Capítulo 9
Thais no esperó a que nadie se lo pidiera. Aquella tarde, con el club Eros todavía cerrado a cal y canto por la investigación, se presentó por su cuenta en comisaría con una libreta llena de notas propias, algo que ni Paco ni Carmela le habían encargado.
—He estado repasando mis propias conversaciones con él, inspector. Todas las que recuerdo, palabra por palabra, hasta donde mi memoria me lo permite. Hay un patrón que ustedes todavía no tienen escrito en ningún informe.
—Te escucho, Thais.
—Nunca me habló de las víctimas antes de que aparecieran muertas. Ni una sola vez, ni un solo nombre adelantado. Pero sí me habló, en tres ocasiones distintas, de lugares. Sitios que él describía como «sagrados» sin explicar por qué. Los anoté todos, con la fecha exacta de cada conversación.
Carmela, que había escuchado desde la puerta, se acercó a la libreta con genuino interés profesional.
—Esto es mejor trabajo de campo que la mitad de lo que traen algunos agentes con años de experiencia, Thais.
—Llevo dos años de mi vida entrenando el oído para recordar exactamente lo que la gente dice cuando cree que nadie la está escuchando de verdad. No pensaba dejar esa habilidad fuera de esto solo porque ya no sirvo copas.
Paco tomó la libreta con el mismo respeto con el que había tratado cada pieza de evidencia forense durante cuarenta años de carrera, consciente de que aquella mujer, sin placa ni formación policial alguna, acababa de aportar algo que ningún protocolo oficial había conseguido extraerle a Melián en toda su vigilancia distante.