Capítulo 10
La caída de Manuel Lasanta, cuando llegó, no fue tan espectacular como él mismo hubiera temido en sus peores pesadillas, pero resultó, a la larga, mucho más definitiva.
Los registros telefónicos incautados durante la investigación de Asuntos Internos sobre Verdejo no tardaron en llegar a manos de la fiscalía, que ya llevaba tiempo acumulando expedientes sobre las prácticas del concejal sin encontrar nunca la pieza definitiva que le permitiera actuar con contundencia.
La filtración de información de un caso de asesinato en serie a través de un policía sobornado resultó ser, precisamente, esa pieza que faltaba.
La prensa, que días atrás lo había convertido en el crítico más feroz de la gestión policial del caso Arcángel, se volvió con la misma voracidad contra él en cuanto se filtraron los primeros detalles de la investigación, y Rachael Lombard, que llevaba días acumulando fuentes dentro y fuera del ayuntamiento, fue de las primeras en publicar un reportaje detallado que conectaba a Lasanta con una red de sobornos mucho más amplia de lo que nadie sospechaba, incluyendo pagos irregulares a través de empresas fantasma que guardaban un parecido sospechoso con las que Luis Guedes utilizaba en el puerto.
Manuel Lasanta dimitió de su concejalía apenas dos días después, alegando motivos de salud que nadie en la ciudad se creyó ni por un segundo, y se retiró a una casa familiar en el norte de la isla donde, según los pocos que mantuvieron contacto con él, pasaba los días dando largos paseos en solitario, incapaz todavía de entender del todo cómo su plan de venganza contra Paco Figueroa había terminado precipitando su propia ruina de un modo que ninguna de sus maquinaciones había previsto.
Carmelo Calderín, por su parte, encontró en las semanas posteriores a su liberación un extraño consuelo en su breve notoriedad barrial.
Lejos de convertirse en el sospechoso señalado con el dedo que había temido, se transformó, gracias al testimonio público que Paco se encargó de dar en su nombre ante los vecinos más suspicaces del Bar El Cherne, en una especie de héroe accidental, el hombre cuya cartera robada había terminado, contra todo pronóstico, ayudando a resolver el caso más truculento que había vivido la ciudad en años.
Su madre, que durante los días de la detención apenas había podido dormir, recuperó poco a poco la tranquilidad, y Carmelo, escarmentado, dejó de frecuentar Molino de Viento con la asiduidad de antes, aunque nunca llegó a admitirlo abiertamente ante nadie más que ante sí mismo.
*
Días después de la detención de Guedes, en el muelle todavía animado por el trasiego habitual de grúas y contenedores, Rachael Lombard consiguió por fin la entrevista con Sara Brito que llevaba días persiguiendo sin éxito, después de innumerables correos sin respuesta y llamadas que nunca llegaban a devolverle.
Caminaron juntas por el paseo marítimo mientras los estibadores terminaban su turno, el sol de media tarde arrancando destellos metálicos de los contenedores apilados.
—Así que el caso de los arcángeles y su investigación sobre el patrimonio robado terminaron cruzándose en un trastero de Schamann —dijo Rachael, la libreta abierta pero apenas usada, prefiriendo grabar la conversación con el móvil para no perder detalle de las palabras exactas de Sara—.
Va a ser difícil explicarles a mis lectores que un asesino en serie y una red de expolio arqueológico son, en el fondo, la misma historia contada dos veces.
—Bienvenida a este puerto, señorita Lombard —respondió Sara, con media sonrisa cansada pero genuina—. Aquí todas las historias acaban siendo la misma historia contada dos veces. Ya se lo advertí al inspector Figueroa el primer día que hablamos, y no tardó ni un mes en comprobarlo por sí mismo.
—¿Y la pieza que no consiguen identificar? La que ni sus expertos supieron situar del todo.
—Esa, de momento, se queda entre nosotros —dijo Sara, con un tono que dejaba claro que no habría más detalles esa tarde, por mucho que insistiera—.
Pero le prometo una cosa, Lombard: el día que sepamos de dónde viene de verdad, será la primera periodista en enterarse.
Después de mi propio equipo, claro, que buena falta les ha hecho el esfuerzo de estas últimas semanas.
Rachael sonrió, cerró su libreta sin insistir más, consciente de que aquella promesa, viniendo de alguien como Sara Brito, valía mucho más que cualquier filtración arrancada a la fuerza, y ambas mujeres siguieron caminando hacia el atardecer que empezaba a teñir de naranja los contenedores apilados, como si el propio puerto guardara, en cada uno de ellos, una historia más todavía por contar.
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En la oficina de UHEDO, unos días más tarde, Thais, sin el uniforme del club, vestida de calle por primera vez desde que la conocemos, con un traje sencillo que había comprado esa misma mañana presa de un nerviosismo que no recordaba haber sentido desde su última entrevista de trabajo, ocho años atrás, esperaba en la recepción con una carpeta de currículum bajo el brazo, revisándola mentalmente por enésima vez.
—El inspector Figueroa me habló muy bien de usted —le dijo Sara al recibirla personalmente, algo que no solía hacer con todos los candidatos, pero que en este caso le pareció el mínimo gesto de cortesía que la ocasión merecía—.
Filología inglesa y alemana, traductora jurada, y por lo visto un don especial para el latín eclesiástico bajo presión.
—No sé si «don especial» es la expresión correcta, pero le prometo que trabajo mejor sin un cuchillo de por medio —respondió Thais, con una media sonrisa nerviosa que dejaba entrever, pese a todo, el ingenio rápido que la había mantenido a flote durante dos años detrás de una barra.
—Aquí no prometemos que no los haya, pero al menos los tendrá en fotografías, no en directo —bromeó Sara—.
¿Le interesaría una entrevista formal la semana que viene?
Necesitamos a alguien que pueda leer entre líneas documentos antiguos en cinco o seis idiomas distintos, y por lo que me han contado, usted es de las pocas personas en esta isla capaces de hacerlo sin despeinarse.
Thais asintió, incapaz de disimular del todo la emoción de quien, después de dos años sirviendo copas a hombres que apenas la miraban a los ojos, empezaba a vislumbrar el camino de vuelta a la vida que había dejado en pausa, no por falta de talento, sino por el simple azar cruel de una tecnología que había decidido, sin consultarle a nadie, que su profesión ya no era necesaria.
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En un salón modesto y ordenado, con una fotografía de Rebeca Tejada a los diecinueve años presidiendo un mueble junto a una vela que llevaba ocho años encendiéndose cada aniversario de su desaparición, Consuelo, su madre, abrió la puerta con el gesto cansado de quien ha aprendido, a base de decepciones, a no esperar ya buenas noticias de ningún visitante inesperado.
—Inspector Figueroa. Pensé que ya no volveríamos a verlo por aquí —dijo, sin reproche en la voz, solo una resignación antigua que a Paco le costó sostener la mirada.
—Tenía que venir, Consuelo. Antes de dejar la placa, quería contarle en persona lo que hemos averiguado.
Le entregó la carpeta amarillenta, ya vacía de su contenido original, que había pasado a formar parte del expediente reabierto del caso.
Ella la abrió despacio, sin mirar demasiado tiempo las fotografías antiguas que ya conocía de memoria, cada arruga de aquel papel tan familiar como el rostro de su propia hija.
—Tenemos un nombre, Consuelo. Emilio Melián, profesor de Historia.
Todo apunta a que él mató a Rebeca, y que ella fue la primera.
Esta semana detuvimos a otro hombre que casi comete un quinto asesinato copiando su ritual, pero Melián sigue en libertad, y no pienso dejar la placa tranquilo hasta que lo encontremos. Se lo prometo.
Consuelo se llevó una mano a la boca. Una lágrima, contenida durante ocho años con una disciplina que solo el dolor más profundo enseña, encontró por fin su camino, deslizándose despacio por una mejilla que ya no intentó secarse.
—Ocho años preguntándome qué hice mal, si debí insistir más con la Policía, si alguien podría haberla salvado si hubiéramos hecho las cosas de otra manera.
Y usted apareciendo hoy en mi puerta me quita ese peso de encima, aunque no me devuelva a mi hija, aunque nada en este mundo pueda devolvérmela ya.
—No hizo nada mal, Consuelo. El único que hizo algo mal fue él. Y por fin va a pagar por los dos casos, no solo por uno, que buena falta le hacía a esta ciudad ver que la justicia, aunque tarde, todavía es capaz de llegar.
Consuelo había criado sola a Rebeca desde los cinco años de la niña, cuando su marido decidió que la vida de barco mercante le convenía más que la de padre de familia y desapareció rumbo a un puerto que nunca llegó a especificar en la última postal que envió.
Trabajó de cocinera en comedores escolares durante veinticinco años, con turnos que empezaban antes del amanecer, para que su hija pudiera estudiar la carrera que ella nunca había podido permitirse, y guardaba, todavía, en el mismo cajón que la fotografía y la vela, la matrícula de honor de primero de universidad que Rebeca nunca llegó a completar.
Ella lo abrazó, un abrazo largo, torpe, sincero, el tipo de abrazo que solo comparten quienes han cargado juntos, aunque desde lados distintos, con el mismo peso durante demasiado tiempo.
Paco, que rara vez se permitía este tipo de gestos en su vida profesional, se lo devolvió sin prisa, sintiendo que aquel abrazo cerraba, por fin, una herida que llevaba ocho años sin querer cicatrizar del todo.
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