que se negaba a tirar, la vieja lupa Eschenbach que tantas veces le había sacado de apuros.

Al fondo del cajón encontró la carpeta amarillenta de Rebeca Tejada, ya vacía, y la miró largo rato antes de cerrarla con un gesto casi ceremonial, dejándola encima de la caja, no dentro, como si mereciera un lugar aparte del resto.

Carmela entró con dos cafés, dejando uno frente a él sin necesidad de preguntar cómo lo tomaba, después de tantos días trabajando codo con codo.

—¿Qué vas a hacer con eso?

—Ya se la llevé a la familia de Rebeca. Después de ocho años, por fin tenía algo que decirles que mereciera la pena escuchar.

Le entregó la caja, un gesto que en cualquier otro contexto hubiera parecido intrascendente pero que, entre ellos dos, cargaba con el peso simbólico de una transmisión de guardia mucho más profunda que cualquier procedimiento administrativo.

—El escritorio es tuyo. Cuídalo. Y no dejes que nadie te robe el mérito de nada, nunca, por muy superior jerárquico que se crea.

—No se lo permitiría ni a usted, jefe —sonrió ella, la voz cargada de un afecto que ninguno de los dos había verbalizado jamás abiertamente en todos esos meses de trabajo compartido.

Aquella misma mañana, en el despacho de la comisaria, Fernández y Sara Brito, cada una a un lado de la mesa, firmaron un breve protocolo de colaboración entre ambas unidades, un documento que llevaba días redactándose entre idas y venidas burocráticas.

Betancor, por videollamada proyectada en la pantalla del ordenador, observaba con gesto contrariado, como si le costara aceptar que el mérito de aquel caso no fuera enteramente suyo para presumir ante sus propios superiores.

—Espero que este acuerdo no se traduzca en más gastos de los presupuestados, Inés.

—Se traducirá en menos cadáveres, comisario —respondió Fernández, sin siquiera mirar la pantalla—.

El presupuesto, si le preocupa tanto, revíselo usted mismo, que para eso le pagan.

Colgó la videollamada sin esperar respuesta, dejando la pantalla en negro.

Sara, conteniendo una sonrisa que llevaba rato reprimiendo, guardó su copia del protocolo en la carpeta con gesto satisfecho.

—Me cae usted bien, Fernández. No es fácil encontrar jefes que sepan colgarle el teléfono a un superior sin perder las formas.

—Se aprende a base de encajar golpes, Brito. Se aprende a base de encajarlos, y con suficientes Betancores intentando dirigir desde lejos algo que no entienden de cerca.

Aquella noche, en su piso casi vacío ya de objetos personales, la mayoría empaquetados en cajas rotuladas con letra clara —LIbrOS, ROPA, COCINA—, Paco, sentado en el único sillón que quedaba sin embalar, sostuvo entre las manos una fotografía antigua: él mismo, mucho más joven, apenas veinte años, junto a un hombre de uniforme que sonreía con la misma media sonrisa que él había heredado sin darse cuenta, sin proponérselo, como se heredan tantas cosas que uno jura no querer repetir.

—Ya está, papá —dijo en voz baja, casi para la fotografía, la voz apenas un susurro en el silencio del piso vacío—. Este también lo cerré. Y el tuyo, aunque tarde ocho años más de la cuenta, también quedó cerrado.

Guardó la fotografía en una caja pequeña, la única que pretendía llevarse en el asiento del copiloto y no en la mudanza, un pequeño gesto de prioridades que decía mucho más de él que cualquier discurso.

Frankie levantó la cabeza desde su manta en el suelo, como si hubiera notado el peso del silencio, y volvió a apoyarla, tranquilo, sobre las patas, ajeno del todo al significado de aquella despedida silenciosa.

*

Un porche recién construido, todavía oliendo a madera nueva, a barniz apenas seco, a esa promesa particular de los espacios que todavía no han terminado de llenarse de recuerdos propios.

Paco, sentado en una silla de mimbre que Elena había insistido en comprar contra su criterio inicial, portátil abierto sobre las rodillas, una jarra de limonada al lado sudando gotas frías sobre la mesa de madera.

Frankie dormía a sus pies, la respiración pausada del perro marcando el único ritmo que parecía importar en aquella tarde tranquila.

Elena salió de la casa con dos platos de queso y aceitunas, dejándolos sobre la mesa antes de sentarse a su lado.

—¿Ya empezaste a escribir?

—Primera línea. «Miró el documento durante varios minutos...» —leyó Paco, girando la pantalla hacia ella con una mezcla de timidez y orgullo que Elena no le había visto en muchísimo tiempo.

Elena se rio, se sentó a su lado, apoyando la cabeza en su hombro un instante antes de coger una aceituna del plato.

El sol caía sobre los campos que se extendían valle abajo, tiñendo de dorado las últimas terrazas de cultivo antes de que la neblina de la tarde empezara a subir desde la costa.

Frankie levantó la cabeza un instante al notar el movimiento, olfateó el aire, y la volvió a apoyar, tranquilo, sobre las patas, satisfecho con que nada en aquel momento requiriera su atención.

Un coche discreto se detuvo al final del camino de tierra que llevaba hasta la finca, levantando una nube fina de polvo que el viento se encargó de dispersar enseguida.

Bajó Sara Brito, ya sin el aire tenso de sus visitas al puerto, vestida de calle, con unos vaqueros y una camisa sencilla que la hacían parecer, por primera vez desde que Paco la conocía, una persona de vacaciones más que una policía en servicio.

Se acercó al porche con una carpeta bajo el brazo, caminando despacio, como quien no quiere invadir un momento que intuye privado.

—Disculpe la intromisión el día de su retiro, inspector. No he podido resistirme a venir en persona.

—Después de lo del puerto, ya la considero casi de la familia, Brito —dijo Paco, sonriendo, sin levantarse del todo de la silla—. Siéntese, si quiere. Elena, esta es la mujer que me consiguió las cámaras que me salvaron las costillas hace unas semanas.

Sara declinó el asiento con un gesto amable, prefiriendo quedarse de pie, como si supiera de antemano que su visita sería breve.

—Solo será un momento. Entre las piezas del trastero de Melián, mi gente ha identificado ya media docena de fondos de museos de la isla, todo perfectamente documentado para su devolución.

Pero hay una, la más antigua, un objeto tallado que ni Ingrid ni sus contactos en Madrid consiguen situar del todo.

No es aborigen. Tampoco es templario, por mucho que él quisiera creerlo hasta el último momento.

Es más antiguo que las dos cosas juntas.

Le tendió la carpeta. Paco la abrió despacio: la fotografía de un pequeño objeto de piedra pulida, con un grabado que no se parecía a nada que hubiera visto antes, ni en sus años de investigador ni en ninguno de los libros de historia que había hojeado alguna vez por pura curiosidad.

—Venimos rastreando piezas así desde Palmyra hasta un anticuario de Madrid, pasando por medio Mediterráneo —continuó Sara—.

Nada que le concierna ya a usted, que se retira.

Pero quería que lo supiera de primera mano: parte de lo que encontró en esa cueva puede que abra una puerta mucho más grande de lo que ninguno de los dos imaginábamos aquella noche.

—Guárdemela hasta que yo tenga ganas de volver a mirar puertas grandes, Brito. Hoy solo tengo ganas de mirar esta pantalla en blanco, que ya bastante trabajo me ha costado llegar hasta aquí.

Sara sonrió, comprensiva, y le tendió una tarjeta simple, sin logotipo llamativo: UHEDO, Unidad Central de Patrimonio Histórico, un número de teléfono, nada más, ni siquiera un nombre impreso.

—Cuando quiera. De vez en cuando. Sin placa, sin urgencias de comisaría. Solo un consultor con buen ojo para lo que no encaja, que buena falta nos hace a veces alguien capaz de mirar un problema desde fuera del propio expediente.

Se despidió con una inclinación de cabeza y regresó a su coche, dejando tras de sí una nube de polvo que se disolvió despacio en el aire quieto de la tarde.

Paco se guardó la tarjeta en el bolsillo de la camisa, junto al corazón, sin decir nada todavía.

Miró a Elena, que enarcó una ceja, mitad advertencia, mitad diversión, ese gesto suyo tan característico que después de diez años juntos Paco había aprendido a interpretar con precisión milimétrica.

Miró a Frankie, dormido, del todo ajeno a las puertas grandes o pequeñas que el destino pudiera tener reservadas para su dueño.

—Déjame terminar al menos el primer capítulo antes de que el mundo entero venga a buscarme para el siguiente caso.

Volvió la vista al portátil. La pantalla en blanco, por primera vez en mucho tiempo, ya no le daba ninguna pereza. Empezó a teclear despacio, disfrutando de cada palabra como quien saborea, por fin, un vino que llevaba media vida esperando el momento adecuado para descorchar.